viernes, 27 de febrero de 2015

Besar a alguien por vez primera...


Besar a alguien por primera vez, mirarte en sus ojos que parecen ser igual de felices que los tuyos, tocar su cuerpo, acariciarlo con la mezcla exacta de ternura y pasión, abrazarte a su cintura y no pensar en nada más, porque nada más importa. Pasar más tiempo en sus brazos, compartiendo saliva en besos interminables, que hablando, ya habrá tiempo para hablar, para pelear también. La primera vez que la desnudas y un pequeño dejo de vergüenza embellece un poco más su rostro, esa timidez que te muestra a la niña que vive dentro todavía para fortuna tuya, para fortuna de los dos. Tu boca sedienta de dejar constancia de que toda su anatomía es venerada, tus manos llenas de caricias inacabables, recorriéndola, conociéndola, amándola. Ese deseo irremovible por hacer y hacerse y volver una y otra y una vez más a hacerse el amor. Todos los días, todas las veces posibles.

Pero la rutina espera en el umbral de la puerta, paciente y confianzuda. La primera vez se oxida pronto, a veces demasiado. Cuando hay suerte y empatía se extiende un poco más, pero igual se opaca, no igual, no de la misma manera, pero perderá su brillo. Los juguetes nuevos, motivo de una dicha indescriptible, meses después conviven arrumbados con polvo y bichos, han sido remplazados. No es el caso. Una mujer no es un juguete, a pesar de lo bien que lo puede uno pasar en su compañía. Lo lúdico está presente en ambos casos. Y cuando te ves con ella envejeciendo juntos, compartiendo una vida a su lado, nunca piensas en un reemplazo, pero la novedad, el delicioso escalofrío del primer beso y la primera vez que tomaste su mano o su cintura, ya no podrán repetirse, archivadas se encuentran –si bien les va– en un privilegiado lugar de nuestros recuerdos, junto a todas esas cosas que desearíamos volver a vivir.