lunes, 20 de marzo de 2017

Viñetas escolares


Recuerdo que cuando terminé mi educación primaria y me disponía a ir a la escuela secundaria tuve un pensamiento recurrente que me dio más lata de la que me hubiera gustado: el enfrentamiento inevitable con los acosadores escolares.

Se contaban cosas, se escuchaban historias, se sabía que los chicos que tenían buenas notas no eran personas gratas dentro de un aula escolar, al menos no para los compañeros que no recibían las lisonjas de la maestra que quizá sin quererlo alimentaba el repudio para con el aplicadito de turno.

Yo era un niño enclenque y flacucho, temeroso, un niño de mamá que sacaba muy buenas notas, auspiciadas por el temor paterno y la propia satisfacción. El matadito convertido en el blanco de las frustraciones de sus compañeros. No me sentía capaz de poder defenderme frente al acoso de algún pandillerito escolar.

Pero resulta que le caigo bien a la gente, al menos a la mayoría. Y sí tenía las notas más altas de todo el salón –por encima de cualquier compañerita– pero también participaba del desmadre con los demás. Me volvía uno con todos los que aprovechaban la ausencia de la profesora para hacer cualquier cosa que pareciera divertida, ya fuera jugar al frontón al fondo del salón, utilizar el tubo de la pluma para hacer una cerbatana con papel ensalivado o participar de la risa a costillas de la chica a la que a todos nos gustaba molestar: la pobre Minerva.

Siempre he sido hábil a la hora de hacer deportes, algo que ayuda demasiado, ya que los mataditos usualmente están peleados a muerte con la actividad física. A pesar de la vergüenza que me causaba mostrar mis flacuchas piernas en el short del uniforme quedé entre los seis chicos que formamos el equipo de volibol del grupo; me defendía con el basquetbol y muchos sabían que era bueno jugando beisbol. Además, era todo un conocedor en cuestiones de lucha libre, mis libretas estaban ahí como muestra de ello.

Supongo que también le pasaba la tarea a mis compañeros flojos y nunca he sido presumido, o eso creo.

Pero no todos tienen las cualidades que yo tuve para escapar de las garras de los acosadores. Muchos, además de no poseer talentos deportivos son en extremo introvertidos, refugiados en sus libros y su soledad. Los verdugos sociales son ahora más crueles con las redes sociales, que potencian a los cazadores y laceran más a las presas.

En esos tiempos alegres en mi escuela secundaria no escuchabas que un chico de tu edad se hubiera suicidado. Ahora, jodidamente, es pan de todos los días en casi todo el mundo.



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jueves, 16 de marzo de 2017

estupideces cotidianas



Siempre me molestó, siempre me resultó muy chocante, esa pendeja idea de que había que ser el mejor, ser el número uno. Tratar con todo tu ser y a como diera lugar de ser el mejor. Esa puta frasecita de que no importa si eres barrendero “debes” ser el mejor barrendero, y así, en cualquier cosa que quisieras hacer, merodeaba omnipresente desde niño. Tienes, por una supuesta obligación que ser el mejor en lo que haces. O resignarte a ser un mediocre fracasado. Es una idea tan extendida como la contaminación del aire o el uso del facebook entre los jóvenes, una idea que todos repetían y repetían y repetían; y repiten y repiten y repiten.

Es una idea difícil de rebatir, sobre todo si eres un niño. Qué cosa puedes decir ante el “magnífico” argumento positivo. Qué puedes señalar contra la aceptadísima verdad, cuando todos han sonreído asintiendo para avalar lo verídico de la sentencia. Qué puedes decir para no parecer un perdedor y un mediocre, y a tan corta edad. Pero es que, “cómo podríamos ser todos los mejores, si simplemente en el grupo escolar habría cincuenta que no lo conseguirían”.

Dice un tío para justificarse (como si tuviera que hacerlo) sobre el hecho de que ninguno de sus hijos estudió una carrera, que cuando se lo comunicaron les soltó la frasecita: “Bueno, pero en lo que decidas hacer sé el mejor, si decides ser barrendero sé el mejor barrendero”. Pero la verdad es que no quería que fueran barrenderos, ni siquiera si eran los mejores (no sé si los que barrerían más calles o los que dejarían las calles más limpias, o de qué forma se decide quién es el mejor barrendero); y que además, si ambos le hubieran hecho caso, uno de ellos no habría podido lograr el cometido y sería un mediocre.

