miércoles, 24 de mayo de 2017

de seducciones II



Había hecho todos los alardes que a los de mi género corresponden. Emplee todas las actitudes, pero mucho más la palabras. Es tan cierto que un buen verbo mata muchas cosas, aunque no todas. Le había dicho que iba a conocer lo que era hacer el amor al estar junto a mí, conmigo, al permitirme hacerle el amor, o el sexo, que dicen los románticos que sólo se le hace el amor a quien se ama. Eso es lo de menos, decir que se hace el amor hace que el acto suene menos vulgar.

La seduje o se dejó seducir. Quizá dejó que me creyera el cuento de que había sido responsabilidad exclusivamente mía el que nos fuéramos a la cama a gozar. Quizá pensó que así estaría yo envalentonado ante mis cualidades de macho don juan conquistador, que el creerme el todasmías repercutiría en mi desempeño sexual y me convertiría en un amante que superara el sobresaliente. Que brotara en mí algo más allá del sexo casual alentado por el motor del gran seductor que logró su objetivo.

Desconozco su experiencia sexual pero creo que para su edad debe saber cómo somos los hombres. Somos dedicados y caballerosos mientras buscamos la recompensa acunada entre sus piernas, mientras no tenemos la certeza de que nos obsequiará un intercambio de caricias y un orgasmo compartido. Luego, cuando ya está en nuestros brazos y las prendas han caído, sólo importa nuestro goce. Y tanto porno nos ha hecho pensar que las mujeres se vuelven locas con nuestras fantásticas penetraciones e implacable lujuria. Nos engañaron a ambos.

Y así, tras menos de cinco minutos de inconstantes embestidas la función acaba. La eyaculación llega con el fin del deseo, que ya fue satisfecho, que hasta ahí llegó. Por algo será que la estadística dice que hay millones de mujeres que no conocen un orgasmo.

Si ella no lo conocía, ha quedado igual. ¿Habría esperado algo más?



lunes, 22 de mayo de 2017

de seducciones I



Cómo saber quién de estos individuos es un buen amante, nada extraordinario, sólo alguien que provea un poco de placer profano en una solitaria relación sexual.

Un amigo me dijo que las mujeres feas o gordas eran mejores en la cama. Que la poca actividad sexual que tenían hacía que al momento de encontrarla, trataran de que la experiencia fuera lo más placentera posible, o que el hecho de saberse poco atractivas las volvía más acomedidas y entusiastas que una guapa o buenota que se creía merecedora de todo y no se esforzaba en lo absoluto. “Ya que tienes la suerte de tenerme esfuérzate papacito”.

De entrada consideré su comentario un cliché malhecho, elaborado quizá con otros amigos en una borrachera donde todos narraban sus prodigios sexuales, seguramente casi todos falsos. Hablando de las tetas de fulana y el culo de sutana y de cómo aquella gorda había resultado tan extraordinariamente buena a la hora de coger o haciendo sexo oral. No creo que entre ellos se cuestionen, seguro que entre todos se aplauden las mentiras y se alientan a armar otras, por más inverosímiles que lleguen a ser. Por otro lado, quién les dijo que las feas cogen menos.

La verdad no sé con cuántas mujeres se ha acostado mi amigo, ni si tiene manera de poder hablar de esa teoría sobre el desempeño sexual de una mujer, o cuánto de verdad hay en sus palabras.

Pero ahora, no sé si yo podría aplicar el mismo criterio con los hombres. Que los más atractivos sean malos amantes y que la fealdad de algunos los vuelva prodigiosos compañeros bajo las sábanas. ¿De qué tamaño tendrán sus penes? Me dijo una amiga que uno muy grande es doloroso, pero en todo caso dicen que el mayor placer no te lo puede dar su pene sino su lengua.

