miércoles, 28 de enero de 2015

Un trato justo


‘¿Cómo te llamas guapo?’ Pregunta, hasta cierto punto indiferente, aunque sus labios dibujan una mecánica sonrisa. Le digo mi nombre. No tengo por qué mentirle, no tengo por qué inventar un nombre falso intentando pasar inadvertido. Sólo soy uno más. Otro hombre al que sacarle algunos billetes a cambio de unas cuantas caricias: un trato justo. Al terminar la noche, ni siquiera recordará mi cara. Yo quizá nunca la olvide, pero aún no lo sé. Coloqué mi mano sobre su magnífico muslo, tocándola firmemente. No trae medias, así que estoy acariciando su piel. Me pregunta también de dónde soy, y a qué me dedico. Le continúo diciendo la verdad. ‘Y por qué vienes sólo’, me cuestiona continuando con el protocolo. ‘Simplemente me dieron ganas de venir a ver chicas guapas, así como tú’. Me agradece y vuelve a sonreír. Toma la mano que tengo sobre su pierna, y mirándome a los ojos me pregunta si le invitaré un trago. ‘Claro’. Como ya he dicho, me parece un intercambio justo: caricias públicas que den algo de vida a un alma rota y jodida. Llama al mesero con una seña, y éste me pregunta si le puede traer un tequila a la “dama”, asiento con la cabeza al tiempo que coloca su pierna izquierda sobre mi pierna derecha, esa que sigo acariciando constante.

Por supuesto que le llama la atención que esté solo en este antro, la mayoría viene con amigos, para tomarse unos cuantos tragos mientras atractivas desconocidas se desvisten y posan al ritmo de la música. Incluso puedes gritarles algún piropo vulgar, y nadie te dirá nada. Un tipo de una mesa cercana a la mía ha pedido una “foto pa la banda”, Rubí, la morena sobre el escenario, les ha mostrado una magnífica postal de su culo, al atrevido individuo y a sus compañeros de juerga, incluso yo me he podido deleitar con su gentileza. En esa mesa de cinco comensales, sólo dos tienen a una chamaca sentada sobre sus piernas, los otros tres se conforman con mirar, aplaudir y tomar sus tragos de un whisky de medio pelo, expresando, cada que así lo desean, el placer que les causa la belleza o la rutina de la bailarina en turno. Así estamos todos, unos 30 individuos, felices, llenándonos los ojos de pechos bamboleantes y piernas estilizadas por los tacones, de sonrisas falsas y tangas pequeñísimas, de poses deslumbrantes y movimientos que nos tienen prácticamente babeando.

Italia, que así dice llamarse, no cree que sea un cliente tan poco frecuente, que han pasado ya tres años desde mi última visita a un tabledance. Eso es lo de menos, que me crea o no me crea, no tiene importancia. Lo entiende cuando le digo que estaba casado, que tiene sólo mes y medio desde que me separé. ‘Pobrecito’, toma mi rostro y besa mi mejilla, yo le sonrío, tomo mi vaso y brindamos, ‘por el amor’ dice pícara, mientras vuelve a chocar nuestras bebidas y me guiña un ojo. Y es que nunca he sido de andar en tables y tampoco mis amigos lo acostumbran. Pero además, me sale caro, porque no soy de los que se conforman con sólo ver, necesito tocar y sentir, hasta donde ellas me permitan. Aparte de esto, mi timidez no es un obstáculo en esta casa del placer: Italia vino a mí, no tuve que pedirle nada, ni ir hacia ella, ni afrontar esa ridícula inseguridad en un lugar como este. Si llegas lo suficientemente temprano, son ellas las cazadoras y nosotros las presas, ellas las que se esmeran en seducirte. Pero aún así, si ninguna chica ha venido a venderte sus caricias, un mesero puede ir por ella y traerla hasta tu mesa, la que te haya gustado más: aquella rubia alta de pechos operados, o la morena de las espectaculares nalgas, la chaparrita de cabello castaño con esa lencería tan sensual o quizá la gordibuena con el tatuaje en la pierna derecha.

Italia ha resultado ser una mujer bastante agradable. Su sonrisa ya no me parece mecánica, aunque sé que seguramente es por la embriaguez del lugar, más los tequilas. Platicamos de cosas triviales. Le digo lo que pienso sin preocuparme de su opinión. Su atención me pertenece, su mirada es mía y su sonrisa también. Lo mismo que parte de su cuerpo: mi brazo derecho rodea su cintura, ocasionalmente tocando sus pechos, mientras que mi mano izquierda es ahora la dueña de su muslo, dejándolo por instantes, en los que bebo de mi vaso. Resulta una gran terapia contra mis inseguridades estar aquí. Con una belleza en mis brazos, totalmente pendiente de mí, de lo que digo, de lo que hago. Todo lo que digo le parece interesante, me mira mientras hablo: soy el rey del mundo. Mi reinado durará en tanto tenga billetes para seguir pagando los tragos de mi “dama”, esta dama que me ha sacado del lodo por un momento, que me ha devuelto la fe, al menos por un instante, para poder devolverle la sonrisa y recibir un beso en la boca, un hipócrita beso que me sabe a gloria.