Es como aquella otra estupidez de que “para atrás, ni para tomar impulso”. No mamen.
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lunes, 13 de marzo de 2017

de las pequeñas emociones de mi vida



Dice Luis Ernesto Álvarez, el narrador principal para Latinoamérica de ESPN que ningún deporte provee de toda la emoción que brinda un juego de beisbol. Creo firmemente que tiene la boca retacada de razón.

Es obvio que hay juegos malos y aburridos, marcadores abultados que matan el interés y juegos carentes de casi toda emoción, pero en el otro extremo hay partidos más emocionantes que la mejor película del director del momento.

Iba a escribir sobre este postulado hace unos meses, justo después de terminar la Serie mundial tras ese emocionantísimo juego siete, pero por alguna distracción se me quedó en el cajón del para después. Lo hago ahora en referencia a otro conmocionante partido en el que el equipo mexicano, en un juego de casi cinco horas, eliminó al favorito Venezuela y siguió con vida en el Mundial de beisbol. Hoy se juegan el boleto contra Italia e irían por una sabrosa revancha.

Cinco horas de alegrías, preocupaciones y frustración, alternadas estratégicamente para que el corazón no se nos quede tranquilo ni en los cortes a comerciales. La alegría de ir ganando 5-0, luego 8-1 y más tarde 11-6, en un juego que acabó 11-9 y en el que los venezolanos no necesitaban ganar sólo hacer una carrera más para calificarse directo y eliminar a los anfitriones.

Y sé que el beisbol no es para todos, –tiene tantas reglas como emociones guardadas– como tampoco las cartas lo son, las que se juegan, aunque también las que se leen. Lo disfruto porque soy de esos individuos que se puede pasar otras cinco horas sentado jugando al dominó y las damas chinas sin respingar (en un día distinto), claro está, que siempre que tenga un trago o una cerveza a la mano. Qué le hacemos.
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Pechos, botas y tristeza


Anoche estaba mirando fotos de mujeres desnudas. Algunas que ya lo están, otras que se van desnudando poco a poco y alguna más que nunca llega a estar del todo desnuda. Eran casi las tres de la mañana y no podía dormir. Sabes que prefiero las fotos a los videos, recuerdo habértelo dicho; no sé por qué pero así es. Casi todas eran mujeres jóvenes, quizá de entre 20 y 30 años, alguna más joven o mayor, ve tú a saber.

Las miraba con tedio pero estaba excitado, al menos mi pene eso indicaba. Revisando una a una las chicas que eran de mi agrado. Sabes que no tengo predilección entre rubias, morenas, pelirrojas o negras, las encuentro bellas de todos los tipos.

Había encontrado una sección con chicas que usaban botas. Sabes también que es mi fetiche predilecto. Lo sabes bien. Ya me estaba dando algo de sueño pero la aparición de esas chicas embotadas me llamaba a descubrir cada imagen, en las que pareciera que me miran y sonríen felices.

La tercer chica que escogí para admirar era una rubia bastante guapa de mirada coqueta y cabello hasta el hombro. Vestía un lindo vestido cortito con la espalda descubierta que remataba con botas a la rodilla, café oscuro, al parecer de gamuza y con tacón alto, no de aguja, más bien cuadrado. Me gustó bastante.

En la quinta foto se había ya descubierto la parte de arriba del vestido y al parecer no traía sostén por lo que sus grandes pechos quedaron al descubierto. Me decepcioné un poco al ver que estaban operados, pero sus pezones eran idénticos a los tuyos, de no haberlo estado, esa mujer y tú tenían prácticamente los mismos pechos maravillosos.

Mi corazón latió un poco más aprisa por mi excitación pero traía consigo mi tristeza. Tiene ya varias semanas que no puedo tocar, mucho menos chupar esos objetos de mi veneración. Me recordé con ellos y me sentí más triste. Evoqué la vez que quedaron teñidos de matices rojos debido a mi entusiasmo, pero es que nunca me detuviste y sabes bien como soy.

A ti no hace falta nada para recordarte, estás constante en mi cabeza. Pero tus amados pechos vinieron a ponerme triste. Así es la vida.


