jueves, 14 de diciembre de 2017

Ser anticuado


Que soy un anticuado, sí, lo soy. Que tengo gustos de anciano. No creo. Sería más preciso decir que no me dejo deslumbrar por modas y tendencias. No dejaré de escuchar a José José así hagan cientos de covers u homenajes y le pongan “arreglos” modernos o vanguardistas a canciones que son clásicos, y que como clásicos no necesitan que nadie les meta mano; mucho menos un artistilla pedorro de moda.

Y sigo prefiriendo pasar horas jugando un juego de mesa que pasarlas con el teléfono en las manos viendo mierda o jugando en el aparato. Lo malo es que los demás si le han tomado demasiado amor a sus teléfonos y aunque sí quieren jugar (Scrabble, Risk, Clue, Damas chinas o algo más) se niegan a dejar el puto celular mientras jugamos. Y bueno, al menos juegan, aunque haya que avisarles cada que les toca tirar los dados o pensar un poquito en la posibilidad de una palabra.

No sé cuántas invitaciones de Candy crush tengo que no he respondido porque no me interesa jugar esa mierda que dicen es tan adictiva. Y siempre será mejor traer un libro en el bolsillo trasero del pantalón para los minutos de espera. Nada nunca podrá superar las ventajas de un buen libro.

Pero bueno, ya tengo Facebook. Y aunque creo que tiene ocho cosas malas por dos buenas, se puede ignorar lo que no te agrada y disfrutar de esas dos que hacen que valga la pena pasar los ojos por cosas que no te crees. Que puedas encontrar a alguien de hace muchos años y que le lleguen tus letras y tus histerias es lindo, más cuando te lo hacen saber. La vanidad por delante. Y también llega a haber un meme realmente gracioso que te hace reír sonoramente, y eso también se agradece.

Muchos dicen que tengo alma de viejo, o serán sólo los gustos. No sé, estoy bien así. O sólo soy un amargado, como decía Tamara. Un hombre gruñón que se la pasa quejándose de las cosas que han cambiado y que no me parecen. Pero de algo hay que quejarse, ¿no?


lunes, 11 de diciembre de 2017

¡¿bien hecho?!



Nos dice Damien Chazelle, a través de Terence Fletcher, el gran personaje que escribió para su grandiosa Whiplash, que: no existen dos palabras más dañinas para alguien que “bien hecho”, y explica su argumento de manera que no nos quedan dudas, y sorprendidos le damos la razón. La sorpresa viene del hecho de no haber pensado sobre ello nunca en la vida.

Esta postura tan realista choca totalmente con la filosofía charlatana de las conspiraciones universales y el pensamiento positivo, de lo especial y maravilloso que es cada ser humano, que está tan en boga en estos días.

¿Cómo podría mejorar quien cree o le hacen creer que lo que ha hecho está “bien hecho”? ¿Cómo no sentirse casi genio siendo un mediocre? Y a veces mediocre es decir demasiado.

Es que el hombre tiene razón.

Pero cuando tienes un hijo, te hace mucho más ruido la contundente frase, porque cómo podrías no decirle a tu hijo que es maravilloso o que eso que ha hecho con su esfuerzo no es algo bueno o que no está bien hecho. Serías un titulado hijodeputa si le dices que lo que hizo es feo y está mal.

La cosa es que tratas de apoyarlo y de hacerlo sentir bien, deseas con toda tu alma que su autoestima se construya y se fortalezca, porque además sabes (en mi caso) que el pobre niño ha salido igual a ti y eres perfectamente consciente de lo inseguro y temeroso que eres.

Es cierto que la sentencia del señor Fletcher/Chazelle me dejó pensando. Cuánta razón tiene. Pero creo que el tiempo de prescindir de todas las variantes del “bien hecho” todavía no me llega con Gil.

Mientras, espero seguir apoyándome en la filosofía de mi querido Kung fu Panda: No hay un ingrediente secreto. Lo necesario ya viene dentro.

martes, 5 de diciembre de 2017

el visitante



Mi madre siempre nos habló pestes de los gatos. Creo que llegó un momento en que en verdad los consideré emisarios de Satanás, seres malignos con infames intenciones. Lógicamente, enemigos de los perros, tan buenos amigos nuestros.

Mañana hará dos semanas en que vi por primera vez a ese gato pardo asomado por la ventana mientras escribía. Voltee por la necesidad que se siente de mirar quién te está clavando la mirada en la nuca, aunque pocas veces se sabe que es por eso. Me sorprendió ver un gato. Un gato que me miraba con curiosidad científica, su mirada imperturbable. Me quedé mirándolo unos segundos. No le tomé importancia y regresé a teclear esas palabras que me estaba costando tanto trabajo acomodar. Unos minutos después viré la cabeza otra vez para ver si el visitante permanecía en su sitio, ya se había ido.

