martes, 19 de julio de 2016

de venganzas


Si me preguntan si de verdad amé a Natalia diría sin dudar que sí, que sí la amé. Que sí la imaginé como la madre de mis hijos, que sí me imaginé haciéndome viejo con ella –sí, en serio–, que sí la pensé incluso, como el amor de mi vida. Sé que ahora nadie lo creerá, no después de lo que hice.

Nadie puede retroceder el tiempo pero todos lo hemos deseado más de una vez, sobretodo, retrocederlo hasta ese momento antes de cometer la gran estupidez de nuestra vida. Aunque he hecho muchísimas estupideces en mis pocos años de existencia, ninguna me acarreó consecuencias tan nefastas como esta última, en la que el odio y la revancha nublaron mi pobre juicio y me dieron alivio momentáneo en una estúpida venganza que me duró tan poco.

El remordimiento me lleva a pensar que ninguna mujer debería nunca dejarse fotografiar por su pareja, incluso si cree que es el amor de su vida, ni siquiera si cree que conoce a este tipo que le ha mostrado sólo la mejor cara posible. O podría, para protegerse, tomarle fotos a él, igual que las de ella, íntimas, en las que muestre sus miserias; su pene sin erección y su flácido abdomen, o esa ridícula cara de antes de eyacular. Tener a mano material de chantaje, convertido en material de defensa si el intento de caballero no ha quedado ni en eso.

Natalia me reemplazó por un niño bonito que conoció en su clase de francés. Un idiota de auto del año y ropita cara que le revivió las mariposas estomacales. No me escuchó, no hizo caso a mis ruegos y súplicas, ni a la oferta de reparación de lo que estuviera descompuesto en nuestro amor. Ya no le importaba nuestro amor. Tenía uno nuevo. Alguien a quien dedicarle esas canciones que me dedicó cuando se sentía feliz conmigo.

Estaba muy ebrio. Aunque sé que no es disculpa. Ebrio de odio, de dolor y de venganza. También por las cervezas. “Vas a ver puta”, repetía una y otra vez en mi cabeza. “Ahora todos van a ver lo puta que eres”. Presiono enviar y la he mandado desnuda, sonriéndome, a esa página virtual para exnovias infieles, a ese refugio de ardidos viles y cobardes de mierda, a ese refugio de solitarios masturbadores. “Para que se le quite lo puta”.

ERES UN HIJO DE PUTA. ME DESTRUISTE LA VIDA MALDITO PUTO COBARDE. Fue el mensaje que recibí casi tres semanas después de haber publicado su intimidad, después de traicionarla como no había traicionado a nadie. Y aunque al día siguiente de mi bajeza, sin la ebriedad nublando mi juicio, intenté borrar las fotos, no pude hacerlo. Natalia ya estaba en el aparador, para que miles de solitarios pervertidos se masturbaran mirando esa preciosa mirada suya y esas magníficas tetas que me llevaron al cielo.

Sólo necesité indagar un poco para saber que toda su escuela vio las fotos, y sí, nadie la ha bajado de puta. Luego alguien me dijo que también intentó suicidarse, pero sus padres la encontraron a tiempo y sólo pasó unos días hospitalizada, odiándome.

Su hermano me ha preguntado si no he visto de casualidad la película de Niña mala, con Ellen Paige la que actúa en Juno, moviendo la cabeza le respondí que no. Ha soltado tamaña carcajada. “Entonces te llevarás una desagradable sorpresa maricón de mierda”, me dice todavía sonriendo con sus ojos inyectados de venganza.

Así como estoy, amarrado y golpeado, meado, con los ojos cerrados por los puñetazos recibidos, comienzo a sentir un miedo muy intenso que no creo haber experimentado antes. Por las minúsculas rendijas que consigo abrir con bastante dolor puedo verlo divertido, sonriendo, mientras prepara esa misteriosa venganza que me ha puesto a temblar.


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martes, 12 de julio de 2016

Cine vs literatura


Creo que una de las ideas más extendidas entre aquellos que pretenden aparentar un cierto grado de cultura –de esa cultura que sirve para presumir y apantallar a los incautos– es esa de decir que prefieren las historias que cuentan los libros a las de las películas (por lo menos por acá en mi pueblo). “Vi la película, pero no le llega ni a los talones al libro” los escuchas decir respingando un poco la nariz.

Pero si tienen esa forma de pensar, por qué razón pagaron por ver algo que no les gusta ver, si siempre prefieren los libros: es un sinsentido. Digo, si ya disfrutaron el libro, con eso debería bastarles.

El argumento es muy estúpido, porque de entrada se están comparando obras que son elaboradas con diferentes lenguajes: el lenguaje escrito y el audiovisual; con unidades narrativas distintas: la palabra y el plano. Mientras los textos disponen de comas, puntos y puntos y seguido, las secuencias tienen cortes directos, disolvencias y fundidos. Sería como comparar el lenguaje de las señas con el Braille. No hay punto de encuentro. Aunque sería más bien querer enfrentar a un boxeador con un peleador de Artes marciales mixtas.

Aunque podríamos intentar hacer una analogía entre un plano secuencia de González Iñárritu y un párrafo larguísimo de Javier Marías. Hay que seguir porque no hay ni punto ni corte.

Pero bueno, debo comprender que en estos tiempos es valioso presumir que uno lee y decir contundentemente que el libro me ha gustado muchísimo más que la película, a la que le faltan “tantos detalles” que hacen que la experiencia no sea todo lo rica que fue al pasar las páginas.

Pero qué arquitecto de las imágenes podría meter un libro de 900 páginas en 120 minutos, o 160 siendo benévolos. Ni un Tarantino amalgamado a un Nolan.

