sábado, 3 de noviembre de 2018

Recuerdos imborrables

Quizá la primer película que me impactó, que me habrá hecho abrir los ojos de más en más de una ocasión fue Excalibur. Yo tendría unos ocho años cuando fuimos con mis padres al videoclub que formaba parte de la Comercial Mexicana (un supermercado ya desaparecido); cuando la efervescencia de los videoclubs nos maravillaban: tantas opciones a la mano para escoger la preferida. Luego ya no hubo que ir tan lejos por una película, en el pueblo se instalaron varios locales de renta de videos Beta y VHS. 

Me estoy desviando del lugar al que quiero llegar con estas letras entusiastas pero es que he destapado una feliz cloaca cerebral que me ha inundado de recuerdos la mente. Qué días aquellos. 

Imagino que tendríamos algún tipo de entusiasmo por los caballeros medievales y quizá la mesa redonda, las justas a caballo y las batallas con héroes fantásticos cuando entre los pasillos de aquel mágico lugar encontramos esa película de la mítica espada y el legendario rey. No recuerdo nada de ello pero sí que la rentamos ahí.

Pasó que ese fin de semana de la renta de Excalibur mis padres asistirían a una fiesta en la tarde. Si yo tenía ocho mi hermana tenía diez, así que no había problema en dejarnos a los tres solos en casa con el refri con comida y la película dispuesta.

Y llegó el primer impacto. Cuando el padre de Arturo mediante magia se hace pasar por otro hombre para tener sexo con la mujer que deseaba, y tras esa jugarreta nacería Arturo, el heredero de la espada. Fue la primera escena de sexo que vi, y de hecho la primera vez que estuve en contacto con el coito. Porque la escena no es nada sutil. Como casi todo niño de esa edad sabía que una mujer y un hombre debían tener un encuentro sexual para procrear pero no sabía nada de la forma en que se hacía aquello.

Esa es una película bastante larga, tediosa en la madurez de Arturo y su búsqueda del Santo grial, por supuesto que no apta para niños, pero su fin había sido encontrar algo que pudiéramos ver mientras mis padres iban a su compromiso. 

Pero la gran sorpresa del filme no fue ese primer encuentro sexual como algunos lectores ya pensarían. Lo que me movió el alma durante la proyección fue estar en contacto por vez primera con Carmina Burana de la que conocí el nombre hasta muchos años después. Escuchar esa portentosa obra fue un verdadero shock, un encuentro que removió todas mis fibras sensibles, o algo así. 

Y es que música e imágenes hacen una maravillosa mancuerna. Será quizá una de las razones por las que amo el cine.

Me hubiera gustado ver la reacción de mi madre cuando vio aquella escena sexual y de inmediato pensó en sus hijitos, jajajaja. Debió ser divertido.