sábado, 14 de septiembre de 2019

dos raros

Creo que somos dos raros
dos raras afinidades
y aunque no esperaba nada
me apareciste delante.

Fue sencillo enamorarnos
tras compartir nuestras tardes
andábamos tan despacio
con las manos anhelantes.

El raro y la rara juntos
caminando como iguales
compartiendo cicatrices
contándonos los lunares
comiendo sin restricciones
cómplices de nuestros males
con buenas dosis de risas
y entre besos insaciables.

Sólo dos raros comunes
entre mil casualidades.



martes, 10 de septiembre de 2019

del arte

Creo que el gran asunto sobre el "ser artista" está en la constante evolución. En ese no quedarse sentado sobre la fórmula que ha pegado y con la que se consiguen los halagos de la masa tanto como del dinero, o sólo de la familia y los amigos, la propia satisfacción.

Es ese asunto sobre el que tanto pensé luego de ver aquella genial Noviembre de Achero Mañas ¿Cómo hacer para no quedarse haciendo lo mismo enterrando así el espíritu del arte? ¿Cómo escapar de esa sí tramposa zona de confort? Y si se llegó a un punto extraordinario, ¿hacia dónde más moverse, evolucionar?, ¿qué más hacer?

Creo que son demasiado pocos creadores (músicos, pintores, cineastas, escritores, etc.) los que buscan, buscan y siguen buscando. Que no se conforman con hacer algo satisfactorio en cualquier circunstancia.



lunes, 2 de septiembre de 2019

del vilipendiado Arjona

Me gustó la música de Arjona desde la primera vez que la escuché, creo que por 1992, cuando estaba por terminar mi educación primaria. El primer sencillo de ese primer disco fue Mujeres, aquella canción que gustó tanto y que a tantos años de distancia a muchísimas mujeres sigue emocionando. Recuerdo que fue un suceso y que se convirtió en un cantautor del agrado de la opinión pública.

No sé si sería yo un niño demasiado inocente o bastante ignorante pero había algunas frases de sus canciones que no comprendía, y que entendí años después, esbozando una sonrisa cómplice que por fin entendía el sentido exacto de esas sentencias. Sobre todo con su segundo disco.

Arjona se hizo de fans, de entusiastas que adquirimos sus discos y asistimos a sus conciertos y que aprendimos sus canciones. Era como cualquier otro artista, a muchos les gustaba y a muchos otros no.

Luego algo pasó. Casi veinte años después la música del guatemalteco fue cubierta por un hediondo manto por las redes sociales y su borrega voracidad, con ese deseo por ser parte de lo que la manada cree y afirma sin oídos para la reflexión. La manada no admite reflexión.

La lógica millenial implica que debería dejarme de gustar la música de Arjona porque ha caído de la gracia del status quo facebukero. Hay gente que se ha sorprendido tanto de mi supuesta confesión por el gusto de esas canciones como si de algún placer coprofílico se tratara.

He visto en el muro de facebook de alguna chica con aspiraciones hipsters citar fragmentos de una canción de Arjona, y la apurada llamada de atención de otra acomedida amiga que le hace notar que esos (ramplones, estúpidos, en extremo cursis, ¿algo más?) versos son del apestado Arjona. Sí, pero debo aceptar que esa canción me encanta, responde la extrovertida mujer, para luego señalar: pero esa es su única buena canción. ¿Lo será? Ha dicho eso de al menos tres canciones.

¿En serio tú te estás burlando de Ricardo Arjona? he pensado más de una docena de veces. ¿Tú? Pero bueno, es bastante complicado querer cambiar las modas pendejas del internet, muchísimo más cuando divierten a los imbéciles. Además, todo mundo quiere participar  de la broma y sentirse superior de alguna manera. Qué le hacemos.

La ignorancia es tal que hay quienes se piensan que Arjona inventó el oxímoron. Pienso que a veces abusa de él, pero bueno, ese es su estilo. Y en todo caso se copia a sí mismo, no a alguien más, como demasiadas personas en el mundo, no hablemos sólo de músicos.



viernes, 30 de agosto de 2019

El problema

Recuerdo muy nítidamente la primera vez que escuché "El problema" de Ricardo Arjona. No recuerdo el día ni el mes pero sí el momento preciso, si es que esto que escribo tiene lógica para alguien más. Venía de regreso de una reunión con mis amigos, una reunión bastante sobria (jaja) en ambos sentidos de la palabra. Creo que me tomé únicamente cinco cervezas antes de volver a la casa.

Y fue precisamente durante el trayecto de vuelta que en el radio sonó una melodía que jamás había escuchado, y segundos después, esa voz que tan bien conozco y conocía. 

Y parecía que Ricardo sabía perfectamente cómo traía yo el alma en esos livianos días. Y entonces esos primeros versos me resultaron tan significativos y al mismo tiempo cargados de ese dolor dulce de la añoranza amorosa: el problema no fue hallarte, el problema es olvidarte; el problema no es tu ausencia, el problema es que te espero; el problema no es problema, el problema es que me duele...

Luego el estribillo pierde fuerza aunque tiene sus cosas punzantes. Luego compré el disco y es uno que me encanta escuchar; hay muchísimo extrañar en esas canciones. 

