lunes, 16 de abril de 2018

historias del Paraiso

Para los católicos más devotos, aunque podría decir más ingenuos, el origen de la vida (de los humanos) se dio en un paradisiaco lugar del que proviene el adjetivo que acabo de usar, donde todo era felicidad y el dolor era algo inexistente. En ese lugar dios se puso a jugar con barro y terminó creando un hombre –qué cosas no–, luego, al ver su soledad y supongo también aburrimiento, le sacó una costilla estando dormido para hacerle una compañía.

En días recientes me he topado con dos reflexiones, curiosamente de dos argentinos universales, que tienen por escenario este mítico lugar.

Le escuché decir hace poco (aunque lo dijo hace más) a Jorge Bucay, que una de las razones por las que los humanos siempre le echamos la culpa a alguien más sobre lo que nos pasa, está fundamentada en el mito de la creación. Ya que cuando dios lleno de cólera le reclamó a Adán el haberlo desobedecido y haber probado del fruto inprobable, éste, usando una cínica lógica, lo culpó de sus actos: la fruta me la dio a probar la mujer que tú me diste. Lo que visto así daba algo de esa culpa a dios.

Ahora que estuve releyendo Ficciones, Borges también hace una alusión a ese lugar de ensueño:

Lo que hace un hombre es como si lo hicieran todos los hombres. Por eso no es injusto que una desobediencia en un jardín contamine al género humano; por eso no es injusto que la crucifixión de un solo judío baste para salvarlo.

Historias.


jueves, 12 de abril de 2018

el que espera...

"El muchacho no insiste. Tiene esa peculiaridad de la no insistencia, como si se quedara esperando; como si estuviera acostumbrado a esperar respuestas que nunca se producen y permaneciera ahí, mudo en su lugar, en su necesidad de esperar".

Leo este párrafo del extraordinario blog de mi querido amigo Gavrí y me quedo pensando que se me ha ido media vida esperando. Pienso que soy como ese muchacho que no dice nada, que se queda esperando, que no exige ni pide, sólo espera mansamente.

Soy ese que se queda sosteniendo la bocina del teléfono junto a su oído esperando que su interlocutor regrese como prometió, así hayan pasado ya casi cinco minutos; espera, porque el otro lo ha dicho y todavía creo en la palabra de los demás, por inercia. El otro se ha ocupado con algo más y no volverá a la conversación, pero yo sigo esperando; qué pena que regrese y no me encuentre. Ese otro cree que ya le habrán colgado concluyendo la llamada, seguramente al minuto de la interrupción, como cualquier persona cuerda haría. Time is money.

Siempre he sido así. 

Fui el niño tranquilito que se quedaba sentado chupando su dedo, quietecito, sin atisbo de lágrimas ni pataleos, esperando "paciente" a que su madre se diera cuenta de que tenía hambre. El niño ideal que no daba lata, el trabajo ideal para la chica que me cuidaba, el aliado perfecto mientras la madre atendía a los otros dos, los que sí exigían atención para ellos. Como corresponde.

Esperar para no incomodar a los demás. Esperar como imbécil.

No sé si habré recibido una fea respuesta en caso de haber exigido la atención materna con o sin justificación –mía o de ella– en esos tiempos lejanos. Creo que podría ser. Aunque la verdad es que me veo, me contemplo en mi desnudez y veo a ese tonto que espera y que se conforma, que se ha jodido a sí mismo por no joder a los demás.



lunes, 9 de abril de 2018

niñerías

Este soneto parte de un verso que le robé a mi compañera Jordana Amorós (quien por cierto escribe sonetos preciosos). Igual, con la mano de Morgana.


"Caprichos de obstinado adolescente"
de quien repite ciego un burdo credo
un niño acurrucado entre su miedo
y entre las telarañas de su mente.

El tiempo no ha curado una cagada
ha acumulado sólo decepciones
tantas risas calladas, frustraciones,
sendero con destino a la chingada.

Alza la vista, mierda, sí es posible,
no te rindas sin levantar los brazos
que el tiempo ya prepara la factura.

Consciente que tu esfuerzo tan risible
te va a dejar el alma hecha pedazos
tirado junto a toda la basura.



sábado, 7 de abril de 2018

no saben que pensando en tu amor...


