domingo, 17 de junio de 2018

Se vale soñar

Cuántos mexicanos pudieron imaginar, soñar, pensar siquiera en la posibilidad de que nuestro equipo de futbol quedara campeón en las Olimpiadas de Londres. Yo, tenía la esperanza, aunque debo decir que una esperanza firme de que podían ganar una medalla, de que nuestro equipo tenía la capacidad de quedar entre los tres mejores equipos, pero no me ilusionaba demasiado con el título.

Los "expertos" analistas, esos que saben lo que tenía que haber hecho un equipo y un entrenador y un jugador, a pesar de que muchos nunca han practicado con relativa seriedad el deporte del que son expertos, no aseguraban siquiera que México pudiera acceder a las semifinales, y claro, daban razones contundentes sobre por qué eso no pasaría. Cómo, si ahí estaban Inglaterra, Brasil,

Con todo y contra todo se llegó a la final, contra Brasil. El Brasil que nunca había quedado campeón olímpico, el Brasil de Neymar, Marcelo, Hulk y algunos nombres más. BRASIL. Pues hasta aquí llegamos creyó casi todo el país. No todo, algunos seguíamos soñando (ahí sí creíamos) y creyendo que le podíamos ganar a los brasileños, igual que les habíamos ganado en Perú el Mundial sub 17. 

Las victorias futbolísticas no siempre dependen del desempeño del equipo. La genialidad o "churro" de algún jugador o el error impensable de otro más pueden determinar el resultado de un partido. Ya ven, si el imbécil de Higuaín hubiera podido definir SOLO frente al portero alemán Argentina se hubiera coronado en la tierra de Pelé, al que seguro le daba diarrea por al menos ocho días.

Se supone que esta es la mejor generación de futbolistas mexicanos, que tenemos el mejor equipo que nunca hemos tenido. Y aquí estamos los soñadores, los apasionados, los ilusos, dirán otros, y los estúpidos que pierden el tiempo con futbol, como piensan otros más.

Todo puede pasar. El deporte es impredecible.


miércoles, 13 de junio de 2018

La pasión futbolera III (OEEEE OEE OEE OEE)


"Jugamos como nunca, perdimos como siempre", se escucha decir a los más viejos y a los más amargados, aunque casi todos son los mismos. Esos que antes de comenzar el partido se la pasan diciendo que el equipo es malo, chafa, mediocre, en pocas palabras, que no saben jugar al futbol. Que si clasificaron al Mundial fue por lo sencillo que es debido al bajísimo nivel del área geográfica que nos corresponde*.

Pero si tienes curiosidad y volteas, o te topas sin buscarlo con su atenta mirada al juego mientras fuiste por más cerveza, esos mismos buitres de pésimo agüero no despegan la mirada del televisor, y podrías decir que están incluso emocionados cuando nuestro equipo se acerca a la portería rival. Algunos no pudieron contener una traviesa lágrima desbordada de alegría que de inmediato camuflaron en otra cosa, cuando Luis García le anotó a los irlandeses o Marcelino Bernal la puso pegada al palo contra Italia en aquel agridulce 94. O en aquel otro golazo entre Ramón y Cuauhtémoc cuatro años más tarde, días antes de que creyéramos que le podíamos ganar a Alemania, una tarde gris cuando tan duro se escuchó aquello de la eterna derrota: Perdimos como siempre.

Alguien de mi edad ya está un poco harto con la cantaleta del anhelado quinto partido. Tengo una discreta sonrisa por la constancia y mediocridad de quedarnos siempre en octavos: se avanza a pesar de lo complicado de algunos grupos pero no se ha podido ir más allá por una u otra razón: los "malditos penales", el exceso de confianza con su celebración anticipada o un puto golazo de Maxi Rodríguez.

Y es que el dolor por la derrota de tu equipo tiene algo de dulzura, de esa de la que paladeas cuando reteniendo las lágrimas gritas que: alzas la copa y brindas por ella en el último brindis de un intento de bohemio y una reina, antes de que los mariachis callen. 

