lunes, 17 de septiembre de 2018

frases y calenturas


Hablando de frases, y de ir a la cama o de la posibilidad de ello, recordé a cierto personaje de la ficción que perdió todo precisamente por una calentura. Bueno, un enamoramiento. Pero es que, como bien señala otro adagio popular: hormona mata neurona, o como diría una de mis tías: un par de nalgas jalan más que un par de bueyes; aunque la señora que le ayuda con el aseo de su casa sustituye en el dicho a las nalgas por un par de pelos. Y ahí ya van incluidos todo tipo de fetiches, que los pelos pueden estar en cualquier parte del cuerpo de la fémina en cuestión. Recordemos El lado oscuro del corazón: "por tus bigotes".

¿Y quién es este hormonal personaje que cayó en desgracia por no saber contenerse? Rob Stark, el primogénito de Eddard Stark, quien no sólo sería célebre por no haber perdido una sola batalla en su cortísima incursión militar sino por la cruel forma en que perdió (así) la vida.

Pero es que en el caso de nuestro desafortunado joven lobo también se le atravesó la rectísima herencia paterna que lo obliga a hacer lo que cree que es correcto: ya sea tirar al caño su compromiso matrimonial a pesar de ya haber recibido los beneficios del acuerdo, o cortar la cabeza del jefe de uno de los clanes más poderosos y perder el apoyo de todo su ejército.

Es que no todo es bueno o malo. Debe uno saber hacerse de la vista gorda ante ciertas circunstancias. Podía haberse casado en secreto y cumplir con sus obligaciones de rey y conservar esas "amistades" que tienen más utilidad que cualidades, porque así es la vida. No se puede tener todo.

Pero esas son otras cosas. El asunto es que nuestro Rey del norte perdió la guerra y la vida por una simple calentura. O enamoramiento, que no hay que ser tan vulgares.

miércoles, 12 de septiembre de 2018

de egos, escritores y otras cosas


Existe una idea muy difundida sobre el exorbitante ego de los escritores. Bueno, la verdad no sé qué tanto pero algo estará. Ya citaba alguna vez una línea de El ciudadano ilustre: para escribir sólo se necesita lápiz, papel y vanidad. Y si lo pienso, parece ser que sí hay una dosis de vanidad y ego para creer de alguna manera que lo que quieres decir no deba quedarse sólo en el papel sino exponerse de alguna manera a los demás, para bien o para mal. Aunque creo que esa es una actitud humana no exclusiva de escritores o creadores, el querer arañar aunque sea un poco de inmortalidad y trascendencia. Escribir tu nombre aunque sea en la arena.

Pero este deseo de permanencia, tan natural en nosotros, mezclado con un inmenso ego y una vanidad apabullante, de los que resulta la confianza de creer que todo lo que haces es genial (sin exagerar), más las porras de tu madre; han creado una realidad donde lo artístico se vuelve casi anecdótico. El chiste es subirse al pedestal que tú mismo te has puesto con lo que tenías a mano. Porque ahora todos somos artistas dicen algunos, y escritores, claro, también. Pa todos hay.

Una tipa subió a facebook una fotografía suya, con rayones y distorciones hechos por su marido, alguien le preguntó que qué era eso, a lo que la tipa sentenció: es arte, y el arte no se explica sólo se siente. Estamos jodidos.

Es que aunque la vanidad y el ego estén presentes, no sólo en quienes escribimos sino en cualquier ser humano corriente y común, algunos podemos tener al menos cierto sentido de la prudencia, al sentido común alerta y una pizca de objetividad.

Pienso que en la relación entre el desbordado ego, la vanidad y la búsqueda implacable por la fama está íntimamente incluido el halo místico del escritor, porque aún en estos tiempos reguetoneros es mucho más prestigioso ser escritor que ser yutuber. Y bueno, para lo primero hay al menos que escribir, no bien, ni mucho menos, como ya se ve; para lo segundo sólo hay que animarse a decir estupideces frente a una cámara. Y voilà, los egos crecen.

La vanidad de los escritores.


lunes, 10 de septiembre de 2018

de Normalidades



Fui hace pocos días a ver la segunda parte de Mamma Mia, y quizá para mucha gente sea una revelación mayúscula, pero me gustan bastante los musicales. Este en particular (Mamma Mia) me gustó mucho. 

No voy a hablar ahora de las razones por las que disfruto de una película llena de canciones y bailes, ridículos en realidad, si nos detenemos a pensar en ello; ni hablaré tampoco de esta película en particular, aunque si lo pienso llevo bastante tiempo sin hablar de algún filme.

Lo que me llevó a estar ahora tecleando pensamientos no del todo inconexos fue una secuencia musical en la primera parte de la película, un baile llevado a cabo dentro de un restorán (donde Donna y  Harry jóvenes se conocen un poco más). 