Me pareció verte bastante extrañada cuando te mencioné mi afición por las canciones tristes. Me miraste con unos ojos que no me conocían. Unos ojos sorprendidos ante este hombre al que conoces tan bien. Quizá no fue así, quizá sólo malinterpreté la forma como me mirabas. A esa hora ya estabas cansada, e ir a la Ciudad de México siempre agota, desde los ojos hasta el corazón.

Aunque quizá sí sea como en ese momento creí, porque me puse a darte ejemplos de canciones que me llenan y a tratar de explicarte esta afición por los acordes tristones y pesarosos, y no me detuviste diciendo que ya lo sabías como otras veces haces, quiero pensar que más por hacerme saber que me escuchas cuando te cuento mis cosas que por mostrar apatía ante lo ya escuchado.

Unos días después vino a mi mente esa charla en la espera del metro, esa sorpresa mía ante tu desconocimiento mío: tu extrañeza. 

Cuando estábamos juntos, esas canciones tristes se limitaban a pasar lista en mi repertorio, están ahí porque son mías, pero estaban relegadas por las del amor bonito, esas que a veces me mojan los ojos aunque yo no quiera: Te lo pido por favor, ¿te suena? Mi vida. Lo pasado pasado, Abrázame muy fuerte, Si quieres, Amor del bueno (la del cuchillo y la mantequilla), ¿Tú de qué vas?Amanecí en tus brazos, Cuando sale la luna y varias más.

Tendré vocación por la tristeza pero también soy un cursi, amor mío. Y era un cursi enamorado. Eso sí lo sabes perfectamente.




pequeño homenaje a don José
y a mi canción predilecta.

miércoles, 4 de abril de 2018

más de la muerte


A Jesús Sánchez Ruíz

He hablado en los dos posteos anteriores –en mayor o menor medida– de la muerte. De esa conocida que es algo así como un pariente lejano que ha tenido una vida indigna y de la que por tanto nadie habla, y cuando se le llega a mencionar no falta la mirada reprobatoria de dos tías que fruncen el ceño al momento y de una más que cambia el tema: “de esas cosas no se habla”.

Creo, como le respondía a Isabel (Tara), que no sabemos nada. Cada quien cree lo que quiere, o lo que puede; lo que le enseñaron, pero nadie sabe qué va a pasar ni cómo. Aunque muchos afirman saber cómo son las cosas.

Nadie está lo suficientemente entrenado para saber aceptar la muerte, me ha dicho Silvio, pero yo creo que además de eso, nos entrenan para no saber afrontarla. Parece que todo el mundo quisiera nunca morir y que seguir vivo a toda costa es el objetivo principal. Al menos es lo que veo en mis rumbos.

Lo que sí sé (eso creo, jajaja), es que todos quisiéramos una muerte rápida y sin dolor. Aquella de quedarse dormido y ya no despertar. La verdad es que ya no sé si eso es casualidad o el premio por una vida no tan indigna. Yo también la quisiera pero con una buena borrachera previa, y así hasta me evito la resaca.

Otra cosa que sé, es que la muerte rápida no tiene despedidas, y esas tienen su valor. Para el que se va y los que se quedan.


lunes, 2 de abril de 2018

el cine y dios

Mi madre, a diferencia mía no es aficionada al cine. Ni a ir al cine ni a ver una película en la casa, mucho menos vería algo por internet. Pero hay ciertas películas "bonitas", "con bonito mensaje", que decide ver dos o tres veces, porque la película es tan linda que merece volver a ser vista antes que dar la oportunidad a otros filmes que incluso pudieran ser mejores. Quizá no lo fueran, pero podrían gustarle más.

Una de estas películas fue La teoría del todo, esa que narra parte de la vida de Stephen Hawking. Como algunos se imaginarán, mi madre no tenía ni idea de quién era este admirable hombre ni de su legado. La película le encantó, por lo que fue a verla otras dos o tres veces, cosa que en cierta manera le sirve porque no es alguien que ponga atención a esas cosas.

El filme le encantó a pesar de que Hawking desprecia claramente la religión y la excluye de una vida dedicada a la ciencia. Desde esta perspectiva, para mi madre Hawking era un hombre soberbio que creyó estar por encima de dios, tan vanidoso que creyó tener más conocimiento que "nuestro padre".

