jueves, 8 de noviembre de 2018

Una rapsodia bohemia



La verdad es que me gustó mucho la película sobre esta parte de la vida de Freddy Mercury, la disfruté bastante. Creo que al menos la mitad de la película tuve mis pies inquietos siguiendo el ritmo de la música o del bajo del señor Deacon. Me abstuve de cantar, más por lo molesto que a mí me resultaría que alguien más lo hiciera que por otra cosa, como vergüenza; salvo al final, cuando llega Don´t stop me now (mi favorita de Queen) y ya ha terminado la película.

Luego, más tarde, me entero de que hay una especie de consternaciónmundialhipsterhistérica que está inconforme con lo que consideran una tapadera sobre la peculiar vida sexual del señor Mercury, por no decir extremadamente promiscua. Algo que no es noticia para nadie que sepa un poco sobre el fantástico (a mí me lo parece) grupo británico. 

Me considero todo lo opuesto a mojigato y no veo por ningún lado censura o rubor para decir que mister Freddy era un homosexual sin tabúes. 

No sé si esperaban verlo en cuatro patas mientras lo penetraban entre ocho tipos o algún tipo de eyaculación múltiple. La verdad no sé qué querían ver. No sé si el gore ha superado al buen gusto y a la sutileza o si soy yo, que me he vuelto un conservador de closet (haciendo referencia a los closets). No sé si es sólo esa necesidad o necedad de estar en contra de todo y de señalar que nada es como debiera ser; que a todo le ha faltado algo.

No sé. Pero creo que un intercambio de miradas llenas de deseo sexual fuera de un baño público me dice todo lo que ahí dentro pudo haber pasado. O que me puedo imaginar la clase de depravación que se vivió en una mansión llena de botellas, de restos de cocaína y de homosexuales.

No sé si me he suavizado, pero a mí me encantó.

“somos cuatro inadaptados sin nada en común, que tocan para otros inadaptados, para los marginados al fondo del salón, que saben que no pertenecen a ese lugar, pero nosotros les pertenecemos a ellos”.