Dentro de los comensales de este establecimiento y quienes se convertirían en improvisados bailarines había una mujer en silla de ruedas, que al igual que todos los otros, disfrutaba dando vueltas al compás de la música sin preocuparse por la silla que la acompañaba.

Me quedé pensando en que hace pocos años una escena de esta naturaleza sería imposible: incluir a alguien no considerado "normal" en una película. Muchísimo menos en un musical.

Y me alegra la idea de que en una escena que supone normalidad (aunque todos bailen y canten) se pueda incluir a personas distintas en cuanto a su motricidad y capacidades físicas. Porque también me vino a la cabeza que para mí era una situación casi extraordinaria ver en la calle a un ciego o una persona en silla de ruedas cuando era niño. Porque a esa edad uno piensa que la realidad te la muestran en la televisión , y lo medios, claro, en general no voltean a realidades poco estéticas.

viernes, 7 de septiembre de 2018

heridas


He dicho antes que creo que escribir cura, y pienso que si no cura, al menos duerme el dolor, lo apacigua, lo deja lejos de donde más duele. No se va, pero al menos no queda expuesto a infectarse. 

Quizá pase aquello de que las cargas compartidas pesan menos, y quien lee nuestras verdades nos ayuda a cargar. No sé. O tal vez sólo estoy jugando vanidosamente con el halo místico del que escribe.

Tienen una rara afinidad en el dolor; en ese que no cura ni se alivia ni se olvida y que cada tanto recrudece como si fuera nuevo, siempre nuevo. También tienen afinidad en el humor, porque a pesar de que el dolor nunca se transforma en cicatriz, no se regodean en él, solo lo portan como lo que es: parte de ellos. 

Esto es parte de un párrafo de una novela de Gavrí, al leerlo me tocó. Porque ciertos dolores no se van, ni se alivian ni se olvidan, mucho menos se curan. Y a pesar de cargarlos a cuestas y de lo avivados que constantemente son, no dejo de reír, no dejo al embustero de las graciosas, aunque vulgares ocurrencias.

Y como me dijo el mismo Gavrí, las heridas –a veces– cicatrizan, y, dejan de doler.

martes, 4 de septiembre de 2018

intimidades


Escuché alguna vez, que a cierta persona tardaron en detectarle la deficiencia en su visión, debido a que nadie sabía que no podía ver bien las cosas que se encontraban lejos, hasta el momento en que, demasiado tarde, se descubrió su condición de miope. El argumento de esta persona fue que ella pensaba que todos veíamos borroso lo que estaba lejos: "lo que está cerca es nítido, lo que está lejos se ve borroso", fue su lógica.

Pasa que de muchas cosas no tenemos referencias para saber si eso que sentimos o vemos es lo normal. ¿Cómo saber que lo que experimentamos es distinto a lo que los demás ven o sienten? Yo nunca vi nada raro en mis manos hasta que me hicieron ver que parecían manos de mujer, no sólo por la forma sino por el tamaño. Mido 1.80 mts pero el tamaño de mis manos es el mismo que el que tienen las manos de mi hijo.

Qué se le va a hacer. Llegué tarde a la repartición de manos. Nunca pude tomar un balón de basquet como hacían varios de mis amigos de la prepa. Aunque una amada mujer, en su papel, decía que eran manos acariciadoras. Algo es algo. 

Bueno, esas son cosas sin importancia. Pero qué pasa cuando eso que sientes es algo vil y despreciable, un sentimiento que te hace avergonzarte y sentirte una mierda. En específico: cuando alguien experimenta una desgracia y tú sientes un oscuro placer. Hasta te espantas. Es un pensamiento que quitas de tu mente lo antes posible, aunque ya has saboreado el gusto con el que venía. Aunque no lo aceptes.

A mí me pasó, en este caso, que en vez de pensar igual que en los ejemplos anteriores –que era algo que todos los demás sentíamos–, lo opuesto. Creer que era yo un ser malévolo y despreciable. ¡Cómo puedo sentir placer ante la desgracia de una persona cercana y querida! Ante el propio señalamiento y la vergüenza lo convertí en un secreto. Nadie tiene por qué saber lo vil que puedo ser internamente. Me avergonzaría demasiado confesarle a alguien ese oscuro secreto.

Y siguiendo la misma lógica anterior, si este despreciable sentimiento es algo común a la especie humana (una especie vil) todos los sentimos, al mismo tiempo que todos lo escondemos, porque a todos nos avergonzaría que alguien más se enterara de lo que nuestra alma es capaz de sentir. Así que vamos por la vida sin poner sobre la mesa vilezas ni vergüenzas. Y todos tan felices y sonrientes.