Pocos días después de que Hawking muriera comimos con una amiga de mi madre. El tema sobre su muerte tenía que salir, porque era demasiado reciente y porque se había hablado antes sobre los óscares. 

"Pero antes de morir se retractó y aceptó la existencia de dios, ¿verdad?" dijo la amiga de mi madre dirigiéndose a mí y esperando mi confirmación. Por supuesto que le dije que no, aunque eso quisieran todos los católicos.


jueves, 29 de marzo de 2018

de la muerte


No sé, quizá a la hora de la hora de mi muerte, cuando esté cerca de ver a la huesuda cara a cara también me quiebre y pida que me traigan un sacerdote y recen por mí. Veo eso como algo imposible, imposible en este momento en que me limito a mirar a la muerte como a una compañera cercana que siempre está por ahí, pero a la que se evita, por costumbre aprendida, a mirar a la cara: no vaya a ser que le des tentación.

De nada se tiene certeza hasta que se le enfrenta. Desde la mujer ante el necio seductor que se presume como el mejor amante hasta cómo reaccionaremos ante la muerte del ser amado. La razón obedece al ego más que a nuestra esencia, y hablar a toro pasado sigue siendo tan sencillo.

Recuerdo que en Truman (que sigue siendo una ficción) el personaje de Ricardo Darín, famoso ateo, dice que ante la inminente muerte ha dejado su ideología de toda la vida y se ha aferrado a ese dios al que tanto había despreciado. Su gran amigo no se lo cree, pero el miedo no anda en burro, dicen por acá.

Por más librepensador que me crea no sé que pensaré ni sentiré en esos momentos, en caso de tener que enfrentarme a ellos; porque podría morir de súbito y nada de esto importará.


O podría también morir con una buena broma: y pedir no uno, sino dos sacerdotes. Para morir como Cristo, entre dos ladrones. Sería una buena puntada.

lunes, 26 de marzo de 2018

Aleteos inmortales




Pero hagas lo que hagas, prohibido el sincericidio, dijo tomando mi brazo y mirándome. La cara de desconcierto que he de haber puesto la animó a explicarme a qué se refería. No puedes ir por la vida abriéndole tus entrañas a cualquier tipa que muestra un poco de amabilidad hacia ti. Ya te he dicho que tu mirada a pesar de su tristeza tiene un algo de dulzura, se ve de lejos que eres buen tipo, así que no es complicado que una mujer sin piedras en el camino decida obsequiarte una sonrisa por pura amabilidad. Pero no puedes encontrar a alguien y pretender mostrarle tu verdadera persona con un afán seductor: la víctima que busca simpatía. Recuerda, todo lo que se cuenta de la verdad es pura mierda en el afán pendejo de que los niños no le mientan a sus padres. Lo sé bien, de eso hemos platicado bastante, pienso para mí.

No soy tan ingenuo. Me mira incrédula, esbozando una bella mueca sonriente. Sí… lo soy, digo sonriendo mientras volteo mis ojos hacia arriba casi sacando el iris de lo visible del ojo, pero no tanto. No voy por la vida contándole mi intimidad a cualquier mujer de sonrisa linda. Tampoco exageres. No exageres tú, sentenció firme. Te conozco cabrón. Te es tan fácil armar historias de amor ante cualquier indicio sólo visto por ti.

Vamos, estamos de acuerdo en que no puede uno andar pensando en enamorar a alguien fingiendo ser quien no eres, dándotelas de lo que sea que creas que impresionará a tu prospecto. En eso no hay vuelta de hoja. Pero una cosa es ser quien eres y otra muy distinta es cometer sincericidio; continuó diciendo mi querida amiga.

Ya ves aquella gorda del haiga, cuánto se tardó en decirte que tenía un hijo. Si pendejas no somos. No quería echarte a correr antes de tiempo. Sé cuánto me quiere mi amiga, bueno, no sé exactamente cuánto pero sé que me quiere la cabrona. Algo así como yo la quiero a ella.