Este que se acercó no se ve mal. Tampoco parece un imbécil. Veremos qué pasa.

viernes, 19 de mayo de 2017

Más inadaptados



La sensibilidad, la paciencia, la puntualidad incluso, son cualidades poco valoradas, con nulo valor las más de las veces. Tanto que nombrarlas cualidades resulta un disparate. Características, de personas poco productivas, en todo caso; como esa capacidad de abstraerse con lo que pareciera la nada como si de un paisaje maravilloso se tratara.

Un botoncito: esa persona puntual debe esperar, esperar y seguir esperando a los demás, que son la inmensa mayoría. A veces ha llegado incluso cinco o diez minutos antes de la hora acordada y debe entonces esperar más todavía. Porque diez minutos después de la hora señalada, dice el expositor de la conferencia o el organizador del evento o el coordinador del viaje en autobús: Vamos a esperar un poco más a que lleguen los demás.

Y entonces, vamos a darles motivos para que sigan llegando a todos lados tarde, vamos a consentir su grosería. Para qué cambiar si siempre los esperan. Y en caso de que el sentido común se apareciera y decidiéramos dejar a ese que hace quince minutos dijo ya estar por llegar, resultaría que los groseros, culeros y todo lo demás, seríamos nosotros. Pero esto jamás pasa, “como vamos a dejarlos, hay que esperar tantito, qué nos cuesta”.

¿De qué sirven esas particularidades? al menos en este país olvidado de dios.


miércoles, 17 de mayo de 2017

Apuntes sobre el escribir III



Estas letras salen de una reflexión de Gavrí Akhenazi sobre el estado actual de la gente que escribe, a propósito de un texto sobre dos jóvenes escritores (Jorge Ángel Aussel y Simón Virdaén). Más allá del elogio del veterano escritor está anidada la crítica al momento que viven las letras y la literatura, un momento en el que cualquiera que tenga los medios para hacerlo puede publicar un libro, el único requisito es la plata.

Escribir no es sólo juntar palabras. No es sólo escribir lo que uno siente, lo que se desborda del alma, lo que necesita salir. No es sólo escribir lo que se quiere de la forma en que se puede, porque es así, escribimos como podemos, con los pocos o muchos recursos que tenemos. Y más allá de la poca habilidad para "juntar palabras" éstas deberían estar al menos correctamente escritas, con los acentos bien puestos y las comas donde hacen falta.

En lo que respecta al estilo, creo que se tiene o no. A veces ahí está y sólo hay que rascar un poco para descubrirlo, con esa práctica que hace maestros o los acerca a lo que desearían llegar a ser. Si no está, si no se tiene, no veo de dónde pueda sacarse. Esas cosas no se compran.

Aquí las palabras de mi amigo:

“aunque todo mediocre usa la muletilla de “solo escribo sentimientos”, para que los sentimientos realmente lleguen al lector potencial en toda su magnitud, hay que saber cómo se escriben. Hay que tener una forma personal, diferenciable, única, para escribirlos.

Estamos en el centenario de Juan Rulfo, alguien que superó por lejos con su obra el momento literario en que la escribió. Salió de los moldes, fue un creador esencial, materia pura de talento y fuerza narradora.

Eso es un escritor. Cualquiera sea el estilo que un escritor elija para expresarse, es un tipo al que no alcanza la estadística, se halla fuera de la media y no queda atrapado en el desvío estándar. 

Juntar palabras no es escribir. 

Juntar palabras que ya escribieron otros, no es escribir. Hay que saber juntarlas de otra forma y trabajar en lo diferenciable, porque lo que hace bueno a un escritor es diferenciarse (más allá de la cantidad de promiscuidad que han insertado las editoriales en el seno mismo de la creación literaria).

Todavía nacen de esos, de los de raza, en este mundo tecnológico e individualista que destruye los idiomas y mete todo en la bolsa de los gatos pardos. 