Pero con mis contemporáneos también he sido testigo de la hazaña de los Niños héroes de Perú y del oro olímpico, ambos contra Brasil; de los otros niños héroes de La momia Gómez y su "huevudo" golazo contra otro equipo alemán. 

Hemos visto a nuestro equipo campeón y nadie puede decirnos que perdimos como siempre. Aunque para ellos en su amargada ignorancia no valga nada una medalla olímpica dorada: que le pregunten a Neymar cuánto le vale a él su medalla de plata. 

Y aquí estamos otra vez. Sé que todo puede pasar, que al fin y al cabo es futbol.


*En el pasado Mundial, tres de los cuatro clasificados de Concacaf avanzaron a octavos de final (México, Estados Unidos y Costa Rica que se coló hasta cuartos).


lunes, 11 de junio de 2018

siguiendo en el viaje


Hace algunos meses hacía una analogía entre el viaje de autodescubrimiento de la terapia psicoanalítica y el recorrido en una atravancada montaña rusa. Un viaje impredecible y complicado, en el que a pesar de ir aferrado con ambas manos al asiento de adelante decidí transitar hasta el final. A diferencia del recorrido sobre rieles aquí sí se puede abandonar el trayecto a medio camino, pero qué sentido tendría entonces.

Sí gusto de subirme a esos juegos mecánicos de los que se escuchan tantos gritos mientras se espera en la fila, pero aunque nunca me han obligado a subir, no voy completamente convencido de hacer el recorrido. Siempre hay un poco de miedo que me aconseja que tal vez sería mejor no treparme al popular juego. 

Y mi sentir durante los pocos segundos que dura el viaje sobre los pequeños vagones podría catalogarlo como agridulce: una mezcla entre la adrenalina feliz que me hace disfrutar las vueltas y bajadas a gran velocidad con los indescriptibles gritos estomacales, y la preocupación y temor que me provocan esas mismas piruetas que soportan los vagones. La evidencia está en la fotografía tomada durante el recorrido: mis manos sujetan fuerte el tubo del vagón y mi rostro muestra preocupación y angustia antes que felicidad. Hay un gran contraste con la imagen de los pasajeros de otros vagones.

No había tomado conciencia sobre lo que he escrito en el párrafo anterior, no me pasó por la cabeza cuando se me ocurrió tal analogía, pero así ha sido el introspectivo viaje. Cuando Erik me ha preguntado cómo me siento respecto al proceso terapéutico pienso en una satisfacción difícil de explicar, una satisfacción amarga llena de curvas inesperadas, carente de sonrisas; demasiado parecida a la que he sentido una vez que he descendido de aquella otra montaña rusa.

miércoles, 6 de junio de 2018

el que espera desespera


Dijo Lennon hace ya bastantes años: la vida es eso que te pasa mientras estás ocupado haciendo otros planes; mi amiga Sofia dice que la vida es lo que pasa mientras esperamos. Siendo sincero, quizá por los tiempos que vivimos, le doy más razón a mi amiga gallega que al buen John, aunque esa canción por obvias razones humedece un poco mis pequeños ojos.

La espera, en estos tiempos de calentamiento global y líderes mundiales incompetentes se ha vuelto una especie de tortura para muchos. Nadie quiere esperar por nada.

Las compañías de servicios de internet y de teléfonos móviles promocionan como la mayor ventaja sobre sus competidores la rapidez de sus productos: Para que no esperes, Al instante, Con la máxima velocidad para que navegues (pierdas el tiempo), Con sólo pensarlo, el grandioso teléfono sabrá lo que deseas hacer y en menos de un parpadeo estará listo para satisfacerte, No esperes más...

Y no hablemos de los berrinches y malestares cuando la respuesta al mensaje enviado por el dispositivo móvil tarda más de un minuto (literal) en llegar. Podríamos escribir un libro de historias macabras originadas en la tardía respuesta de un whatsapp o en las punzadas estomacales desencadenadas cuando aparecen las palomitas azules que le dicen a los impacientes que a su interlocutor le importa poco darle respuesta; aunque podría no saber qué decir o estar aterrado ante la rotunda negativa que debe dar.