Todo este divague viene de unas líneas de Dostoievski. Un alivio. Ya me había puesto caretas oscuras:

... los inquilinos, unos detrás de otros, retrocedieron, empujándose hacia la puerta con esa emoción íntima de satisfacción que siempre se observa, hasta en las personas más allegadas, a la vista de la imprevista desgracia del prójimo, y de la que no se libra hombre alguno, sin excepción, no obstante el más sincero sentimiento de piedad y simpatía.

sábado, 1 de septiembre de 2018

confianzas


En uno de los últimos escritos del blog de Isaac Belmar habla sobre la confianza y la escritura, sobre lo dañino que se vuelve tener confianza absoluta sobre lo que se teclea. 

Porque dice muy bien también, muchos de los que creamos carecemos de confianza, y somos incluso pesimistas sobre el resultado de a lo que le hemos invertido horas. Ya he mencionado alguna vez que lo que me había alejado de comenzar a escribir un blog era esa persuasiva desconfianza sobre lo bueno que podría ser lo que iba a escribir. 

Hay una popular frase atribuida a Bukowski (en estos tiempos ya no se sabe si ese que dicen que dijo algo en verdad lo dijo) sobre la confianza de los estúpidos y las dudas de ¿los inteligentes?, que también sirve de trampolín para que muchos quieran ponerse el disfraz de inteligentes o de cosa parecida. Volviendo a algo que recién tecleaba, yo me identifico en lo de la falta de confianza y el abundante cultivo de dudas.

Al menos en cuanto a escribientes de redes sociales estoy completamente de acuerdo con Isaac y con Hank: he visto textos ridículos y torpes en personas que se proclaman escritores a los cuatro vientos y por todas las redes sociales existentes; también insulsos versitos, feos y parbularios en autocelebrados poetas; ambos con la confianza redoblada por algunos likes y halagos huecos. Y claro, un ego desbordado.

Dejo aquí unos párrafos de Isaac con los que me siento identificado:

"Otro par de amigos vino a decirme –no les faltaba razón–, que se habían enterado por terceras personas de que había sacado libro nuevo. Que por qué no me promociono y lo grito y spammeo como todo hijo de vecino.

Principalmente, porque soy un pragmático, y también volvemos sobre lo de introvertido. Pero, principalmente, es pragmatismo. Y es que no funciona, excepto para que tu primo de Guadalajara ponga los ojos en blanco.

Aspiro a ser leído, no vendido, que parece lo mismo, pero nada más lejos. No voy a hacerme rico y no va a marcar una diferencia que, gente que me conoce, o a la que caigo bien por un insondable misterio, compre mis libros por simpatía o porque es lo que hay que hacer por los amigos. Si luego se queda en el estante, el par de euros de regalía representan un fracaso.

¿Y si es miedo, o falta de confianza, vestidos de excusa?

Siempre hay algo de eso en la fórmula de todo lo que hacemos, que soy un hipócrita, pero no tanto como para decir que no sea así en parte.

Mi opinión es que la confianza está sobrevalorada y, de hecho, probablemente será tu mayor enemiga si tu objetivo es escribir bien".



jueves, 30 de agosto de 2018

de seductores

Mientras buscaba una imagen para ilustrar el posteo sobre la distancia entre el dicho y el lecho o hecho –ya depende cada uno y de su caprichosa mente–, encontré entre los resultados que me arrojó el catálogo de imágenes de Google varios videos que prometían proveer de las palabras y actitudes precisas para llevar una mujer a tu cama. Bueno, se espera que sea cama, no por tradicionalistas sino por comodidad.

Yo, morboso como soy, no pude resistir la tentación de ver qué clase de tonterías y antídotos mágicos proveerían esos individuos necesitados de fama internetera. Pinché un primer video de unos siete minutos de duración y apareció un individuo al que ni en pedo le creería algún consejo sobre seducción. Ni pizca de carisma, ni rasgos agraciados, ni cosa que lo hiciera merecedor de mi atención y mi credulidad. Será que tirándole a la cuarentena soy alguna especie de joven lobo de mar, razón por la que el video de ese supongo que entusiasta individuo me pareció auténtica basura. Pero tiene su público (para todo hay mercado), tenía dos comentarios que le agradecían la valiosa información.

El segundo video que vi era mejor en todos los sentidos. Sin dejar de ser una basura en general, pero, comparándolo con lo que acababa de ver: hasta la basura se separa. Un chico mucho más presentable, al que sí le puedo creer que haya engatusado a varias ingenuas y entusiastas, acompañado de una chica muy pero muy atractiva. Aunque le resultó contraproducente la presencia de la guapa chica porque se pasó contradiciendo muchos de los consejos y argumentos que el joven explicaba. El remate de la chica fue genial: No importa lo que hagan o lo que digan, muchas mujeres, a pesar de lo encantadores que sean y que nos parezcan, no iremos a su cama. Debió al menos ponerse de acuerdo con ella.

