viernes, 3 de agosto de 2018

Cosas de dibujantes

Quienes me conocen y quienes me leen de hace tiempo saben que me gusta dibujar y que lo hago bastante bien, si no somos tan exigentes. También pinto, pero eso lo aprendí en clases que mi madre tuvo la gentileza de pagar, debido a esa habilidad que tenía para jugar con el lápiz dejando lindos monigotes sobre las hojas de las libretas viejas, aunque también de las que no.

Debido a que a los que nos gusta dibujar no podemos evitar comenzar a rayar cualquier hoja de papel que esté a nuestra disposición, la gente a tu alrededor sabe casi tan pronto como te ha conocido que tienes una habilidad, mayor o menor, para el dibujo. Porque pues nos pasamos haciendo todo tipo de trazos sobre nuestros cuadernos escolares cuando no debemos copiar apuntes del pizarrón o tomar un dictado.

Y así, llega la hora de un trabajo escolar en el que se tiene que dibujar algo, generalmente algo grande y trabajoso, y por obvias razones lo tienes que hacer tú, que eres "el que dibuja". Y ahí vas, a pasar horas con la cartulina y los colores y lo que haya que hacer, mientras todos los demás hacen cualquier otra cosa. Pero bueno, al menos disfrutas lo que haces.

La cosa es que me quedé pensando en el Joker de Heath Ledger, en la que para mí es la mejor película de cómics que se ha filmado, y donde éste genial villano le dice a los maleantes a los que ofrece sus servicios: Cuando eres bueno para algo no lo haces gratis. Por todos los santos, si yo hubiera sabido eso hace tantos años. Habría podido sacar unos pesos a costa de mis compañeros sin talento.

Recuerdo haber dibujado una Sor Juana y un Venustiano Carranza bastante grandes para la profesora de historia, sin ninguna retribución por medio.

Así que no. Acá la regla no escrita era que si eras el que sabía dibujar te tocaba chingarte los dibujos.

¿Conocimiento tardío? ¿Remordimiento pueril?



Aquí el ejemplo de dos cuadernos:



miércoles, 1 de agosto de 2018

Heath y Joseph


Para muchas personas de mi generación el primer momento en que ubicamos a Heath Ledger y Joseph Gordon-Levitt fue en la ahora célebre 10 cosas que odio de ti. En mi nostálgica opinión una de las mejores comedias adolescentes que se han hecho. Esa en la que nos imaginamos cantándole a nuestro amor en el estadio de la preparatoria mientras evitábamos a los guardias. ¿Ustedes no?

Unos pocos años después de esa exitosa película salió otra igual de popular: Corazón de caballero (A knights tale) protagonizada por Heath Ledger. En lo que a mí concierne no había vuelto a ver a ninguno de los dos actores entre lo que aparecieron los dos filmes, y lo que creí cuando estaba con mis amigos viendo la película en el cine fue que el caballero Ulrich von Lichtenstein era ese chico flacucho de 10 cosas que odio de ti.

Claro que pensé: pero cómo le ha cambiado el cuerpo a este chavo (todavía no conocía su nombre), antes era un alfeñique y se puso bien mamey (fuertote). Algo como lo que años después le pasaría –realmente– a Ryan Gosling.

Es claro que, al menos en mi caso, cuando la primera cinta salió no conocía el nombre de ninguno de los actores ni tampoco lo memoricé luego de haberla visto. Y al ver Corazón de caballero Heath no era un actor famoso tampoco.

Bueno, el caso es que esta imagen que un día me encontré me da algo de razón. :)


domingo, 29 de julio de 2018

otro "traidor"


Titulé la entrada anterior "El fiel traidor", y en ella, al principio mencioné "La vida de David Gale" de Alan Parker. Al terminar de escribir ese textito, me vino a la cabeza la idea de que ése personaje, David Gale, también podría ser catalogado como un "fiel traidor".

El vil ingrato hijodeputa que traicionó a su supuesta mejor amiga, para la opinión pública; el héroe secreto, sin fama ni gloria, para dos o tres personas enteradas. El impío traidor que paradógicamente recibirá como castigo aquello contra lo que había luchado de forma tan ferviente durante tantos años de su vida. Justicia divina, dirá esa juiciosa opinión pública.

Es una de mis películas favoritas. De las que he visto bastantes veces y con las que me sigo emocionando a pesar de saber qué va a pasar, aunque a veces no recuerdo del todo cómo es que pasa, así que lo sigo disfrutando. Aunque no recuerdo haberla encontrado en la tele ni que sea uno de esos filmes que pasa con cierta regularidad, y supongo que ahora menos, con la desprestigiada imagen del talentosísimo Kevin Spacey. Tengo la copia que compré usada en Blockbuster y que le proyecté a mis estudiantes, aunque luego un cierto lado sospechosista me advirtió sobre la mala idea que podía ser si me enfrentaba con una chica de malos pensamientos y buenas curvas: le estaba dando yo la receta completa para obtener lo que de mí quisiera. Nunca pasó. Pero ciertas ideas llegan un poco atormentantes.

Creo que la historia de David Gale tiene demasiados de los ingredientes que me gustan: un querible antihéroe, borrachín y pecaminoso; la búsqueda y resolución de un misterioso crimen en una historia enigmática; la exposición de una ideología de respeto por la vida y por la muerte digna; la verdadera amistad. Laura Linney y Kate Winslet en su esplendor. Una historia con demasiadas aristas para ponerse a pensar o platicar con buena compañía y un trago en la mano, preferentemente.



lunes, 23 de julio de 2018

el fiel "traidor"

En "La vida de David Gale" el protagonista habla sobre por qué San Judas Tadeo es un santo tan milagroso entre la comunidad creyente católica; y su argumento señala que pasaron muchos años sin que nadie le rezara ni le pidiera nada por el miedo que tenían de que los susurrros pedigüeños fueran a parar a oídos de Judas Iscariote "el gran traidor". Así que en el momento en que alguien se aventuró a lanzar la súplica a Judas Tadeo, éste, sin dudarlo dos segundos, solucionó el pedido lo mejor que pudo. Y así, tras comprobar lo hacendosito que era este otro Judas, su fama se extendió como el espíritu milagroso que conocemos ahora, la envidia de muchos otros santitos sin un devoto que les rece un triste padrenuestro.