Los ricachones no quieren esperar paradotes a que les toque subir a la montaña rusa del Six Flags, así que pagan para no hacer fila, aunque terminan haciendo alguna porque hay más ricachones de los que creíamos o porque hay quienes prefieren pagar de más que formarse con la chusma. Pocas cosas hay más decepcionantes que estar próximo a abordar el juego y que llegue un grupito de riquillos a subirse antes que tú, pese a la hora y media que llevas formado.

Bueno, que ve uno a gente a la que consideraba relativamente razonable gritando su berrinche porque luego de ver los 20 capítulos de la serie de moda el fin de semana, deberá esperar un año para poder ver la siguiente temporada y volverse a atascar de historias en alta resolución.

Mientras, yo espero con bastante paciencia la próxima película de Quentin Tarantino.

lunes, 4 de junio de 2018

Pasiones futboleras



Se nos volvió a llegar el Mundial de futbol. Y aunque a la mayoría nos apasiona en distintos niveles hay a quienes incomoda bastante y serán días insoportables. Pero bueno, cada uno con sus filias y sus fobias. Aquí, una especie de repaso de los Mundiales que me ha tocado vivir.

Sólo hay tres selecciones nacionales que se han clasificado a la segunda fase de los campeonatos mundiales de futbol en todos los torneos a partir de 1994 (Estados Unidos 94, Francia 98, Corea-Japón 2002, Alemania 2006, Sudáfrica 2010 y Brasil 2014). Estos tres equipos son: Alemania, Brasil y México (están por orden alfabético, no se vaya a pensar que por jerarquía futbolera). Los tres equipos competirán en Rusia 2018.

La cosa es que a pesar de lo que implica un logro de este tamaño México es el único de estos tres equipos que no ha sido campeón, y tristemente para los descendientes de Cuauhtémoc, nuestro equipo no ha podido avanzar en ninguno de esos torneos del partido de octavos de final (nos eliminaron Bulgaria, Alemania, Estados Unidos, Argentina dos veces seguidas y Holanda). En este país se sigue añorando el dichoso y latoso "quinto partido"; bueno, creo que se añora más que el regreso de Jesucristo.

Para alguien de mi edad o más chico (nací en 1980), que comparta como yo la irracional pasión futbolera, nunca hemos visto a nuestro equipo jugar un partido de cuartos de final (yo recuerdo el contexto del mundial del 86 pero no tengo memoria de algún partido).

Dos datos para frustrarnos más (sí, más):

Francia, Italia y España fueron eliminados en la primera ronda en los mundailes de 2002, 2010 y 2014 respectivamente, siendo la vergüenza de sus aficionados, pero (en este caso el pero vale demasiado) se habían coronado campeones en el torneo anterior. Como campeones reinantes no pudieron avanzar a octavos de final en el campeonato siguiente al de su título. ¡Qué fracaso! Pero fueron campeones, CAMPEONES.

En 2002 Argentina no pudo clasificarse a octavos al no poder sobrevivir al llamado grupo de la muerte, junto a Suecia, Nigeria e Inglaterra. Mientras que nuestra querida selección mexicana quedó primer lugar de ese nefasto grupo en el Mundial del 94, imponiéndose a Italia, Irlanda y Noruega (los cuatro equipos obtuvieron 4 puntos y tuvieron la misma diferencia de goles pero México quedó primero por haber anotado más goles (3)). Pero ser primero de grupo y enfrentar a un tercero no fue suficiente para que el equipo tricolor, que supuestamente tiene mucho corazón, avanzara más allá de los octavos de final; lugar del que no se ha podido mover desde 1986, en suelo propio. Quizá inspirados por La chiquitibum con la bendición de la virgen Lupita.