Seguí peleándome con las palabras y los enunciados. A veces la batalla dura mucho más de lo que quisiera, y no sirve de nada distraerme un poco con una revista o redes sociales, al volver al procesador sigue el amontonamiento en mi cabeza. Pero mientras lidiaba con los vocablos volteaba cada determinado tiempo para ver si el felino visitante había regresado. Fui consciente de hacerlo la tercera vez que giré mi cuello sin encontrarlo.

Tres días después estaba sentado frente a la computadora nuevamente. Ahora las palabras fluían con relativa facilidad, sólo me demoraban mi dislexia y mi obsesión, que me hace regresar sobre el párrafo hasta cambiar el orden de las letras mal puestas. La mirada del minino estaba puesta otra vez sobre mi cuerpo sentado, me estaba mirando cuando voltee a verlo tras sentir que debía hacerlo. Nuestros ojos coincidieron un rato hasta que decidí seguir, no fuera a ser que las celosas palabras vieran con malos ojos mi atención en otra cosa.

Pero esta vez el pequeño animal decidió quedarse más tiempo ahí junto a la ventana, acompañándome. Las tres veces que volví a girar la cabeza hacia donde reposaba lo encontré haciendo lo mismo. Creo que le sonreía cuando nuestros ojos volvían a coincidir.

Debe ser una sugestión mía, nuestras mentes son tan débiles y fácilmente confundibles, pero hace dos días que no aparece el maldito gato y no he podido escribir. Por más que trato de darle vuelta al asunto e intentar concentrarme, no puedo hacerlo. Volteo y volteo cada cinco minutos hacia la ventana sin encontrar a quien había bautizado como Buk, en honor a mi admirado Hank.

Pero no aparece Buk, ni tampoco un párrafo decente en mi página virtual. Y eso que compré una lata de Whiskas y se la serví en un platito. Tampoco mi madre me ha venido a visitar.

domingo, 3 de diciembre de 2017

Canicas en el parque



Hace algunos domingos, estando solos Gil y yo, disponíamos de poco más de una hora para que tuviera que llevarlo a casa de su madre. Nos encontrábamos sin tener qué hacer ya que nuestros lupillos estaban ausentes. Tampoco había nadie en casa de mi tía Chave. Tras pensarlo un rato, decidí que fuéramos al parque que está atrás de casa de mi tía con las canicas que había comprado con anterioridad. Recordé que las traía en el coche.

Resultó ser una gran idea. Pasamos un rato muy divertido jugando a las canicas, sólo los dos, como tantas otras veces jugué a eso con mi hermano.

En el lugar donde jugábamos hay un módulo de juegos que instaló el gobierno local hace algunos años en todos los parques de la ciudad. Tiene resbaladilla, columpios y una cuerda cuadriculada para subir a la parte superior, desde donde se tira uno por la resbaladilla. Tras varios juegos de canicas ideamos otros más usando el módulo de juegos que estaba junto a nosotros.

Nos divertimos más cuando aventábamos las canicas por la resbaladilla desde abajo, las lanzábamos a la parte superior y éstas al bajar  danzaban sobre la superficie cilíndrica del juego haciendo diversas piruetas. Debajo dibujamos varios círculos en la tierra esperando que las canicas cayeran dentro de alguno de ellos. Cada círculo tenía un valor distinto.

El cielo de la fotografía es de ese afortunado día. De esa feliz tarde. En que con sólo unas cuantas canicas pasamos un momento muy feliz, juntos.


jueves, 30 de noviembre de 2017

Abusos II


He dicho en el texto anterior que el abuso de poder/sexual es una cuestión de naturaleza humana, no de naturaleza de los varones. O sea que estoy también diciendo que las mujeres no se libran de tener la despreciable conducta. Sólo que, siendo los hombres los seres sexuales que somos, hay muy pero muy pocos hombres que se quejarían de ser acosados sexualmente por una mujer; porque dicen por aquí: a quién le dan pan que llore. Y el porcentaje de mujeres abusadoras debe ser mucho menor que el de hombres.

La cosa es que casi todos nosotros estaríamos de acuerdo con la premisa. Y en caso de saber de algún colega que se quejara o denunciara el hecho todos pensaríamos que se trata de un pendejo: ¡pero cómo puede quejarse de eso! 

Recuerdo que unas compañeras maestras no entendían la posición que teníamos algunos hombres al saber que había una maestra que elegía a algún alumno para tener sexo con él. El chico estaba feliz y supongo que sus compañeros inflamados de envidia: ojalá hubiera sido yo el elegido, pensarían. Qué suerte tuvo. 

Pero también, el conocimiento de esta situación hace que algunas mujeres abusen de la condición de supuestamente débiles por cuestion de su sexo. Creo que todos estamos conscientes del poder que tiene un adecuado pestañeo; o como diría mi tía: jalan más un par de pelos que un par de bueyes.