Me acuerdo bien de esa gorda (que no estaba gorda en sí, pero no era delgada), cuyos kilos abdominales nunca me hicieron ningún tipo de ruido en la cabeza; pero eso del haiga y el dijistes, venistes, trajistes, puta, eso sí me puso los pelos de punta. Quééééé, pensé, tratando de que mi sorpresa no cambiara mi expresión. ¡No mames! Donde me encuentre a algún amigo y a esta se le salga lo macuarro. Qué pinche vergüenza.

Lo más cagado del asunto de su expresión lingüística fue que una vez yo dije no recuerdo qué cosa y ella me corrigió alegremente, con la mano en la cintura: No se dice así, se dice así, me espetó en un tonito de maestra que quiere hacer entender a un niño medio tonto algo demasiado simple. Tampoco en ese momento interrumpí mi jeta sonriente, pero en mi interior estalló una irónica carcajada que me retumbó de más. Mira esta mujer: dice “ira” pero me está corrigiendo cómo debo de hablar. Ah chingá.

Obviamente le tenía que contar aquello a la Karlita. Tenía que burlarme de mi quizá futuro amor con algún cómplice. Compartimos lo burlones. No mames men, ¿te cae? Júralo. Entre la verdad de los hechos más mi magnificada y elocuente descripción mi amiga no paraba de reír y de soltar precisos dardos, el aderezo perfecto para la burla implacable en la que participábamos.

Lo que es la soledad mujer, le dije semanas más tarde a mi amiga. Ya estaba viéndome de novio con mi gorda del haiga. No mames, haiga sido como haiga sido, le hubiera dicho antes de cogérmela. Más carcajadas. Y es que salvo aquellos desperfectos en su expresión oral era una mujer agradable, soportable, con cierto atractivo que la soledad magnifica. Una mujer común, quizá demasiado. Aunque tenía otras cualidades orales dignas de tomar en cuenta, no la gran maravilla pero la soledad de nuevo hacía su parte.

Ya escribió mi vilipendiado amigo: confundimos amor con compañía en ese miedo idiota de vernos viejos y sin pareja, y escogemos con la cabeza lo que del corazón es. Pendejos que somos. Casi no se nos da.

Bromas aparte, esa inculta gorda –qué pena, ya siempre me refiero a ella así, a pesar de todo lo que le reñí a Karla sobre eso– me hizo caminar entre nubes un momento, algunos días. Porque aparte del maravilloso embrujo de una nueva persona interesada en ti y el embriagante postre de las primeras veces –cuando se te comienza a poner duro con sólo tomar su mano–, es jodidamente emocionante sentirte apreciado por alguien a quien también ves especial, con mayor o menor miopía.

Ahí estás como adolescente dejando que las mariposas aleteen y que tus calzones se ensucien, ahí estás pintando posibilidades y armando caminos hacia finales felices. Y aunque eres totalmente consciente de que es pura y llana calentura –la mancha de tus calzones es la prueba­– no piensas en ello, te dejas llevar, sabiendo que tras tocar su mano y acariciarla y entrelazarla a la tuya tocarás su cintura; que la abrazarás y la besarás en una rutina repetida que no aburre a nadie, y que tocarás y apretarás sus nalgas, retrasándolo un poco para que no piense que eres un vulgar calenturiento, aunque lo seas; y apretarás sus pechos entusiasmando tu erección, recorrerás toda su anatomía que quede al alcance de tus golosos tentáculos, esperando despertar su deseo, para acabar penetrándola y eyaculándole dentro, con cientos de caricias, besos, lamidas, mordidas, nalgadas y todo cuanto aparezca mientras en efecto le haces el amor. Un tipo de amor nutrido constante de soledad y fantasías onanistas.

Karla había dicho: abriéndole tus entrañas. Me gustó esa expresión. Pienso que el lugar donde esté albergada el alma será en las entrañas. Es que eso del alma suena tan lindo, así lo hemos disfrazado. Pero hay mucho más dentro para ver, para conocer y con lo que convivir. Almas atormentadas o apestosas, llenas de cadenas y cicatrices, muy distintas de lo que evocamos cuando escuchamos el sustantivo.

viernes, 23 de marzo de 2018

de cosas que se pegan

Parece que para los conservadores ignorantes o ignorantes conservadores (disculpen pero no puedo separar los adjetivos) la homosexualidad se contagia con mayor velocidad que un hongo en balneario en sábado de gloria.