La cosa es que hace algunos años salió una noticia –vilipendiada por los católicos– que decía que Judas en realidad no había sido un traidor sino un héroe. El hallazgo de un manuscrito con el que se restauraba la tristemente célebre imagen de Judas como un vil traidor, y lo elevaba como un fiel amigo, el amigo capaz de cualquier sacrificio personal, incluso si traería consigo la infamia eterna.

A mí me sonó bastante lógico el hecho. Sólo a la persona más cercana, a la que más confianza se le tiene, a la que se siente que puede respetar nuestros deseos, se le puede pedir semejante encomienda. "Me entregarás, aunque una desgracia eterna caiga sobre tu nombre y tu recuerdo".

Mirando una imagen de la última cena recordé este asunto. Instantes después me vino el nombre de Severus Snape como un compañero de destino de Judas Iscariote: el amigo fiel que debe cumplir el nefasto acto a pesar de todo lo que se pensará y dirá sobre su persona. El deshonrado héroe. 

Rodión y Jorah. Judas y Severus. :)


lunes, 16 de julio de 2018

Rodión y Jorah: las creencias del león



Hay un dicho, pesimista como pocos (aunque a pesar de ello no se pasea por mis labios), que dice que si piensas mal acertarás. En otras palabras, que esperar lo peor o lo malo de una persona o en una situación es lo más conveniente si uno quiere tener razón o no quiere tener decepciones. Ya que la decepción sobre algo que esperábamos mal, muta en una gratísima sorpresa; de esas de sonrisa incluida.

Esto viene a cuento porque hace algunos meses me vino a la cabeza una relación entre Jorah Mormont “el Ándalo” y Rodión Románovitch Raskólnikov. Imagina usted ¿qué tienen en común Jorah Mormont y Rodión Románovitch Raskólnikov?

¿Se le ocurre algo?, ¿Cree que he venido a teclear estando ebrio?, ¿No? Pues resulta que tanto en “Juego de tronos” como en “Crimen y castigo” la forma de pensar de estos personajes delata sus acciones previas. No sólo hacen caso a la popular frase sobre la conveniencia de los malos pensamientos, sino que ellos, al ser artífices de atroces actos, tienen una cierta capacidad de pensamiento que los hace imaginar maquiavélicos planes en cabezas ajenas.

Sólo alguien que ha tramado y llevado a cabo, en estos casos, el trabajo de espía aderezado con traición y el asesinato tantos días deseado, tiene el pensamiento afilado para pensar elaborados ardides.

Y la cosa es que a ambos se los hacen notar. Hay alguien que percibe demasiado extraña su peculiar habilidad para maquinar conspiraciones (Daario Naharis y Fómich o Petróvich, no lo recuerdo). Esto los turba, los hace sentirse desnudos, de alguna manera descubiertos. Y si otra perla de la sabiduría popular dice que no teme quien nada debe, una especie de temor se posa sobre los hombros de nuestros polifacéticos personajes. Se preguntarán si esta persona les conoce algo o sólo tantea el terreno.

Y claro, también sabemos que el león cree que todos tienen su misma condición.


viernes, 13 de julio de 2018

Forjando mi armadura


Cuando uno escribe, vuelve una y otra vez a sus lugares comunes, a los sitios que conoce, en los que se siente cómodo, los que le mueven algo profundo, a los que le provocan urticaria (alguien podría decirme: oye cabrón, de eso ya te has quejado varias veces. Y es que si uno se ha vuelto un amargado que ha encontrado en la queja a una buena compañía, pues te quejas; y, si tienes la fortuna de tener lectores, sufrirán tus repeticiones y desvarios. No es la gran cosa en realidad).

Es que cuando uno intenta ser sincero mientras teclea parece ser el resultado obvio. Se escribe de lo que se conoce, y al parecer a veces no hemos quedado satisfechos con lo previamente tecleado, o existe una arista que no se había tratado en absoluto, o no a placer, por la razón que esto haya sido. O simplemente se repite la obsesión.

En cierto momento de susceptibilidad y acumulación rencorosa escribí, creo que consecutivamente, sobre el dolor que provocan las ofensas que vienen de ciertos destinatarios (mi madre) y sobre la pertinencia que tendría proveerme de una armadura en la que se estrellara todo sin menguar en mi hasta ahora frágil alma. Ahora veo que antes de eso también había tecleado sobre la calumnia materna que me tilda de egoistamentiroso ante mis para mí justos reclamos.

Es lo que hay. 

Ya Tamara (siempre Tamara) me había advertido, ¿hace cuántos años?: Tienes un asunto que resolver con tu madre. Tan obvio es el asunto. 

No veía manera de que eso pasara. ¿Intentar resolver algo con mi madre? Antes de eso logro correr un maratón a pesar de mi pie plano. 

Ahora lo puedo ver. El asunto es con mi madre –un asunto enorme– pero lo tengo que resolver solo. Porque finalmente al que le duele es a mí no a ella. El que necesita la armadura soy yo. 

Nunca voy a saber la razón por la que ha hecho tantas cosas, pero llegará el día en que deje de importarme y en que en verdad me valga una mierda lo que ella haga o deje de hacer para conmigo.