martes, 13 de noviembre de 2018

el que espera II

A pesar de que el mundo se nos ha vuelto una colección de inmediateces, donde parece que nadie está dispuesto a esperar por nada, acá en mi tierra la gente sigue siendo impuntual por convicción, y sí, no nos queda otra opción que esperarlos.

Ni la inmediatez del streaming en banda ancha, del skipe o de una conversacion whatsapp intercontinetal han podido contagiar al mexicano impuntual que sigue llegando tarde a todos lados, y lo peor de todo (peor para los puntuales), que se molesta en extremo si se le reclama la hora a la que ha llegado: "Ya no hagas dramas, ya estoy aquí". Bueno, ya dijo alguien que la mejor defensa es el ataque, así que el pedido por la extinción de los dramas puede venir antes que el reclamo del que tuvo que esperar.

De nada sirve que se haya repetido veinte veces que el camión partía a las 9:30 en punto estuviera quien estuviera. Diez minutos antes de las 10 nos mirarán de forma bastante desagradable cuando pidamos que ya parta el autobús: "Ya casi llegan, me acaban de avisar". "Aaaay, no seas así, ni modo que nos vayamos sin él", y más pendejadas por el estilo.

Luego esos mismos impuntuales no pueden creer que no hayan alcanzado el tour o el tren al haber llegado "únicamente" dos minutos después de la hora señalada, aunque hubiera imbéciles que llegaron treinta minutos antes, de los que no se enteraron debido a su habitual tardanza. "Qué mala onda no nos esperaron".

Más que irónica me parece tonta esa actitud de impaciencia frente a la tecnología mientras quieres que te sigan esperando, porque, pues, así eres. Y no vas a cambiar.


jueves, 8 de noviembre de 2018

Una rapsodia bohemia



La verdad es que me gustó mucho la película sobre esta parte de la vida de Freddy Mercury, la disfruté bastante. Creo que al menos la mitad de la película tuve mis pies inquietos siguiendo el ritmo de la música o del bajo del señor Deacon. Me abstuve de cantar, más por lo molesto que a mí me resultaría que alguien más lo hiciera que por otra cosa, como vergüenza; salvo al final, cuando llega Don´t stop me now (mi favorita de Queen) y ya ha terminado la película.

Luego, más tarde, me entero de que hay una especie de consternaciónmundialhipsterhistérica que está inconforme con lo que consideran una tapadera sobre la peculiar vida sexual del señor Mercury, por no decir extremadamente promiscua. Algo que no es noticia para nadie que sepa un poco sobre el fantástico (a mí me lo parece) grupo británico. 

Me considero todo lo opuesto a mojigato y no veo por ningún lado censura o rubor para decir que mister Freddy era un homosexual sin tabúes. 

No sé si esperaban verlo en cuatro patas mientras lo penetraban entre ocho tipos o algún tipo de eyaculación múltiple. La verdad no sé qué querían ver. No sé si el gore ha superado al buen gusto y a la sutileza o si soy yo, que me he vuelto un conservador de closet (haciendo referencia a los closets). No sé si es sólo esa necesidad o necedad de estar en contra de todo y de señalar que nada es como debiera ser; que a todo le ha faltado algo.

No sé. Pero creo que un intercambio de miradas llenas de deseo sexual fuera de un baño público me dice todo lo que ahí dentro pudo haber pasado. O que me puedo imaginar la clase de depravación que se vivió en una mansión llena de botellas, de restos de cocaína y de homosexuales.

No sé si me he suavizado, pero a mí me encantó.

“somos cuatro inadaptados sin nada en común, que tocan para otros inadaptados, para los marginados al fondo del salón, que saben que no pertenecen a ese lugar, pero nosotros les pertenecemos a ellos”.

sábado, 3 de noviembre de 2018

Recuerdos imborrables

Quizá la primer película que me impactó, que me habrá hecho abrir los ojos de más en más de una ocasión fue Excalibur. Yo tendría unos ocho años cuando fuimos con mis padres al videoclub que formaba parte de la Comercial Mexicana (un supermercado ya desaparecido); cuando la efervescencia de los videoclubs nos maravillaban: tantas opciones a la mano para escoger la preferida. Luego ya no hubo que ir tan lejos por una película, en el pueblo se instalaron varios locales de renta de videos Beta y VHS. 

Me estoy desviando del lugar al que quiero llegar con estas letras entusiastas pero es que he destapado una feliz cloaca cerebral que me ha inundado de recuerdos la mente. Qué días aquellos. 