Cuando una mujer te manosea, te da una nalgada por ejemplo, es motivo de risas, de burlas y si te llegas a quejar eres un maricón. Hablo de un manoseo público, frente a otros. Creo que todos sabemos lo que pasaría si un hombre decide hacer la misma broma que su compañera. Ella es graciosa, él un depravado.


lunes, 27 de noviembre de 2017

Abusos


Escribía hace ya más de tres años que todos los hombres tenemos un cerdo dentro –aunque tomando en cuenta la opinión de Woody Allen que dice que el sexo sólo está bien hecho cuando es sucio, debe servirnos recurrir al cerdo interno–. Qué podemos hacer, diosito en su inmensa sabiduría así nos hizo. A su imagen y semejanza decía el padre de la iglesia. Y entonces uno se explica muchas cosas. 

Blasfemias aparte, tenemos un instinto que dicen, nos hace pensar en sexo cientos o miles de veces al día –pero hasta en eso hay diferencias–, que nos hace voltear a admirar un magnífico cuerpo a pesar de ir acompañados o que miremos abstraídos un llamativo escote como si del Santo grial se tratara*. Aunque cualquier mujer podrá corroborar que no todas las miradas son iguales.

Así somos, lujuriosos de cuna. Pero el problema es que los medios (de todo tipo) de esta sociedad no han hecho otra cosa que alimentar al cerdo desde que era pequeño (tenemos tetas y culos por todos lados y a todas horas), y el cerdo se ha puesto enorme y está nutrido.

Alguien ha dicho que la segunda droga más adictiva que existe es la heroína, porque la primera es el poder. Ejemplos hay por todos lados. El poder cambia hasta a los más castos y atolondrados. 

Y, si todos tenemos el gen del cerdo dentro, pero no el sentido común para disimularlo a niveles en que podamos convivir con el sexo opuesto sin resultar una severa molestia –de miradas furtivas y contemplaciones mínimas–, imagínense un cerdo, bien cerdo, con poder. 

Pues... ahí están todos esos abusadores sexuales de los que apenas se conoce a unos cuantos, que creo no representan ni al 10% de los nombres públicos. Los poderosos cerdos que creen que pueden meter las manos y más donde se les antoje. 

Ahí está el botón de muestra de nuestra naturaleza despreciable. El abuso del débil, el abuso de poder. El del rico y poderoso que se cree con el derecho de hacer lo que sea porque cree también que puede comprar lo que sea. Y muchísimas veces sí puede. Compra silencio y compra justicia.


*"Cómo puede ser que me esté fijando en el busto y los muslos de Luisa Tellez", pensé. Sé que es normal en mí y en muchos otros hombres en cualquier circunstancia, aunque sea la más triste o más trágica, no podemos evitar el aprecio visual mas que violentándonos mucho, pero me hizo sentirme como un miserable –en el habla de la adolescencia un guarro– y aun así volví a medirle ese busto con la mirada, fue un instante o dos, y disimuladamente, con ojos tan velados e hipócritas que a continuación los bajé hasta mi plato y comí un bocado...

Mañana en la batalla piensa en mí. Javier Marías.

viernes, 24 de noviembre de 2017

Hacerla reír


Alguna vez, hace ya más de veinte años, en una revista de pasatiempos y fotografías de chicas con poca ropa, sobre la foto de una bella chica con expresión de inocencia, se leía la frase: Toda mujer prefiere que se le divierta a que se le ame. Y en ese momento, en esos tiempos de inexperiencia vital, podía vislumbrar que amar a una mujer y no tener la capacidad de poder hacerla reír era una cualidad bastante inútil, aunque todavía no sabía la enorme diferencia que existe entre amar y ser amado: la dicha máxima contra el sólo dejarse querer; que a la larga cansa, sobretodo si no ríes con esa persona.

Ahora, que me topo con esta frase que ha posteado una muy querida amiga, pienso en el papel fundamental que tiene la risa ajena en el proceso o el deseo de seducción. 

Desde que uno está en el jardín de niños y ha fijado sus ojos en la niña preciosa que tiene por compañerita, el afán que persigues es el de hacer brotar risas de su boca y que su expresión se vuelva una sonrisa casi permanente si está en nuestra compañía. Queremos hacerla reír. Queremos que piense en lo graciosos/ocurrentes/divertidos que somos, para que en caso de que le llegue a pasar por la cabeza la idea de estar con nosotros como pareja, crea de entrada, que no es mala idea, que se divertirá.

Creo ahora que nuestro objetivo principal no es hacerla reír ni divertirla, es parecer graciosos e inteligentes. Creo que nuestra vanidad está por encima de la situación. 

Aunque finalmente va junto con pegado. Queremos que pase un buen y entretenido rato al lado nuestro y que se dé cuenta de lo graciosos e inteligentes que somos.