Estos dos muchachos son el ejemplo de que pese a internet, siguen naciendo escritores y que la literatura no es aún un arte menor, condenado a la desaparición bajo el peso de los emojis.”


lunes, 15 de mayo de 2017

de algún inadaptado



Amélie compra sus vegetales con el tendero de la esquina. Un hombre común, tan común como cualquier otro hombre que se ha dejado envolver por el ajetreo cotidiano, mesieur Collignon. Con él labora un chico disperso, distraído, que se puede quedar horas contemplando las caprichosas formas de un vegetal cualquiera, hasta que el grito de su patrón lo saque de su ensimismamiento vegetal y trate de ponerlo en ese ajetreo junto a todos los demás. De poco sirven todos los esfuerzos, burlas y malos tratos del mister Collignon, Lucien, que así se llama el chico, no cambiará. En su naturaleza habita ese comportamiento tan poco servible en este mundo apresurado. Será sólo el imbécil, el imbécil que sólo sabe perder el tiempo.

¿Y quién podría pensar que ser como Lucien es una cualidad? ¿Qué iluso lo pensaría un ser especial? Sólo aquel eufemista que adjetiva de esta manera los retrasos mentales. Lucien no está hecho para convivir en este mundo. Tampoco es especial.

Lucien “vive en la luna”, como algunos otros que compartimos el gusto por la nada, y nos quedamos mirando a ninguna parte entre bocado y bocado con cientos de ideas haciendo fila para ocupar nuestro ahora, mientras cenamos. Y al menos en la cena ya no hay prisa, que hacer eso durante el desayuno es impensable y estúpido. Time is money.

Amélie comprende a Lucien. Es empática con él. Pero sólo alguien que se ha propuesto utilizar su tiempo para dar una alegría a los demás podría solidarizarse con ese hombre que sólo sabe perder el tiempo.

viernes, 12 de mayo de 2017

de pensamientos tontos


En una plática de sobremesa, entre los muchos temas triviales que hicieron su aparición, salió, de mi boca, la insoportable experiencia de que pateen tu asiento en el cine.

En la experiencia que tengo sobre el ir al cine a disfrutar la exposición cinematográfica, recuerdo que antes, este molesto asunto de los pateaasientos era una caso esporádico, algo que rara vez te pasaba. No era algo en lo que pensaras a la hora de escoger el lugar en que querías sentarte.

Pero ahora sí. Será que la estupidez humana se ha multiplicado mucho más de lo que creo que lo ha hecho, que el egoísmo rampante no permite que la gente pueda ver que no está en la sala de su casa sino en un espacio público, conviviendo con otras “personas”. Será el sereno, como decía aquella fodonga mujer, pero la cosa es que pasa, mucho más de lo que yo quisiera.

Dentro de la charla yo decía que ahora, siempre busco sentarme en los lugares de la última fila para evitar a esta puta gente. Luego, una de las comensales me recriminó que era yo quien atraía a esta gente hacia mí, debido a que me la pasaba pensando en que iban a patear mi asiento, razón por la que estos imbéciles deciden –mágicamente– sentarse detrás de mí y joderme la función.

Mas o menos le respondí que estaba loca con sus teorías pendejas, de la manera más amable que pude, pero sí dejé claro lo estúpido que me parecía su argumento.

Pocos minutos después, mi tío, esposo de la susodicha sabionda, dijo que cuando compra boletos para viajar en autobús siempre escoge su asiento en la columna situada detrás del conductor, entre la cuarta y sexta fila, debido a que en caso de que ocurriera un accidente su lógica le dice que en ese lugar sería donde sufriría los menos daños posibles.

Seguramente fueron mis ganas de joder, las que objetaron que si lo que su esposa decía era cierto, entonces, mi tío, con su ritual de elección de asientos, lo que en verdad hacía era atraer los accidentes hacia él. Estaba pidiendo un accidente de la misma manera en que yo pedía un pateaasientos cínico en el cine. Porque si tanto piensa en evitar el daño en un posible accidente, en realidad lo está atrayendo hacia él.

Es obvio que no supo qué más decir. Lo que quisiera saber es si sigue cultivando esa filosofía tonta. O quizá era ella la que quería joderme a mí.