Imagino que tendríamos algún tipo de entusiasmo por los caballeros medievales y quizá la mesa redonda, las justas a caballo y las batallas con héroes fantásticos cuando entre los pasillos de aquel mágico lugar encontramos esa película de la mítica espada y el legendario rey. No recuerdo nada de ello pero sí que la rentamos ahí.

Pasó que ese fin de semana de la renta de Excalibur mis padres asistirían a una fiesta en la tarde. Si yo tenía ocho mi hermana tenía diez, así que no había problema en dejarnos a los tres solos en casa con el refri con comida y la película dispuesta.

Y llegó el primer impacto. Cuando el padre de Arturo mediante magia se hace pasar por otro hombre para tener sexo con la mujer que deseaba, y tras esa jugarreta nacería Arturo, el heredero de la espada. Fue la primera escena de sexo que vi, y de hecho la primera vez que estuve en contacto con el coito. Porque la escena no es nada sutil. Como casi todo niño de esa edad sabía que una mujer y un hombre debían tener un encuentro sexual para procrear pero no sabía nada de la forma en que se hacía aquello.

Esa es una película bastante larga, tediosa en la madurez de Arturo y su búsqueda del Santo grial, por supuesto que no apta para niños, pero su fin había sido encontrar algo que pudiéramos ver mientras mis padres iban a su compromiso. 

Pero la gran sorpresa del filme no fue ese primer encuentro sexual como algunos lectores ya pensarían. Lo que me movió el alma durante la proyección fue estar en contacto por vez primera con Carmina Burana de la que conocí el nombre hasta muchos años después. Escuchar esa portentosa obra fue un verdadero shock, un encuentro que removió todas mis fibras sensibles, o algo así. 

Y es que música e imágenes hacen una maravillosa mancuerna. Será quizá una de las razones por las que amo el cine.

Me hubiera gustado ver la reacción de mi madre cuando vio aquella escena sexual y de inmediato pensó en sus hijitos, jajajaja. Debió ser divertido.


domingo, 28 de octubre de 2018

¿Fahrenheit 451?

Tiene pocas semanas que leí Fahrenheit 451, el libro más famoso de Ray Bradbury. Pese a ser una obra breve creo que es una obra muy poderosa, demasiado vigente el día de hoy y en las décadas por llegar. 

Pienso que en el estado actual en que se encuentra el libro como producto dentro de la sociedad, los grandes libros quedarán sepultados por un montón de basura consumida como golosinas (libros de yutubers y pendejos con un mínimo de fama –que no talento–, las novedades inacabables de la autoayuda, y millones y millones de libros autopublicados o distribuidos por wattpad, sin el menor rigor editorial). Porque si alguien se quiere expresar lo puede hacer de la manera que se le venga en gana, y supuestamente nadie tiene derecho a decirle que lo que ha escrito o creado es una mierda, porque lo único importante es la expresión y manifestación de sus sentimientos. Esa parece ser la realidad.

Pero ya me he vuelto a ir por otro lado. 

La razón por la que cree esta nueva entrada del blog fue para desahogarme sobre lo absolutamente espeluznante que es la versión que de la novela de Bradbury ha hecho recientemente HBO. 

He dicho más de una vez que no hay manera de comparar un producto fílmico con un libro pero esa porquería de película poco tiene que ver con el mítico libro del señor Ray. 

Para empezar dos de los cinco personajes principales son suprimidos, completamente borrados. Mister Montag, quien en esta basura es un jovencillo caguengue, es soltero. Junto a su esposa Mildred, Faber, el antiguo profesor universitario, tampoco figura en esta efectista y hueca película. Aquel terrorífico sabueso con patas de araña también fue borrado obscenamente. 

Qué hacemos. Una película hueca para una sociedad hueca. Pero me sorprendió de HBO.


sábado, 27 de octubre de 2018

Pasiones de octubre

El partido de ayer de la Serie Mundial duró más de siete horas. ¡Qué! Dirán todos con demasiada razón. Estuviste siete horas aplastado viendo un partido de aburridísimo beisbol. Sí, lo hice. Igual que otros millones de personas en el continente americano. Pero el partido no tuvo nada de aburrido. Fue fantástico. Lo malo es que la emoción me duró en el cuerpo más de lo deseado y aunque eran casi las 3 am me tardé más de media hora en poderme dormir.