Y había muchos más videos prometiendo la sagrada información, videos que no vi, tampoco crea usted que mi morbo no conoce límites. Otro tipo de artículos y videos que aparecieron en cantidad fueron los que ofrecían las frases infalibles con las que una mujer decidiría ir a la cama en tu compañía.

Mencioné el mercado líneas arriba. Qué hacemos. Es lo que hay. La oferta es definida por la demanda. ¿Qué otra cosa se podría esperar de una generación que vive al auspicio del reguetón?


lunes, 27 de agosto de 2018

de dichos y frases


Vinieron a mi mente varias ideas con cierto parecido pero distintas cada una de ellas a partir de enterarme de algo. De la inexactitud de una frase, bastante célebre, al menos en esta parte del mundo, que al menos en mi caso, pero supongo que en el de muchos más era repetida con el cambio del que me di cuenta.

Por un lado pienso en la vitalidad de ciertas expresiones que se van moviendo a lo largo del tiempo, a veces, completamente despojadas de quien las ideó. También pienso en aquel otro dicho popular, bastante asiduo en la boca de mi padre debido a la cada vez más evidente sordera que se apodera de sus oídos y de los de mi madre, su compañera: el sordo no oye pero compone. Y finalmente, en que, esa frase o dicho popular que ha perdurado en el tiempo, despojada de su autor, es distinta de la que él en su día pensó y escribió.

La frase usurpadora es: Del dicho al hecho hay mucho trecho, o hay un gran trecho. Como sea, de todos modos el trecho es largo. Lo que descubrí es que en realidad hacia donde es largo el trecho es hacia el lecho, esto, me parece claro, con toda la connotación sexual posible: Del dicho al lecho, hay mucho trecho.

Imagino que usted se pregunta, si es que no lo sabe, quién fue el autor de la mutada expresión. Me enteré que fue Efraín Huerta, un poeta mexicano del siglo pasado. Y la frase en cuestión forma parte de un tipo de aforismos que el poeta escribió y que denominaba poemínimos. No habría habido cambio si los hubiera tuiteado, aunque muchos se agenciarían la creación, al estilo del tiempo que corre.

Y bueno, la frase también trajo a mi cabecita otra frase de Milán Kundera: La coquetería es un comportamiento que pretende comunicarle al otro que la aproximación sexual es posible, aunque al mismo tiempo esa aproximación sea sólo teórica y sin garantías. En otras palabras, que del dicho al lecho hay mucho, a veces, muchísimo, trecho.


Ahora que chequé mis referencias antes de publicar, veo que era una idea errónea, y que el dicho es, desde quién sabe cuando, como todos lo conocemos. Y que de lo que me enteré fue un juego de palabras del citado poeta, aunque también de otro, Salvador Novo. Pero bueno, comparto el divague de todos modos. Aquí la referencia:

http://www.santiagoruiz.mx/2017/02/27/del-dicho-al-lecho-salvador-novo-y-efrain-huerta/ 

jueves, 23 de agosto de 2018

el monstruo que vino a verme

–Sabes que tu verdad, esa verdad que escondes, Conor O'Malley, es lo que más miedo te da en el mundo.



Parecía ser una buena opción en la cartelera cinematográfica cuando vimos el trailer en alguna otra proyección, pero cuando salió no la trajeron al cine que está cerca de la casa. Luego, tras sólo dos semanas se fue. De los misterios de las carteleras del cine. Meses después, ¿un año?, me encuentro el libro y me lo llevo.

Resulta que Un monstruo viene a verme es la historia en que una escritora (Siobhan Dowd) trabajaba cuando la interrumpió la muerte, el cáncer; y otro escritor (Patrick Ness) retomó y dio término; muy satisfactoriamente en mi pequeña opinión. Aunque no sé qué tanto sea de cada uno de ellos.

El libro me significó mucho, de distintas maneras. Desde la obvia: el monstruo que habita dentro de mí vino a visitarme, el proceso de poder mirarme con toda mi oscuridad, sin matizar, en bruto, con vergüenza e incomprensión; el monstruo que a veces necesita salir. Pero en otra parte el monstruo es el terapeuta, al menos así lo sentí: tú me llamaste, le dice el monstruo a Conor, estoy aquí porque tú me hiciste venir; yo fui a la terapia por mi propio pie.

Hay secretos que no se dicen, verdades que se llevan con vergüenza y resignación donde nadie pueda encontrarlas jamás, partes nuestras que no compartiríamos ni con nuestra amada pareja; verdaderos placeres culpables, de los que en verdad avergüenzan, no de los que se propagan como si de algo extraordinario de tratara, como los intelectualoides que gustan de bailar cumbias o de ver comedietas románticas.

