Ni una menos



Mi México es –sigue siendo– un país machista. Te das cuenta en el trato con la gente, cuando escuchas hablar a las personas; sea en su casa, en el metro o en la fila para el trámite gubernamental. No cuando hablan de cómo debería ser el mundo, de las cosas buenas de la vida y de que deberíamos vivir cada día como si fuera el último. Éstas pláticas viven en lo políticamente correcto y los lugares comunes. No son reflejo de la verdad.

La vida sexual de una persona sigue estando dividida entre el cabrón y la zorra, la cabrona no existe, muta en puta en automático. Pero depende el eufemismo.

Un machismo amamantado por las todavía “abnegadas” madres, que se niegan a cambiar la tradición. Que se indignan si su hijo ayuda a su mujer cotidianamente en las labores hogareñas, pero que secretamente desean que el desobligado yerno fuera igual, igual de acomedido. Y que no hubiera salido “pegalón”, porque, “pues ni modo, es tu marido y lo tienes que aguantar, piensa en tus hijos”.

El clamor de moda es “Ni una menos”. Por desgracia, todas las manifestaciones –en físico o virtual– de poco servirán, se trata de un asunto de educación, de lo que se mama en casa, de lo que vemos y escuchamos todos los días.

Sería lindo un mundo donde no existieran seres abusados. Sean mujeres, hombres, niños o animales.


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