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martes, 27 de enero de 2015

Carta (segunda parte)


Ambos sabemos que el amor acaba. Los dos entendemos que las promesas son obsoletas si otra persona se cruza en nuestra vida y alborota nuestras hormonas, si despierta las mariposas, que felices revolotearán otra vez. Que el día menos pensado hemos pasado a formar parte de su pasado, dejando a otro las odiseas del futuro. Los dos lo sabemos, no somos ingenuos.

No hacía falta hacer promesas ni juramentos estúpidos sobre fidelidad, que al fin y al cabo lo que pasa, si pasa, atropella los juramentos y extermina las promesas. Sé que existe la posibilidad de que conozca a alguien y se enamore de nuevo, si existía aquí, de igual manera a 9000 kilómetros. Ella es consciente de lo mismo, me podría enamorar de unos bellos ojos cargados de novedad.

Así que no dijimos nada. No había nada que decir. Sólo esperar como transcurren cinco meses, esperando no tener noticias tristes. 
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martes, 20 de enero de 2015

La cama de mis padres


La cama de mis padres fue un gran campo de juego cuando era niño. Jugué con mi hermano mucho tiempo ahí subidos. Era un lúdico lugar clandestino, ya que sólo lo usábamos si mis padres no estaban; de habernos visto, nos hubieran reprendido, mucho más mi padre. Que las camas no están hechas para brincar, son para dormir.

Es una cama “kingzise”, colocada en una parte de la gran habitación que comparten mis padres. El lugar perfecto para planear o improvisar un juego nuevo, para jugar sin ser vistos, uno de nuestros rincones de juego.

Era un ring de lucha libre, una portería de futbol, una base de beisbol. El cuadrilátero que tantas veces vio luchar a Atlantis y Pierrot, la portería donde se decidieron muchos campeonatos, con un oso de peluche por balón; a dónde había que llegar barridos de cabeza antes de que la pelota tocara la cabecera poniéndonos “out”.

Mi hijo ha heredado el campo de juego. Y como todo nieto dichoso, no tiene que esconderse para brincar ahí. De hecho es un gran amigo del dueño, quien lo comparte gustoso con él: para luchar o intentar atajar todas las pelotas o peluches lanzados.

Ahora también puedo yo jugar sin temer por ser visto. Es que es un gran lugar para hacerlo.



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viernes, 16 de enero de 2015

Extranjero apostador



Leí “El extranjero” cuando tenía 16 años, en clase de Literatura en la preparatoria (Confesiones de un lector). Fue el primer libro que me turbó, que me movió cosas dentro. No podía entender al personaje. ¿Cómo concebir, con la educación que había recibido, en el contexto de mi vida, a una persona a la que le importara un carajo su vida? Me parecía ilógico.

La pasividad del personaje frente a lo que está viviendo me conflictuaba mucho. Su total apatía. Esa indiferencia no era lo que había yo aprendido.

Todo o nada. Genialidad o inexistencia. Si no eres capaz de hacer algo extraordinario mejor ni te molestes. Si no estás dispuesto a perder lo poco que has ganado no mereces ganarlo todo en una sola jugada. Preferible ser invisible si no se puede ser grandioso, pero nunca quedarse en la mediocridad, esa del: lo importante no es ganar sino competir.

Ésta es la premisa de “El apostador” (The gambler), encarnado por Mark Walberg (Jim Bennett); un profesor universitario de literatura, convertido de noche en un temerario apostador. Un hombre que sólo responde a la adrenalina del todo o nada, y no teme ni siquiera morir, al no poder pagar sus deudas. El chiste es jugar: ganar o perder es circunstancial.

Jim Bennett es el extranjero. Qué más da ganar o perder, pagar su deuda o perder su vida. La vida es un juego de dados.

Finalmente, ya lo dijo José Alfredo Jiménez: La vida no vale nada.
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lunes, 12 de enero de 2015

El negro González Iñárritu.


Hace 14 años, Alejandro González Inárritu sorprendió al mundo con “Amores perros”, una historia cruda y sin concesiones que unía la historia de tres personas a partir de un accidente de automóvil. Ésta sería la primera parte de una gran trilogía, complementada por “21 gramos” y “Babel” (recuerdo que al salir de la proyección de “Babel” me sentía muy mal, con el estómago revuelto), las tres cintas, escritas por el también mexicano Guillermo Arriaga.

Después del éxito de estas tres películas hubo un rompimiento entre Arriaga y González Iñárritu, supuestamente el primero le reclamaba a González Iñárritu que lo relegaran a un segundo plano, muy lejos de donde estaba el director, siendo que él era el autor y responsable de las grandes historias de las tres películas. En su opinión, Alejandro se las había apropiado.

Cada uno continuó por su lado. Guillermo Arriaga escribió y dirigió una película que a mí no me gustó en lo absoluto: “Fuego” (The burning plain), y que pasó sin pena ni gloria, mientras que Alejandro ha hecho dos magníficas películas: “Biutiful” y “Birdman”, ambas coescritas por él.

Hoy Alejandro González Iñárritu –imagino que estará resacoso, quizá ebrio todavía–, ganó un Globo de oro, precisamente por el guión original de “Birdman”, y probablemente también se quede con el Oscar. Y es uno de los pocos “autores” mexicanos. Me da mucho gusto por él.


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