La canción no es de mis predilectas del para mí admirado guatemalteco, pero recuerdo muy bien ese momento donde parecía entenderme tan bien, como si pudiera ver a través de mí y cantarme algo que tanto me significaba.



miércoles, 28 de agosto de 2019

Romance inútil a la muerte



La muerte llega otra vez,
-no debiera ser sorpresa-,
de hecho nunca está lejos
pero llega y nos aterra;
cual si fuera el mismo diablo
el que saluda sin pena.

Llega siempre tan pausada
impasible, tan serena;
no tiene prisa, sí calma,
el tiempo juega con ella.

La divierten nuestros gritos
se regodea en las quejas,
y aunque sonriendo se mofa
de nuestra infantil rabieta,
tantas veces se pregunta
el origen de esta treta
en que se descalifica
la razón de su existencia.

Si ella es la única justa
la que nunca se vendiera,
la implacable, la imparcial,
nuestra insobornable jueza;
la que no entiende reproches
ni llantos que chantajean.
Pues la muerte es el contrato
lo único que nos queda,
y que a todos nos hermana,
lo que seguro nos llega.

También lo que desde niños
en sueños nos atormenta.
Y por eso nuestros miedos
y por eso tanta pena,
el desastre que aparece
cuando menos se la espera;
la incongruencia de pensar
que la vida será eterna.



viernes, 23 de agosto de 2019

de la entrañable Buba

Estaba revolviendo mis papeles viejos, sobre todo mis dibujos y caricaturas que he guardado –que creo que no son todos, habré perdido bastantes–, los dibujos y comics que me gustaban y que también conservo, y entre todos esos papeles almacenados encontré una fotocopia de un comic de Buba con la que seguramente decoré aquel periódico mural. 

La verdad es que de estos versos no me acordaba (un romance), no están en mi recuerdo, como sí algunos otros de José Martínez Quintero. Fue bueno releerlos; ver el romance que me daba la mano.

Me quedé pensando que quizá uno de los causantes de que me guste tanto el verso rimado es precisamente Martínez Quintero, a quien pude conocer hace ya bastantes años. En su obra están juntos poesía y dibujo, filosofía e ironía, y un muy oscuro y delicioso sentido del humor.

Esta es la obra en cuestión:


Pongamos que soy un perro,
¿a qué cuerpo astral le aullo?
Pongamos que soy un gato,
¿a qué gata le maullo?
Si vivo de mi intelecto,
¿por cuánto me prostituyo?
Pongamos que soy el diablo,
¿en mi cuarto o en el tuyo?

Pongamos que estoy muy triste,
¿para qué diablos me agüito?
Pongamos que soy Carl Sagan,
¿cómo explico el infinito?
Pongamos que soy creyente,
¿a qué pruebas me remito?
Pongamos que soy tu amante,
¿me quieres mucho o poquito?

Pongamos que soy Titino,
¿quién es el dios que me mueve?
Pongamos que soy un indio,
¿qué tal si danzo y no llueve?
Pongamos que soy la luna,
¿cuán frágil soy y cuán breve?
Pongamos que mi alma ha muerto,
y sin embargo... ¿se mueve?

Pongamos que soy priista,
¿no quieres pan con lo mismo?
Pongamos que estoy drogado,
¿cuánto dura el espejismo?
Pongamos que soy de izquierda,
¿quién me aplica un exorcismo?
Pongamos que no soy nadie,
pongamos que soy yo mismo.


La cosa es que busqué el material en internet esperando hubiera una imagen nítida en algún lugar; esperando también encontrar los versos para no transcribirlos (qué flojo). 

Sólo encontré dos blogs plagiando los versos, cuyas dueñas ni siquiera tuvieron la delicadeza (¿decencia?) de copiar correctamente las palabras de la obra de Quintero. Que sin pensarlo demasiado, no es novedad en estos tiempos del internet.

sábado, 17 de agosto de 2019

Todos los días son nuestros



El tiempo y el desgaste. Los esfuerzos fallidos por encontrarnos pensando lo mismo. Las ganas de ser lo que no éramos para volvernos el ideal del otro. Al principio –cuando el puro amor– decíamos que habíamos tenido suerte de conocernos tan chicos porque nos conocíamos de verdad, nos sabíamos las mañas de antes de que tuviéramos el vicio de fingirnos para quedar bien. Pero no es cierto, porque al mismo tiempo éramos tan niños que no habíamos terminado de formarnos. Nos hicimos del roce con el otro. Hoy me veo y no sé qué de mí es mío y qué es de él.*

¿Cuánto cedemos para complacer al otro? ¿Cuánto de nosotros mutamos o al menos disfrazamos lo más convincentemente posible para ser del completo agrado de nuestro significant other*? ¿Cuánto estamos dispuestos a perder en ese afán de perro faldero?

Difícil responder. Complicado saber a ciencia cierta qué tanto de nuestro comportamiento está obedeciendo esa manía de que la otra persona nos vea como su ideal y no desee jamás estar sin nosotros. 

Y a veces necesitas alejarte demasiado (un divorcio de distancia) para poder ver todo lo que de ti estabas sometiendo en pos de ese afán estúpido, de ese hábito abrazado como al peluche de la infancia. Dice aquella triste canción (triste por real): yo que te di todos mis sueños, y para mí nada soñé. Yo que creí tenerlo todo... Y cada uno habla como le va en la feria pero no todos pueden mirarse sin parpadear frente al espejo.


*De Todos los días son nuestros de Catalina Aguilar Mastretta.

*Ya he dicho alguna vez cómo me gusta esta expresión anglosajona.