Es un libro de claroscuros, diría que de una belleza espinoza. Donde se puede ver que en la vida no hay buenos ni malos, sólo circunstancias que nos inclinan hacia algún lado de la balanza, y que nos matizan dependiendo de lo educado de los ojos que nos juzgan. Pero nadie se salva.


lunes, 20 de agosto de 2018

Amigos

Una muy buena parte del tiempo de juego durante mi infancia lo pasé rodeado de muñecos de peluche (monos para mis padres). Yo no tenía tantos peluches pero entre los míos y los de mis hermanos eran un buen número. Recuerdo que cada uno de los muñecos tenía un nombre, que iban desde nombres inventados, completamente arbitrarios (Dripi, Plufi), hasta el nombre de la especie animal a la que pertenecían. Era con mi hermano con quien pasaba tiempo jugando con nuestros peluches. Incluso los poníamos a jugar beisbol o futbol americano, entre muchos otros juegos protagonizados por nuestros animales de felpa.

La idea de la posesión de los muñecos consistía en que eran nuestros hijos. Como en caricatura de Walt Disney, mi hermano y yo éramos padres de varios hijos que no tenían madre, o que había traído la cigüeña, quién sabe; y ambos éramos padrinos de los hijos del otro (como buenos católicos). 

Gil también valora mucho los muñecos de peluche que tiene, de los que heredó dos de mi hermano y uno mío (el ratón gris de ojos tristes), pero a diferencia nuestra, los peluches son sus amigos, no sus hijos; a excepción del panda, que fue rellenado por él en un establecimiento en el que los niños pueden hacer su muñeco a su gusto. Fue un obsequio de Tamara.

Estaba pensando hace tiempo en la sustitución del amigo imaginario por los osos de peluche. Yo no recuerdo haber tenido amigos imaginarios, pero nunca estuve solo, mi hermano es casi de mi edad y dormíamos en el mismo cuarto. Pero imagino que Gil tiene buenos amigos en sus muñecos de peluche, y podría jurar que no conoció amigos imaginarios, a pesar de que no tiene hermanos.

Fuimos a ver juntos la película de Christopher Robin. Al ver las primeras imágenes donde un niño convive con sus pequeños amigos de peluche vi a mi hijo pasando horas en inacabables aventuras donde sus amigos enfrentan maliciosos monstruos o a cualquier otra cosa.

Le pinté a sus amigos hace tres años:




viernes, 3 de agosto de 2018

Cosas de dibujantes

Quienes me conocen y quienes me leen de hace tiempo saben que me gusta dibujar y que lo hago bastante bien, si no somos tan exigentes. También pinto, pero eso lo aprendí en clases que mi madre tuvo la gentileza de pagar, debido a esa habilidad que tenía para jugar con el lápiz dejando lindos monigotes sobre las hojas de las libretas viejas, aunque también de las que no.

Debido a que a los que nos gusta dibujar no podemos evitar comenzar a rayar cualquier hoja de papel que esté a nuestra disposición, la gente a tu alrededor sabe casi tan pronto como te ha conocido que tienes una habilidad, mayor o menor, para el dibujo. Porque pues nos pasamos haciendo todo tipo de trazos sobre nuestros cuadernos escolares cuando no debemos copiar apuntes del pizarrón o tomar un dictado.

Y así, llega la hora de un trabajo escolar en el que se tiene que dibujar algo, generalmente algo grande y trabajoso, y por obvias razones lo tienes que hacer tú, que eres "el que dibuja". Y ahí vas, a pasar horas con la cartulina y los colores y lo que haya que hacer, mientras todos los demás hacen cualquier otra cosa. Pero bueno, al menos disfrutas lo que haces.

La cosa es que me quedé pensando en el Joker de Heath Ledger, en la que para mí es la mejor película de cómics que se ha filmado, y donde éste genial villano le dice a los maleantes a los que ofrece sus servicios: Cuando eres bueno para algo no lo haces gratis. Por todos los santos, si yo hubiera sabido eso hace tantos años. Habría podido sacar unos pesos a costa de mis compañeros sin talento.

Recuerdo haber dibujado una Sor Juana y un Venustiano Carranza bastante grandes para la profesora de historia, sin ninguna retribución por medio.

Así que no. Acá la regla no escrita era que si eras el que sabía dibujar te tocaba chingarte los dibujos.

¿Conocimiento tardío? ¿Remordimiento pueril?



Aquí el ejemplo de dos cuadernos:



miércoles, 1 de agosto de 2018

Heath y Joseph


Para muchas personas de mi generación el primer momento en que ubicamos a Heath Ledger y Joseph Gordon-Levitt fue en la ahora célebre 10 cosas que odio de ti. En mi nostálgica opinión una de las mejores comedias adolescentes que se han hecho. Esa en la que nos imaginamos cantándole a nuestro amor en el estadio de la preparatoria mientras evitábamos a los guardias. ¿Ustedes no?