No importará cuántas mujeres sexualizadas haya visto en su vida un niño: en las portadas de las revistas y el Sensacional de mercados, en la pantalla del televisor mientras le mira las piernas a las conductoras del programa de chismes que ve su madre o en las de cualquier dispositivo que le caiga en las manos, en los videos de reguetón y de otros tantos géneros o en los anuncios que quieren que vea; en las modelos que acompañan a los autos en Rápido y furioso hasta el infinito, en las edecanes de la lucha libre y en cada parejita de adolescentes calenturientos que se devoran a besos.

No importa cuántas referencias tenga de la mujer como objeto sexual y de deseo, ni cuántos ejemplos de parejas heterosexuales hayan cruzado su vista a lo largo de su vida. No. Resulta que en cuanto vea una pareja homosexual en la calle o en la tele, le van a dar ganas de volverse gay.

Curioso que no pase al revés. Que por más que el padre del niño gay le haya puesto videos eróticos y pornográficos y al alcanzar cierta edad lo haya arrastrado hasta el antro de encueradas para que le quitaran lo puto, nomás no se le quitó. Bueno, que ni con los rezos de la madre se pudo hacer algo por el pobre infeliz.

Lo que parece ser más contagioso es la estupidez.


martes, 20 de marzo de 2018

depósito lleno



Dentro de un bote lleno de utopías
donde están enterrados varios sueños
como ese de cobrar dando batazos
o aquel otro de fama por un filme.

Rincón de parasiempres arrumbados
y promesas quebradas doloridas,
un intacto perfume a amor platónico
junto a las vírgenes del desencanto.

Ahí tendrán que estar mis fantasías,
los castillos de naipes que he creado
las mentiras que visto de verdades;

lo que invento y me creo contra todo,
huecas y extrañas todas mis quimeras,
las que duermen tranquilas junto a mí.

A Erik González



Un soneto blanco (sin rima), con la mano de Morgana de guía. 

domingo, 18 de marzo de 2018

gente fea...





Tiene razón esa chica que ya no se ve tan chica (tiene más de treinta, incluso podría tener más de cuarenta, nunca he sido buena para calcular edades, y luego aquello de verla por tele, ¿será tan distinto de verla en realidad?), eso hace que me inspire confianza (su edad) y le crea lo que dice, independientemente de lo graciosa y hábil que es para estandopear, para hablar. Además es guapa (a mi parecer) y tiene buen cuerpo, delgada, con todo donde debe estar, o al menos se lo acomoda bien. La verdad es que una fea o gorda hablando mal de los hombres o haciendo bromas de sexo me suena más a cuento de hadas que a algo que tenga que ver con la realidad.

El mundo está lleno de gente fea que coge mal. Eso es lo que la graciosa y atractiva mujer ha dicho. Esa es la verdad que muchísimos hombres no quisieran escuchar jamás.

Dicen que perro que ladra no muerde. Así parece ser con los hombres que alardean de ser los grandes amantes. Todas sus proezas se quedan en palabras y cuentos para sus amigos que seguro cuentan historias parecidas. Mi abuela decía que el gato más menso pega el brinco más alto, o podríamos decir que tiene la lengua más larga si recuerdo al tímido Ricardo y los gritos que me hizo pegar. Por más que intenté reprimirlos no pude, dios, no había sentido eso con nadie, chale, ni con ese hombre al que creí amar, y digo creí porque estaba completamente convencida de que así era, pero ahora ya no sé, ya no sé si eso era… si acaso era algo cercano al amor, o más cerca del tengo novio y no estoy sola que le restriegas a las solteras. No sé.

Debe ser que la soledad hace que magnifiquemos todo: las sensaciones, los deseos, que agigantemos una sonrisa en el colectivo pensando de inmediato en la posibilidad de un amor bonito así si no tiene ni gota de realeza en la hemoglobina el agradable tipo que nos sonrió. Porque los príncipes azules, o de cualquier otro color, son los peores, detrás de la galantería desparramada está el mismo esperpento que sólo te quiere penetrar e irse a buscar otra. 

Aquel que se vende como diferente a los demás es del que tendrías que cuidarte más, mucho más.


y sí encontré el video: