miércoles, 28 de mayo de 2014

Dos canciones del príncipe


En cierta reunión de alcoholes, que terminó pasadas las 6 am, nuestro anfitrión me presumió que había conseguido un cd con todas las canciones interpretadas por José José, y me retó a que le pidiera la canción que yo quisiera, para demostrármelo. Superó el reto, ya que todas las canciones pedidas fueron escuchadas.

A pesar de la opinión de los demás asistentes a la reunión (fans del progre), escuchamos al príncipe toda la noche. Ciertas canciones, como El triste, se repitieron hasta 3 veces. Poco después, cuando David me quemó el cd, comprobé que era falso eso de que ahí iban todas las canciones de José José.

La cosa es que aunque sí conocía yo bastantes canciones del príncipe, desconocía también bastantes más. Canciones que afortunado descubrí, después de algún tiempo, escuchándolas de 10 en 10, o de 15 en 15, no sé﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽10 en 10, o de 15 en 15, no sdidas fueron escuchadas.o vernos chuecos. O a veces lo veo bien y a veces lo veo chueco. é en cuánto tiempo.

Todo esto viene a cuenta, porque quería yo hablar acerca de dos canciones. Dos canciones que descubrí en ese valioso disco. Dos canciones que me acompañaron en un momento de mi vida. Que me fueron, que me son, significativas.

La primera es Lo que quedó de mí. De Roberto Livi. Una canción devastadora, que me leía a la perfección, que me enseñaba mi vida en ese momento. Una radiografía precisa.



La otra, Alguien vendrá. De Sergio Esquivel. Optimista. Vislumbrando un horizonte venturoso. Ya llegará alguien pensaba. Sí llegó a los pocos meses.  


Dos joyitas descubiertas.
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miércoles, 21 de mayo de 2014

Confesiones de un lector



Me gusta leer. Aunque no siempre fue así. Recuerdo bien a mi madre hablándome sobre todas las bondades de los libros, pero yo no le hacía mucho caso. Y sí leí algunos libros con bastante agrado cuando era niño; recuerdo bien Charlie y la fábrica de chocolate y La maravillosa medicina de Jorge, que incluso recomendé entusiastamente a un amigo, en cuarto de primaria. Ambos, libros del “Rincón de lectura”. Pero en general, no fui un niño ni un adolescente lector.

Ya en la preparatoria, tuve una buena maestra de literatura. Una joven muy entusiasta, que batallaba con el grupo de 50 adolescentes flojos, más preocupados por otras cosas. Con ella descubrí a Benedetti y a Sabines y leí sorprendido El extranjero y Carta al padre.

Hay una anécdota divertida de la escuela preparatoria, en la clase de Taller de lectura y redacción II. El profesor nos aplicó una especie de examen de conocimientos generales de lectura, donde nos preguntaba cosas como el nombre del caballo del Quijote, o quien había escrito El llano en llamas. A pesar de no haber leído esos libros yo conocía las respuestas, ya que son conocimientos de cultura general, por lo que fui quien más aciertos tuvo. La sorpresa y molestia del profesor vino, cuando sin pudor, le confesé que yo no leía, que sí sabía las respuestas, pero que no acostumbraba leer. Caso contrario de quien menos aciertos tuvo, un compañero que se declaró fan de Allan Poe. Años después sabría yo el por qué.

El primer libro que leí (bueno, sin contar los cuentos infantiles de Walt Disney que nos leían desde pequeños y que releímos un sinfín de veces, que después le leí a Gil) fue El don de la estrella de Og Mandino. Mi madre me lo dio, me dijo que me gustaría. Recuerdo haberlo leído con agrado.

Soy un lector muy lento. Muchas veces releo párrafos importantes, como para volver a saborear lo que acabo de leer, para regodearme, no sé. Pero también a veces releo algo 3 o 4 o 5 veces, parte de mi condición de obsesivocompulsivo, que me obliga a repetir ciertas cosas, como cuando checo y “recheco” si he cerrado el coche o si traigo las llaves. También me distraigo muy fácilmente. Soy muy disperso.

Como diría mi amigo David Martínez, “el manitas”: “me puse perverso y leí a Harry Potter”. Libros que disfruté muchísimo. De hecho, la ocasión en que me he desvelado más con un libro, fue con La orden del fénix. Lo pude dejar hasta las 5 de la mañana. Un capítulo tras otro me habían tomado de rehén. Me parece una historia fantástica la del mago de la cicatriz.

Pero creo que el gusto por los libros, se ha vuelto elitista. Esa presunción de algunos de sentir que porque leen son mejores que los demás, que los que no leen. Ese sentimiento de alardear que eres un ávido lector, que vive muchas vidas y visita muchos mundos. Que no eres un incivilizado analfabeta.

Pero creo que si todos fuéramos lectores, nadie tendría motivos para presumirlo y gritarlo.
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viernes, 16 de mayo de 2014

actualidad


Hace algunos años, algunos individuos en un principio, después bastantes más, se comenzaron a colocar pulseritas color amarillo en sus muñecas, que dizque para apoyar la lucha contra el cáncer, impulsada por el antes amado Lance Armstrong. Cómo generalmente pasa, el uso de la dichosa pulserita, se “puso de moda”. A la mayoría de la gente le importaba un carajo el cáncer, el chiste era estar “in”, a la vanguardia consumista.

Una compañera de la escuela se quejaba amargamente, de que ella ya no usaba su pulserita, ya que ahora cualquiera la traía puesta, y ella, obviamente (jajajajaja), no era de esa gente borrega del montón, ella era especial, siempre en tendencia. Así que decidió quitársela, ya que ahora cualquier taxista o albañil portaba una también. Y lo peor, continuaba con su queja, es que ni siquiera saben el por qué de la pulsera. Ella tampoco, de lo contrario, tampoco se la hubiera quitado.

El fin de la pulsera, era, apoyar la lucha contra el cáncer. No “farolear”. Pero, en este mundo, para una inmensa mayoría, el primer fin es farolear, presumir, sentirse original y especial; a costa de lo que sea. Ahora “la moda” es tomarse una foto (selfie), con la leyenda: devuelvan a nuestras niñas, o si eres varón: los verdaderos hombres no compran niñas. En inglés de preferencia, por aquello del estatus. O compartir alguna de las hermosas pancartas alusivas al “evento”.

Dejo aquí la Canción en harapos del buen Silvio, que ilustra lo que es nuestra sociedad, en su gran mayoría. 


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miércoles, 7 de mayo de 2014

de redes sociales


Hasta hace 10 meses no había yo participado en las redes sociales. No tengo Facebook, ni Twitter, ni ninguna de las otras redes que han surgido. De hecho, debo confesar, que no sabía que existía el Google+, que descubrí al crear el blog. Desconocía que al crear la cuenta de correo necesaria para poder publicar mi blog (gmail), me abría automáticamente un perfil en Google+, al que accedí, al ver que en la ventana de Google, aparecía un desconocido hasta entonces +Gildardo ¡Ah jijo!, qué será eso.

Pero aunque sea yo un amargado sin Facebook, no desconozco lo que ahí se publica. Aunque creo que publicar es un verbo que le queda grande a lo que comúnmente se postea ahí. Tal vez, más acertado sería decir: lo que ahí se ventila, se exhibe, se presume, se alardea, se muestra, se sermonea, etc.

Hay un tráfico excesivo de “mierda virtual”, desechos, que ya existían desde los tiempos en que el correo electrónico era el medio de intercambio; cuando ciertos contactos te atosigaban con basura, que consideraban divertida o esencial para tu vida.

Hay que decir, y todos somos testigos de ello, que la información vacía no es exclusiva de la red del señor Suckerberg, el Google+ también transporta ríos y ríos de basura virtual.

Cuando abrí el blog, alguien me dijo que iba a ser muy difícil que a alguien le interesara leer lo que escribía. No es así. También hay gente dispuesta a ser sorprendida, personas a las que nos gusta leer, aunque tampoco leemos cualquier cosa. Pero si es un porcentaje de gente bastante pequeño comparado con el total de usuarios.

Preguntaba algo frustrado un buen amigo mío: Qué hay que hacer para que alguien quiera leer lo que publico. Hay tanta basura con cientos de + y cosas que valen la pena pasan de largo.

Pero así es esta sociedad fastfood: ingerir basura sin consistencia, una tras otra, y a lo que sigue. El reino de la inmediatez y la superfluidad. Donde demasiada gente alardea sobre sus cualidades, y da consejos prestados a los demás. Paraíso de cobardes: La sociedad de las redes sociales.

Pero es también aquí, donde me he encontrado con algunas maravillosas personas. Con las que celebro haberlas encontrado.
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