Unos pocos años después de esa exitosa película salió otra igual de popular: Corazón de caballero (A knights tale) protagonizada por Heath Ledger. En lo que a mí concierne no había vuelto a ver a ninguno de los dos actores entre lo que aparecieron los dos filmes, y lo que creí cuando estaba con mis amigos viendo la película en el cine fue que el caballero Ulrich von Lichtenstein era ese chico flacucho de 10 cosas que odio de ti.

Claro que pensé: pero cómo le ha cambiado el cuerpo a este chavo (todavía no conocía su nombre), antes era un alfeñique y se puso bien mamey (fuertote). Algo como lo que años después le pasaría –realmente– a Ryan Gosling.

Es claro que, al menos en mi caso, cuando la primera cinta salió no conocía el nombre de ninguno de los actores ni tampoco lo memoricé luego de haberla visto. Y al ver Corazón de caballero Heath no era un actor famoso tampoco.

Bueno, el caso es que esta imagen que un día me encontré me da algo de razón. :)


domingo, 29 de julio de 2018

otro "traidor"


Titulé la entrada anterior "El fiel traidor", y en ella, al principio mencioné "La vida de David Gale" de Alan Parker. Al terminar de escribir ese textito, me vino a la cabeza la idea de que ése personaje, David Gale, también podría ser catalogado como un "fiel traidor".

El vil ingrato hijodeputa que traicionó a su supuesta mejor amiga, para la opinión pública; el héroe secreto, sin fama ni gloria, para dos o tres personas enteradas. El impío traidor que paradógicamente recibirá como castigo aquello contra lo que había luchado de forma tan ferviente durante tantos años de su vida. Justicia divina, dirá esa juiciosa opinión pública.

Es una de mis películas favoritas. De las que he visto bastantes veces y con las que me sigo emocionando a pesar de saber qué va a pasar, aunque a veces no recuerdo del todo cómo es que pasa, así que lo sigo disfrutando. Aunque no recuerdo haberla encontrado en la tele ni que sea uno de esos filmes que pasa con cierta regularidad, y supongo que ahora menos, con la desprestigiada imagen del talentosísimo Kevin Spacey. Tengo la copia que compré usada en Blockbuster y que le proyecté a mis estudiantes, aunque luego un cierto lado sospechosista me advirtió sobre la mala idea que podía ser si me enfrentaba con una chica de malos pensamientos y buenas curvas: le estaba dando yo la receta completa para obtener lo que de mí quisiera. Nunca pasó. Pero ciertas ideas llegan un poco atormentantes.

Creo que la historia de David Gale tiene demasiados de los ingredientes que me gustan: un querible antihéroe, borrachín y pecaminoso; la búsqueda y resolución de un misterioso crimen en una historia enigmática; la exposición de una ideología de respeto por la vida y por la muerte digna; la verdadera amistad. Laura Linney y Kate Winslet en su esplendor. Una historia con demasiadas aristas para ponerse a pensar o platicar con buena compañía y un trago en la mano, preferentemente.



lunes, 23 de julio de 2018

el fiel "traidor"

En "La vida de David Gale" el protagonista habla sobre por qué San Judas Tadeo es un santo tan milagroso entre la comunidad creyente católica; y su argumento señala que pasaron muchos años sin que nadie le rezara ni le pidiera nada por el miedo que tenían de que los susurrros pedigüeños fueran a parar a oídos de Judas Iscariote "el gran traidor". Así que en el momento en que alguien se aventuró a lanzar la súplica a Judas Tadeo, éste, sin dudarlo dos segundos, solucionó el pedido lo mejor que pudo. Y así, tras comprobar lo hacendosito que era este otro Judas, su fama se extendió como el espíritu milagroso que conocemos ahora, la envidia de muchos otros santitos sin un devoto que les rece un triste padrenuestro.

La cosa es que hace algunos años salió una noticia –vilipendiada por los católicos– que decía que Judas en realidad no había sido un traidor sino un héroe. El hallazgo de un manuscrito con el que se restauraba la tristemente célebre imagen de Judas como un vil traidor, y lo elevaba como un fiel amigo, el amigo capaz de cualquier sacrificio personal, incluso si traería consigo la infamia eterna.

A mí me sonó bastante lógico el hecho. Sólo a la persona más cercana, a la que más confianza se le tiene, a la que se siente que puede respetar nuestros deseos, se le puede pedir semejante encomienda. "Me entregarás, aunque una desgracia eterna caiga sobre tu nombre y tu recuerdo".

Mirando una imagen de la última cena recordé este asunto. Instantes después me vino el nombre de Severus Snape como un compañero de destino de Judas Iscariote: el amigo fiel que debe cumplir el nefasto acto a pesar de todo lo que se pensará y dirá sobre su persona. El deshonrado héroe. 

