Los ídolos de un niño raro II


Cuando éramos niños y mi padre estaba en casa, debíamos, o mirar lo que él mirara en la televisión, o hacer otra cosa. Creo que ni siquiera nos atrevíamos a solicitarle que le cambiara de canal a algo para niños. Así eran las cosas. Muchas veces hicimos cualquier otra actividad: jugar a tantas cosas, jugar en el terreno baldío frente a la casa, qué sé yo; nunca hubo aburrimiento. Si no, a mi hermano se le ocurriría algo.

Pero entre las ocasiones en que decidí ver la televisión acompañando a mi padre, nació y germinó mi afición por los deportes: tenis, futbol americano, y sobre todo beisbol. Mi hermano y yo nos hicimos fans de los Atléticos de Oakland, coincidentemente el nombre del equipo en el que tiempo después jugaríamos en la Liga Pequeña Matlatzinca, el equipo del Money ball, y casa también de algunos de los más célebres tramposos (McWhire, Canseco, Giambi).

También, cierto tiempo después, mi padre llegó un día con dos manoplas infantiles, una pelota y un bat de madera. Afortunadamente, la casa tenía un patio lo suficientemente grande como para poder jugar al beisbol. Bueno no jugar propiamente, pero sí para lanzar la pelota y hacer algunos batazos. De forma que cuando llegamos por vez primera a entrenar con Don Rigo, se sorprendió al ver que ya sabíamos atrapar la pelota sin temerle, como la gran mayoría de los nuevos.

Creo que ya me desvié. Pero ha valido la pena. La cosa es que viendo la televisión con mi padre, adquirí aficiones que aún conservo. Se ganaron mi admiración Andre Agassi, Steffi Graf, Carl Lewis, Canseco, McGwire y Rickey Henderson; Jerry Rice o  Lawrence Taylor. Y de entre todos ellos, en uno de los podios más altos, estaba Fernando Valenzuela, el toro Valenzuela.

Obviamente no me tocó ver sus mejores años, la Fernandomanía, verlo, saberlo y gozarlo: “novato del año” y ganador del “Cy Young” (premio otorgado al mejor pitcher de la liga), en la misma temporada, 1981, además de campeón y MVP de la Serie Mundial. Pero aún así, yo vestía a veces para asistir al kínder, una playera gris de manga larga con el número 34 al centro, debajo del letrero azul de Dodgers en manuscrito. Y tenía otra de un niño con un garrote, bateando. Todo obra de mi padre. A Gil le compré una playera talla 8 cuando tenía como 2 años, que a mí me gustó muchísimo, alusiva a Lou Gehrig, el caballo de hierro. Hombres al fin y al cabo.

Me comentaba Silvio Manuel sobre Maradona: “fue, es y será mi ídolo”. Y lo entiendo. Con el tiempo supe darle todo el valor que el Diego merece. El que no veía de niño cuando estaba disfrazado de drogadicto antideporte, el que te vende una sociedad moralina de doble moral, que señala defectos, tan humanos que te acercan a la persona, no al mito. Que al fin prefiero los antihéroes a los héroes acartonados, falsos como ellos solos. Responsables, pienso, de muchos complejos nuestros.




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