Buehler lanzó siete entradas con sólo dos hits y sin bases por bolas pero Bradley Jr se la voló a Jansen y empató el partido. En la entrada 13 (con cuatro entradas extra) Bostón anotó luego de errores ridículos de Dodgers pero al cerrar la entrada Dodgers anotó de la misma manera. Y así hasta la estrada 18. Un homerun de Muncy y ahora sí, todos a dormir, o a irse a sus casas, porque el estadio seguía casi lleno.

Qué hacemos, es uno de los pequeños grandes placeres de mi vida. Pero este beisbol que se juega en estos días de calentamiento global es muy distinto del que veía con mi padre y mi hermano hace treinta años, cuando decidí apoyar a los Oakland Athletics.

Parece que ahora está prohibido tocar la pelota; ni siquiera si hay tres jugadores entre primera y segunda y nadie cubriendo la tercera base; no hablemos de querer avanzar al corredor sin outs.

La Sabermetría es la nueva religión del rey de los deportes. Hay ahora un montón de estadísticas nuevas que desconozco, formaciones especiales a la defensiva y ningún secreto para ningún jugador.

Pero hay más justicia. Los llamados de los ampayers están bajo escrutinio y las malas decisiones se cambian, excepto en el conteo de bolas y strikes, donde se sigue dependiendo de la a veces miope y desigual evaluación de los árbitros. Los pitchers sólo reclaman cuando les conviene, nunca he visto que protesten por un strike a 15 centímetros del home.

Con todo, sigue siendo el rey. Y lo será por muchos años.


martes, 23 de octubre de 2018

De las soledades


     Hay una enorme diferencia entre el comportamiento virtual de hombres y mujeres solos. A pesar de la farsa que se representa, los alardes de la mujer sobre su capacidad para vivir sin un hombre tienen mucho de verdad. Sí quieren encontrar un hombre sin mucho de príncipe ni de caballero pero que tampoco sea despreciablemente vulgar u obsceno. Lo buscan, incluso. La chica que se jacta de no necesitar un hombre para ser feliz es la que lo anhela; la feliz sólo es feliz, no necesita teatros. Algunas se aferran todavía al encuentro cósmico con un hombre fiel: no puede ser que todos los hombres sean iguales. Otras más experimentadas o quizá con hermanos o un padre promiscuo, saben que ese hombre no existe, pero que existe la discreción y el respeto por quien duerme contigo y soporta toda tu mierda; de quien te prepara ese té cura diarreas. Desde una discreta mirada a la despampanante rubia que se les cruza en la plaza hasta la aventura con la caderona compañera del trabajo; tristemente las tentaciones sólo se quitan cediendo a ellas y la fuerza de voluntad sólo se le vende en libros a ignorantes y necesitados. Pero, que ponga cuidado en que no te enteres, se aprecia. Que cuide que su traición no se convierta en cruel chisme ni arma rastrera en el hormonal pleito con la cuñada, se valora. Qué triste es darte cuenta que eras la única que no sabía, que todos murmuraban quién sabe cuántas cosas a tus espaldas; qué jodidamente triste saber que quien dijo amarte ha dado motivo para que los más imaginativos puedan inventar morbosas historias para tener un poquito de atención. Y herirte de paso.
     Tantos años de doctrina machista heredada es difícil de combatir, seguro imposible de extirpar. Su metástasis tiene copados muchos niveles del pensamiento, es dueña de fantasías y prejuicios, fue alimentada devotamente en dosis constantes. Cuántas muñecas como ensayo de la anhelada maternidad se alimentaron y se les llevó a la escuelita, cuántos corazones fueron dibujados en cientos de libretas y libros y cuanta hoja de papel apareciera. Cuántas formas tan distintas de cocinar al alma gemela se han tragado gustosas, saboreadas, paladeadas y eructadas. Cuántas veces te has soñado sin cerrar los ojos en el altar junto al hombre de tu vida, viendo claro como responde sí con lágrimas en los ojos frente a toda tu familia; puedes incluso ver el orgullo y la felicidad en el rostro de tus padres.
     Si hablamos con sinceridad, todas esas mujeres independientes que presumen las virtudes de su soltería y lo realizadas que se sienten en ese supuesto estado de libertad absoluta, sí quisieran una pareja que las acompañara a devolverle una sonrisa a la vida, un hombre al cual amar y que las ame, que las acepte y las mime de vez en cuando. ¿Quién no querría algo así? También con sinceridad hay que decir que sí pueden ser felices solas. Incluso muchas lo son, aunque sea de a ratos, que ya es bastante. Sin un cavernícola encima que se crea su dueño, y el amo y señor de sus decisiones. Como a veces pareciera que casi todos son.
     El ejemplo está en los viejos viudos. En cómo afrontan la vida una mujer y un hombre de más de cincuenta que se han quedado solos de repente. De cuarenta y tantos incluso. A pesar de la consigna del dolor que no se cansa ni se va y que parece acumularse más que el polvo, una mujer sigue su vida, tratando de acostumbrarse a la terrible ausencia del amado, del compañero, del cómplice. No necesitaba a nadie pero tuvo la suerte de vivir con él 20, 30 o 40 años. Y lloraron juntos y se rieron juntos. Y una vida amable le evitó a él tener que afrontar su inutilidad sin su dedicada compañera, sin la que le daba todo a cambio de casi nada, porque así aprendió y porque era su gusto. Será por eso que las mujeres en promedio viven más que los hombres. Para poder ser esa madre nunca prescindible.
     Pero, cuántos viejos quieren reemplazar a esa especial mujer que supo soportar todas sus manías y deficiencias con otra mujer. Lo más pronto posible. Con una mujer joven –mucho más joven que ellos– los más ingenuos. Cuántos pueden apreciar por fin lo inabarcable de su inutilidad sumado a la tristeza por su “vieja”, su “gorda”, su amor; sin la que les daba tanto a cambio de tan poco. Quien les dio hijos y los educó. Qué vale un hombre sin la compañera que la vida le obsequió. ¿Cuántos hombres viudos solos conoces que consideres relativamente felices?
     Recuerdo al vecino de la casa azul casi en la esquina. Tenía su esposa y su amante, una amante ya de bastantes años. Desconozco si la esposa habrá sabido de la doble vida amorosa de su señor. Muere la esposa y tras un pequeñísimo luto llega a vivir con él la antes prohibida mujer. Pero la vida conyugal a esta le duró menos que la obligada congoja a él, y quizá ella ni siquiera haya terminado de desempacar todas sus cosas antes de salir de allí, despavorida. “Que lo aguante su madre” habrá dicho al salir la ilusa mujer. Cómo va a ser igual tenerlo de a ratitos y de buenas que verlo diario y con todas sus caras. Las caras malas se multiplican y las buenas con el tiempo se resisten a salir, y una sonrisa llena de arrugas pierde esa magia que dicen que tiene, una sonrisa fingida queda descubierta tras la inexacta máscara. El hombre que creyó a esa mujer segura incluso dejó de aguantarse los pedos y a molestarse por el mal olor dejado en el baño; toda esa peste sumada al constante tufillo de la diaria convivencia resulta insufrible.