Rodión y Jorah. Judas y Severus. :)


lunes, 16 de julio de 2018

Rodión y Jorah: las creencias del león



Hay un dicho, pesimista como pocos (aunque a pesar de ello no se pasea por mis labios), que dice que si piensas mal acertarás. En otras palabras, que esperar lo peor o lo malo de una persona o en una situación es lo más conveniente si uno quiere tener razón o no quiere tener decepciones. Ya que la decepción sobre algo que esperábamos mal, muta en una gratísima sorpresa; de esas de sonrisa incluida.

Esto viene a cuento porque hace algunos meses me vino a la cabeza una relación entre Jorah Mormont “el Ándalo” y Rodión Románovitch Raskólnikov. Imagina usted ¿qué tienen en común Jorah Mormont y Rodión Románovitch Raskólnikov?

¿Se le ocurre algo?, ¿Cree que he venido a teclear estando ebrio?, ¿No? Pues resulta que tanto en “Juego de tronos” como en “Crimen y castigo” la forma de pensar de estos personajes delata sus acciones previas. No sólo hacen caso a la popular frase sobre la conveniencia de los malos pensamientos, sino que ellos, al ser artífices de atroces actos, tienen una cierta capacidad de pensamiento que los hace imaginar maquiavélicos planes en cabezas ajenas.

Sólo alguien que ha tramado y llevado a cabo, en estos casos, el trabajo de espía aderezado con traición y el asesinato tantos días deseado, tiene el pensamiento afilado para pensar elaborados ardides.

Y la cosa es que a ambos se los hacen notar. Hay alguien que percibe demasiado extraña su peculiar habilidad para maquinar conspiraciones (Daario Naharis y Fómich o Petróvich, no lo recuerdo). Esto los turba, los hace sentirse desnudos, de alguna manera descubiertos. Y si otra perla de la sabiduría popular dice que no teme quien nada debe, una especie de temor se posa sobre los hombros de nuestros polifacéticos personajes. Se preguntarán si esta persona les conoce algo o sólo tantea el terreno.

Y claro, también sabemos que el león cree que todos tienen su misma condición.


viernes, 13 de julio de 2018

Forjando mi armadura


Cuando uno escribe, vuelve una y otra vez a sus lugares comunes, a los sitios que conoce, en los que se siente cómodo, los que le mueven algo profundo, a los que le provocan urticaria (alguien podría decirme: oye cabrón, de eso ya te has quejado varias veces. Y es que si uno se ha vuelto un amargado que ha encontrado en la queja a una buena compañía, pues te quejas; y, si tienes la fortuna de tener lectores, sufrirán tus repeticiones y desvarios. No es la gran cosa en realidad).

Es que cuando uno intenta ser sincero mientras teclea parece ser el resultado obvio. Se escribe de lo que se conoce, y al parecer a veces no hemos quedado satisfechos con lo previamente tecleado, o existe una arista que no se había tratado en absoluto, o no a placer, por la razón que esto haya sido. O simplemente se repite la obsesión.

En cierto momento de susceptibilidad y acumulación rencorosa escribí, creo que consecutivamente, sobre el dolor que provocan las ofensas que vienen de ciertos destinatarios (mi madre) y sobre la pertinencia que tendría proveerme de una armadura en la que se estrellara todo sin menguar en mi hasta ahora frágil alma. Ahora veo que antes de eso también había tecleado sobre la calumnia materna que me tilda de egoistamentiroso ante mis para mí justos reclamos.

Es lo que hay. 

Ya Tamara (siempre Tamara) me había advertido, ¿hace cuántos años?: Tienes un asunto que resolver con tu madre. Tan obvio es el asunto. 

No veía manera de que eso pasara. ¿Intentar resolver algo con mi madre? Antes de eso logro correr un maratón a pesar de mi pie plano. 

Ahora lo puedo ver. El asunto es con mi madre –un asunto enorme– pero lo tengo que resolver solo. Porque finalmente al que le duele es a mí no a ella. El que necesita la armadura soy yo. 

Nunca voy a saber la razón por la que ha hecho tantas cosas, pero llegará el día en que deje de importarme y en que en verdad me valga una mierda lo que ella haga o deje de hacer para conmigo.



martes, 10 de julio de 2018

haciendo más magia


Hace algunas semanas también hablaba de magia, pero era sobre encantamientos de otro tipo: la magia de la inspiración y la magia del enamoramiento mutuo, del hechizo desencadenado por un beso anhelado. Sí mencioné de pasada los sortilegios del diván, aunque para ser exacto hablaba del descubrimiento que supone el autoconocimiento; un tipo de magia oscura.

La hechicería a la que me quiero referir ahora también tiene que ver con las sesiones de diván pero es mucho más tangible. La pude sentir, y experimenté la inmensa sorpresa de ver cómo literalmente por arte de magia algo en mí había cambiado. Quizá son cosas no trascendentales pero a mí me parecen inmensas.