Un dato adicional (para hacer plática antes de algún partido, jajaja):

Los últimos tres campeones mundiales han contado con que la base de su alineación titular juegue para un mismo equipo. Los tres equipos son europeos como se puede uno imaginar y como se comprueba si tiene uno mínimas nociones de futbol mundial.

En 2006 Italia tenía su base en la Juventus, en 2010 España alineaba a ocho titulares que jugaban cada semana con el Barcelona, en el equipo que mejor he visto jugar al futbol; y para el último campeonato en 2014 Alemania ganó con un buen porcentaje de jugadores del Bayern Munich.

Basados en esta estadística ya no habría mas que campeones europeos en los siguientes mundiales, ya que los mejores jugadores del mundo van a jugar a Europa.

¿Qué pasará en la siguiente Copa del mundo? No sé, pero ojalá pase algo diferente a lo que ha pasado los últimos 24 años.

La Chiquitibum

sábado, 2 de junio de 2018

¿Soy?


He descubierto demasiadas cosas el último año. Demasiadas cosas personales y un montón de cosas sobre la vida, que con algo de vergüenza me he dado cuenta de lo ignorante que era a pesar de creer lo contrario. Pero supongo a muchos nos pasa.

Dentro de esta búsqueda interior me he topado con algunas ideas y frases que me han sorprendido a la vez que me hacen regresar la vista a esa vergüenza. Ideas que me hacen sonreír por dentro, como esa de: Lo que niegas te somete, lo que aceptas te transforma.

Pero hay una a la que me he aferrado con convicción las últimas semanas. En la que veo también lo lejos que todavía estoy en este camino: Somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros.

Me deja pensando si entonces, en este momento no soy, o mejor dicho, soy lo que no soy; ¿soy ahora el barro de lo que podría o debería ser? Todavía no soy eso que quisiera ser, así que, ¿quién soy entonces ahora?


Me imagino esos locales comerciales que ante las actuales ruinas cuelgan una lona en un costado que avisa que está cerrado por reparaciones, y que esperan que una vez reabierto el lugar puedas ir a ver lo bien que todo ha quedado. Aunque quizá no es una precisa analogía.

martes, 29 de mayo de 2018

ciertas necesidades

Le leía hace algún tiempo a una colega bloguera, que ella, a sus escasos treinta años, no consideraba la posibilidad de cambiar de pareja. Que el hecho de estar con alguien a quien se ha aprendido a querer, a convivir con sus manías y ataques de rabia, con sus chistes bobos o sus bromas macabras; ese alguien a quien has aprendido a querer y que sabes, o sientes, que también te quiere; era más que suficiente. No había más que anhelar de una pareja.

Aunque confesaba, que un asunto que tenía demasiado peso en su convicción de seguir junto al mismo hombre era la pereza inmensa de tener que empezar a conocer a alguien más desde cero. Ese tener que regresar a las citas y el cortejo, a ponerse alguna que otra máscara para intentar agradar, a la posibilidad de sentirse juzgada por su manera de pensar, de vestir, de expresarse, y de no sé cuántas otras cosas más.

Creo que pocas cosas hay más bonitas que ver a la persona que toma tu mano para caminar y sentir una inmensa felicidad al pensar envejecer con ella. Y sentirte afortunado: "cuánto me debía el destino que contigo me pagó".

Hasta aquí todo bien. Si tienes la suerte de ser feliz con alguien que es feliz contigo estás del otro lado. Pero parece que la necesidad de meter ruidos innecesarios a la cabeza y preparar un boicot sin conocer su magnitud no descansa. Y entonces, puedes ponerte a pensar si podrás perdonar a esa persona a la que dices amar tanto. Porque la rutina cansa y el amor se acostumbra, y dicen los simplistas que la carne es débil, y quizá las tentaciones también se multipliquen con el paso de los años.

Y entonces, te asusta saber que tienes la imperiosa necesidad de perdonar si quieres tratar de seguir siendo feliz con esta especial persona. Pero perdonar perdonar, sin memorias lastrosas.