sábado, 16 de febrero de 2019

lo que somos


Bueno, no estoy muy seguro de lo que quiero escribir, no sé por dónde comenzar aunque la punta de la madeja puede aparecer en cualquier momento, o no hacerlo jamás, que también se puede. En este momento llega ese arraigadísimo pensamiento pendejo que dice que las cosas negativas no deben pasar nunca por la mente porque ahí podrían quedarse, porque atraemos las cosas que deseamos y más basura por el estilo.

Tiene bastante sentido, al estar inmerso en un proceso de autoconocimiento, de descubrimiento, de enfrentarme con mis verdades (–debes decir tu verdad Conor McGregor), en espera de que algo bueno salga del enredo, y que aunque no se ame la trama, al menos se viva, esperando llegar al descenlace*

La cosa es que estas frases me hablaron, me llevaron a resaltarlas interrumpiendo mi lectura para luego volver a ellas, para quedarme con cara de imbécil con las palabras retumbándome dentro, volviendo a leer, en la incomprensión absurda de lo que se espera sea entendido con facilidad. Los fragmentos son estos:

Nunca nos deberíamos sentir seguros de aquello que pensamos ser porque, en ese momento, pudiera muy bien ocurrir que ya estemos siendo cosa diferente.

Si seguimos así dejaré de saber quién soy. Mi padre te diría que ésa es una de las cosas que nos suceden muchas veces en la vida.

Luego, no sé, no creo que la mayoría de la gente llegué a cuestionarse este tipo de cosas. Creo que están ocupadas en sobrevivir. Y yo, bueno, a veces pierdo el tiempo llenándome la cabeza de pensamientos de todo tipo.

sábado, 9 de febrero de 2019

divagues sobre el enamora miento


No recuerdo si se lo escuché decir a alguien o si lo leí por algún lado, así de atrofiada está ya mi memoria, aunque como dijera el personaje de una película mexicana (Vivir mata) que recuerda un número de teléfono mencionado horas atrás: los genios nomás nos acordamos de puras pendejadas. Ja, no es el caso. Quizá es que ahora yo lo estoy armando con las referencias que he adquirido pero trato de darle algo de peso al argumento, quién sabe. Bueno, la idea era que el estado de enamoramiento es un estado de mentira, no de irrealidad, sino de mentir: en+amor+ miento.

Dejando de lado cualquier razonamiento sobre el amor, acerca de lo que es (o no es) o de si es que existe (hay más amargados que lo afirman). Digamos que uno cree que siente amor, uno se siente enamorado, aunque la mayoría de las veces estamos sólo obsesionados con la forma de ser de una chica (o chico) que nos parece mil veces más linda de lo que es, porque la soledad ha alterado nuestra percepción.

La cosa es que en ese estado de amor mentimos, y no sólo nos mentimos sobre lo perfecta que es esta persona y sus increíbles rarezas antes de que muten en “putas manías”. También le mentimos a ella, porque frente a la casi perfección de su persona está el saco lleno de defectos que sabemos que somos, porque a nosotros, en mayor o menos medida sí nos conocemos. Y durante el proceso de seducción, con más o menos capas de maquillaje, sólo le mostramos la cara más amable o esforzadamente fingida que podemos. ¡Qué casualidad que a nosotros también nos encantan los Smiths!, sólo tomamos mezcal y le vamos a los Vikingos de Minesota (igual que ella). Hasta negaremos nuestro querido porno con más vehemencia que Pedro en esa noche fatal.

Pero creo que aun si uno es consciente de que para que pueda florecer un amor verdadero (en el sentido de que esté basado en hechos y no en mentiras y sueños) se debe empezar por ser sincero –­al menos sobre cosas básicas de nuestra persona– no se puede ser sincero sobre todo.

Porque ninguno dice: Que sí, que soy un celoso enfermizo que ha llegado a tal o cual extremo; que la verdad es que me cuesta mantener el pito dentro de los pantalones y a todas mis parejas les he pintado cuernos. Por más galante que le pareciéramos saldría corriendo. Nadie valoraría ese grado de sinceridad. O que una chica de maravillosa sonrisa nos suelte que mientras averigua si es que somos lo que espera que seamos o si puede llegar a amarnos nos tratará dependiendo de cuánto le demos. No pues no: maldita interesada.

Luego está esa otra película mexicana con aquello del Prometer, prometer y prometer; y ya después de haber metido, olvidar lo prometido. Y olvidar a la persona. Una más a la lista del Donjuán, una menos en la lista telefónica. Y ahora es tan fácil. Bloquear su número de todas las aplicaciones en las que antes le contabas sobre lo especial que era y lo afortunado que te sentías de conocerla.

Cosas de los tiempos modernos, más nuestras mentiras de siempre.


domingo, 3 de febrero de 2019

la voz

A veces no reconozco a la voz que escribe, a mi voz cuando escribo. Ese susurro que me va dictando las cosas que debo teclear, a la que se le ocurren las palabras y las frases y las bromas; la que es sarcástica o cursi, a veces demasiado; a veces cruel o presuntuosa. La voz que edita sobre la marcha: eso es genial, eso es basura, eso mejor no, espera... eso amerita otro texto, escríbelo antes de que se vaya y jamás vuelva (como pasó ahora). Estoy seguro que es la que se deja seducir por las musas, o la que las seduce quizá; la que se hace la interesante para que me vengan a poner ese beso en la frente que detonará cientos de tecleos con algún sentido, consentida la voz.

A veces me parece tan original, que debo sonreír mientras tecleo. Pura vanidad, qué hacemos. Soy humano. Esa excusa siempre me ha parecido patética. Pero la voz me hace pensar que aquello es una puntada graciosa. ¿Lo es? Debo decir que me parece original para mí, para las cosas que he dicho, que es un destello que en verdad me asombra porque no veo de dónde pudo haber salido. Porque sé que seguro hay bastantes colegas a los que también les ha pasado por la cabeza y algunos la habrán podido expresar de mucho mejor manera que como yo lo hice. O será que aquella musa nalgapronta se divierte susurrándole lo mismo a cada escritor que le atrae un poco. Puede ser.

Pero a veces la voz abusa de lugares comunes y si acaso lo que estoy tecleando tuviera algún valor este se reduce debido a la manera poco original como lo estoy diciendo. Sobre todo con expresiones y frases hechas, algunas tan gastadas que me parece en extremo patético que hayan pasado mi supuesta edición, por la censurante voz. Porque vamos, soy tan común que es muy lógico que se me ocurran tales gastadas sentencias, pero al menos debería darme cuenta cuando han aparecido y ni siquiera pasarlas por mis dedos.

A veces también la voz me dice que sería buena idea si vamos a ese lugar donde esas chicas lindas y coquetas se quitan la ropa mientras sonríen a la cámara. Y a veces (muchas veces) le hago caso.