Me he referido varias veces a lo chocantemente sensible que soy, con lágrimas tan precoces que a la menor provocación salen disparadas. Y básicamente es un asunto chocante porque la aparición de mis queridas lágrimas imposibilita mi habla, al aparecer desde las primeras palabras que quiero decir, dejándome como un imbécil que sólo lloriquea cuando esperaba decirle algo lindo a alguien.

Bueno, eso era antes. Ahora puedo hablar sin llorar, incluso de cosas que me duelen mucho durante la terapia. Algo que era imposible meses atrás. Incluso en la noche vieja pasada le dije unas palabras a mi familia (padres, tíos, primos y sobrinos) para expresales mi cariño. 

Esto es mucho más trascendental que la comprobación del último sortilegio experimentado, en algo tan común como jugar al basquetbol. La cosa es que no podía lanzar el balón con mi mano izquierda a pesar de botarlo mejor que con la derecha, y, de repente, sin haber practicado los siniestros tiros me encontré lanzando el balón con mi mano izquierda. Y claro, me volví a sorprender.

Una cosa es cierta, y es que la mayoría de las veces me siento como un niño ignorante que no tiene ni puta idea de lo que está haciendo ni de cómo funciona la psicoterapia; que a veces me siento perdido y sin rumbo, pero también, que al experimentar este último cambio físico en mí sentí como si hubiera deshecho nudos que tenía por ahí incrustados.

Me alegra pensar que tengo nudos más importantes que desatar y que ese buen Jung tenía razón: lo que aceptas te transforma.

Y esta imagen está rebuena, ¿que no?

viernes, 6 de julio de 2018

Reflexiones postelectorales


Andrés Manuel arrasó en la elección presidencial. Le sacó más del doble de ventaja al segundo lugar. Es el primer presidente electo en México de forma legítima, el primero que obtiene más del 50% de las preferencias del electorado.

Entre los que decidimos apoyarlo estamos de todos lados. Están millones de estudiantes difíciles de engañar que votaron por primera vez y jubilados hartos del gobierno rapaz. Están ricos y empresarios poderosos que desean un país mejor junto a pobres y miserables cansados de ver cómo los políticos se llenan los bolsillos con el cinismo más impúdico (los gobernadores del nuevoPRI para empezar). Está la clase trabajadora y la clase obrera que le quieren dar una oportunidad, no para que roben otros, sino para que dejen de robar, con una pequeña chispa de esperanza frente a la agobiante realidad del mexicano transa y valemadre. Están muchos que hace seis y doce años nos llamaban pejejos, pejezombies y demás adjetivos hermanados con la estupidez a quienes siempre le dimos nuestro apoyo, pero ahora lo apoyaban vehementes; también se cansaron de lo mismo.

Y sí, estamos los que estamos con él desde hace veinte años cuando era presidente del ahora agonizante PRD y luego quedó electo Jefe de gobierno de la Ciudad de México: con el depa en Coplico y el Tsuru blanco, las conferencias de madrugada y la pensión a los ancianos, la inimaginable construcción del segundo piso del periférico y la austeridad republicana, y tantas cosas más de las que todos sus adversarios prefieren hacer como que no saben que Andrés hizo tanto con tan poco. Y soportamos con él aquel infame intento de desafuero fraguado en el PRIAN y comandado por el pendejo de las botas de charol. Y vimos con rabia cómo nos robaron la elección. ¿Me pregunto si a los nuevos amlovers les dice algo Hildebrando?

Por desgracia estamos en México, y tampoco nos dejamos deslumbrar por el supuesto mesías. Estamos conscientes de todos los personajes deleznables que se unieron a Morena cuando vieron hacia dónde se movían las aguas; la fauna política mexicana está retacada de chapulines oportunistas que cambian de bandera como cambian de calzones; de miles que no ven el cambio que el país necesita y el fin de los privilegios para los servidores públicos sino el lugar desde donde podrán seguirse sirviendo lo que queda de la patria.

Espero que un gabinete con tal presencia femenina haga entrar en razón al presidente sobre lo necesario y justo que es que las minorías tengan derechos elementales en todo el país y que los derechos de la mujer sean respetados más allá de cualquier moralismo ignorante que se quiere imponer a toda costa.

Me da una lástima infinita ver cómo brotó el clasismo y racismo más recalcitrantes –aunque no me sorprende, lo veo casi todos los días: como nos ven nos tratan– ante la avasallante victoria. Para la élite voraz y para millones más de arribistas y wannabes ha ganado la ignorancia de chairos y nacos, de jodidos e ignorantes, de prietos y pendejos. Qué hacemos, es lo que hay.

Aquí estamos. Contentos pero sin sonrisa.