viernes, 24 de octubre de 2014

de narices y otras cosas


Hace algunos años, en un cumpleaños de mi hermana, una de sus amigas que es cirujano plástico, le dijo a mi madre que si no querría yo operarme la nariz. La verdad es que no sé cómo se lo habrá planteado: si le sugirió que mi nariz se vería mejor “arreglada”, o si acaso le habrá dicho que con una nariz tan fea, lo más conveniente sería que ella me la corrigiera; por un precio, supongo, más económico, ya que es amiga de la familia.

La noticia me hizo mucha gracia. Órale, o sea que necesito un trabajito en la nariz. Y no había reparado en esto que ahora contaré, y que hace que el episodio sea aún más hilarante: Cuando tenía unos 6 años, mi madre me decía que mi nariz era chatita, por lo que era conveniente que tratara yo de ponerla más presentable, así que me dijo que cada que pudiera, la levantara con mi dedo índice; si me esmeraba, y lo hacía las suficientes veces, podría boicotear a la naturaleza, y cambiar mi aspecto nasal.

No sé a ciencia cierta cuánto tiempo lo habré hecho, eso de respingar mi nariz con el dedo, pero hay varias fotos en donde aparezco haciéndolo: fotografías tomadas por mi madre, y yo, mostrándole que soy obediente y que hago lo que me pidió; si ella desea que mi nariz sea diferente, yo lo hago, que al fin todavía era niño, un niño obediente.

Pero lo cierto es, que el origen de estas líneas, es la nuevamente célebre Renee Zellweger, que ha modificado por completo su fisonomía. Si no me dicen que es ella la de la foto, no la reconozco. La verdad me derrumba el mito de Bridget Jones, el de la gordibuena que a pesar de tener kilos de más -en lo que respecta al estándar oficial-, encuentra la felicidad con el hombre “casi ideal”, y no sólo eso, también se la pasó muy divertida encamándose con el galán de la cuadra.

Yo también me enamoré de ella en Toby McWhire, de esa rubia fiel, que se quedó contigo a pesar de que estabas al borde del precipicio. Pero ya lo dijo el príncipe: el amor acaba. Y al parecer el amor propio también. O seguramente el equivocado soy yo, y más bien, surgió el amor propio, que le susurró tenaz: ¿seguirás viendo cada mañana en el espejo este horrible rostro que no te gusta? Y un buen día se decidió.


Pero el pez por la boca muere, en este caso por los dedos, y quién sabe, qué tal que en unos años acabo con una buena cirugía. Habrá que ver.