sábado, 20 de octubre de 2018

La novela y Javier Marías


¿Cómo definir a la novela?

Si intentara responder esta pregunta seguramente cantinflearía más de lo acostumbrado, me parece complicado ponerla en palabras exactas, entendibles para cualquiera.

Creo que es, como bien apunta Javier Marías: un género híbrido y flexible de algo no sucedido, que no ha tenido lugar en la realidad; la forma más elaborada de la ficción. Un género tan huidizo como abarcador cuyas mayores virtudes son su flexibilidad y su libertad, mismas que pueden resultar también su talón de Aquiles.

Javier Marías elaboró dos discursos –para mí grandiosos– respecto a este género maestro de la literatura, están como notas finales de sus novelas Mañana en la batalla piensa en mí (1995) y la última edición de Los dominios del lobo (1999) que fuera su primera novela, publicada cuando tenía tan sólo diecinueve años en el 71. El primero es el discurso pronunciado al recibir el Rómulo Gallegos y el segundo una reflexión llamada Contra la costurera y el decorador, escrito tras la nueva edición de la novela.

Marías habla de todas las posibilidades que tiene una novela basado en esa flexibilidad y libertad que tiene a partir de la hibridación, la imaginación y, por supuesto, el talento del escritor. Y si la novela es ese gran género huidizo y abarcador no es posible que sea encasillada con un manual de instrucciones:




Es así que "las más notables y perdurables obras dadas a la historia por ese género poco definible y mal definido siempre, son obras que se han apartado sin vacilaciones de la convención y ortodoxia a que se lo ha querido ceñir a menudo, para así acotarlo, restringirlo, empequeñecerlo y trivializarlo". Porque por alguna razón nos gusta encasillar las cosas y tener etiquetas para todo.

Una novela no sólo cuenta –también dice Marías–, sino que nos permite asistir a una historia o a unos acontecimientos o a un pensamiento, y al asistir comprendemos. Nos comprendemos. Y al empezar a leer, el autor cede su lugar al narrador, quien nos toma de la mano y nos conduce por el inesperado sendero.