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viernes, 10 de marzo de 2017

temores de macho



Creo que el padre más celoso es el que de joven, y aun ahora que no es tan joven, es el más mujeriego; el más cabrón, dicen algunas buenas lenguas. Otras dicen que todos los hombres somos unos cabrones, porque a quién le dan pan que llore; aunque no entramos todos en el mismo saco. No somos todos iguales, o diría alguna feminista resentida: hasta la basura se separa.

Vuelvo al asunto, el padre más celoso es el que con más chicas jugó, el que con más se divirtió y el que con más se acostó. El que ve a cada mujer como un pedazo de carne al que hay que aprovechar, un hombre con síndrome de Donald Trump, pero sin la plata. De modo que no cree posible que su hija pueda ser vista de alguna otra forma.

Imagino el miedo que le debe dar –trasladado hasta la paranoia– de que su pequeña princesa se encuentre con hombres iguales a él, o peores, que siempre puede haber alguien más desagradable. Pensar que su niña sea la presa anhelada y acechada por más de un espécimen de su misma categoría. Porque alguno eventualmente lo logrará, por más berrinchitos y pucheros que haga el preocupadísimo padre.


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lunes, 6 de marzo de 2017

El niño de las fotos



Todo el pueblo puede ver y recordar cómo era de pequeño. Todos. Los que me conocen y los que no. Todos los que aquí viven desde hace al menos treinta años. Pero cualquier visitante puede ver y fisgonear mi crecimiento en imágenes, con sólo entrar en el establecimiento familiar y echar una rápida mirada. Cualquiera que llegue a las Fotos López.

Pueden ver mis grandes orejas y mis dientes chuecos antes de los brackets, y luego ya con ellos, en todas las fotos de la infancia; en la de la primera comunión y en aquella de ese día de campo que tanto disfruté donde se me ve tan feliz con esa desgastada playera de Winnie Pooh que no quería quitarme, y que un día ya no me pude poner. También están a la vista retratos de esa entrada a la adolescencia en la que poco a poco se va deformando el rostro y aparecen los incomodísimos barros que no quisieras volver a ver en tu rostro, mucho menos que todo el pueblo los pueda ver.

Mi padre también exhibe mis fotos de bebé, mis “caritas”. Se supone que a la gente le deben dar ganas de mandar a hacer esas fotos para sus hijos viendo mis –para mí– absurdas caras.  Incluso esa en donde hacen llorar al niño para también tener constancia de su infelicidad (un extraño lo hizo llorar con la autorización de sus padres, qué mierda).

Lo peor es cuando me toca atender el negocio. Por lo general es cuando llega una señora que dice: “ay pero mira que lindo estabas”, “ay mira que simpático estabas aquí” o cosas peores, mucho peores. La mayoría de las veces me limito a sonreír, debo ser amable siempre, eso lo tengo bien aprendido.

A mi novia no hubo necesidad de enseñarle con vergüenza los álbumes familiares, desde las primeras semanas de relación ya se había adentrado a mi intimidad, bueno, igual que todo el pueblo.

Supongo que lo mismo vivirá mi hijo que recién nació, le ha llegado el momento a mi padre de renovar los retratos, para pesar del pobre niño.
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jueves, 2 de marzo de 2017

de ciertas golosinas



“Siempre se deja uno las golosinas preferidas para el final”, para degustarlas lentamente, sintiendo todo el sabor recorrernos la boca y los sentidos; igual hacemos algunos con otro tipo de comida, dejamos lo mejor al final para quedarnos con un sabor de boca que nos guste (aunque una vez me pasó que mi pareja de ese entonces se comiera eso que yo había apartado en el plato, lo tomó así sin avisar, pum, se lo comió ante mi estupefacción. Cuando le reproché lo que había hecho me dijo calmadísima, “pensé que no lo querías y por eso lo habías apartado”. Suele pasar.).

Esta frase viene de un diálogo con dos amigos a propósito de un texto sobre la vida, creo que sobre eso va. La cosa es que se guarda uno las mejores golosinas para comérselas luego, pero ¿y si ya no llegamos a ese luego? Pudiera cagarse de risa la vida a costillas nuestras cuando hemos dejado “eso” para un después que no ha llegado.

También puede pasar.
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