Los planos que componen las secuencias cinematográficas se sirven de muchas más artes para elaborar las escenas: diseñadores de sonido, de vestuario y de escenografía, la atmósfera que elabora el fotógrafo, el guión adaptado a las exigencias de la pantalla, el trabajo de los actores y el plano elegido por el director. Aderezado esto tal vez por un grandioso score. Y la maravilla del montaje.

Un libro tiene su magia y el poder de la palabra. Y el cine la suya y la conjunción de muchísimas artes. Y no creo que se puedan comparar.

 

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martes, 5 de julio de 2016

¿ser hombre?



Ayer en la noche estaba leyendo a Carlos Fuentes y me encontré con esta frase: “ser hombre no es dejar de ser niño sino empezar a ser delincuente”, y, entre las divagaciones que ralentizan mi lectura me llegó el recuerdo del día en que cumplí 18 años, y mi padre, después de darme un escueto abrazo de felicitación me dijo contundente, que ahora sí me podían meter a la cárcel.

Eso fue todo. Pero si bien no esperaba yo el discurso emotivo del padre de la película, dado que en mi crecimiento nunca he recibido palabras paternas, ni de consejo ni de precaución, tampoco pensaba recibir palabras más propias para un delincuente juvenil o un incorregible muchacho que no deja de meterse en problemas y que ahora se debe cuidar porque ya es susceptible de ir al tambo (la cárcel).

Así es que en mi vida no tuve plática de sexo ni charla de hombre a hombre con el hombre que me engendró. Aunque sí recibí por parte de mi preocupada madre una advertencia sobre esas “muchachitas” que sólo querían amarrar a un hombre y de las que debía cuidarme. Mi madre no sabía que me hubiera encantado toparme con una muchachita que quisiera pervertirme un poco tan siquiera.

Así que, pudiera ser que mi padre había ya leído esas líneas del señor Fuentes la razón por la que asoció mi arribo a la mayoría de edad con el hecho de que me volviera delincuente. Pudiera ser.
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lunes, 4 de julio de 2016

Naco es chido


Cuando estudiaba la secundaria regresaba a mi casa en camión. Era un viaje relativamente largo, de por lo menos media hora, y era casi una regla que todos los choferes de camión escucharan “Radio Lobo”, o alguna otra estación de “música grupera”. Uno de los grupos consentidos de estas estaciones de radio eran Los Tigres del Norte (lo siguen siendo). De manera que tenía mi dosis diaria de “música macuarra”. La verdad sea dicha, nunca me molestó, a excepción de los inconscientes choferes que llevaban la música a volumen altísimo. También, con cierta regularidad, se subían niños a cantar al autobús; acompañados de un improvisado raspador de bote de “Cloralex”; entonaban, en su gran mayoría, canciones de Los Tigres del Norte.

Así fue como me aprendí: Ni parientes somos, La tumba falsa, El niño y la boda, El ejemplo, Cuestión olvidada, Golpes en el corazón, y las famosísimas: La puerta negra, Contrabando y traición y Pacas de a kilo. Tiempo después: La mesa del rincón y El jefe de jefes.

En cierta borrachera en la universidad, un individuo me cuestionó sobre este gusto mío: Cómo puede gustarte eso. Esa música es para otro tipo de gente. Ah chingá. Pues no sé por qué me gusta, pero me gusta, y eso es lo único importante. Es obvio que en esos días Los Tigres aún no cantaban con “la Pau”. No habían todavía mancillado sus canciones, haciéndolas accesibles a esa gente, que cree que esa música no está a su altura. Siendo así, no habría habido problema con mis gustos musicales.

Naco es chido, en toda la extensión de la palabra. Es que esa música se puso de moda, dicen por ahí, es algo así como ir a una pulquería nomás pa ver qué se siente.
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viernes, 1 de julio de 2016

andando entre niños


Siempre he sido niñero. Me refiero a que me la paso bien estando con niños pequeños. Aunque creo que es más el hecho de que los niños pequeños me siguen y se hacen muy rápido mis amigos, y bueno, a mí me agrada estar con ellos y ponerme a jugar sin que nada más importe. Hubo un tiempo, cuando era adolescente, en que prefería estar con los pequeños que con los de mi edad o los mayores, no me sentía parte de ellos ni me sentía cómodo.

Pero los niños siempre me han seguido por alguna causa, incluso aquellos a los que acabo de conocer; será que soy un niño grande. He sido el amigo de muchos de mis sobrinos y de algunos de mis primos.

Una vez en casa de mi abuelita uno de mis sobrinos me dijo una verdad en la que yo no había reparado: “Los papás son bien huevones”, me dijo con toda la confianza que le inspiraba estar conmigo, “porque siempre te mandan a hacer algo pero ellos no están haciendo nada y quieren que tú lo hagas”. Ese niño trajo la luz, yo jamás había reparado en ello.

La sorpresa más reciente me la ha dado la más pequeña de mis primas, la que hace pocos meses hacía hasta lo imposible por no saludarme ni darme un beso. El día del cumpleaños de su papá, cuando llegué y la saludé me convidó de su pastel y fue por su computadora de Dora la exploradora para enseñármela y jugar conmigo, luego me invitó a su cuarto para enseñarme sus muñecos de peluche.

La semana pasada le dijo a su mamá que me invitara a verla bailar en su baile escolar. Fui a verla, y fue muy emotivo para mí que al terminar el evento, cuando me vio, corrió a abrazarme y me dijo feliz: veniste. Esas son cosas que no tienen precio y que llenan el alma. Ser querido por esos seres que dicen la verdad y dan amor sin pensar en estupideces de adultos.




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