miércoles, 11 de septiembre de 2013

el valor de una disculpa


“-Perdón cabrón. Fue sin querer.
-¿Sin querer? Sin querer pendejo, le picas el ojo a una vieja, no te la coges.”

Y tu mamá también. Alfonso Cuarón.


Sobre el nulo valor de una disculpa.

No sé cuánto valga una disculpa. Una disculpa sincera. Una disculpa de corazón. Para mí no vale nada. No vale un carajo. Creo que es mas el hecho de cumplir con la conducta social aceptada, con lo que se espera de ti, si has ofendido a alguien. Y ni hablemos de una disculpa obligada, hecha sólo por cumplir con ese trámite, sin ningún tipo de arrepentimiento.

Me explico. No digo que no deseo escuchar disculpas – de hecho hay algunas que esperaba y nunca llegaron –, o que sea yo una persona que guarda rencores y espera venganzas. Me refiero a que como dice el buen Pepe Segarra, cuando el manager cambia al pitcher después de que le dan la vuelta al marcador: el daño ya está hecho. Y así sean las disculpas más sentidas y más sinceras, lo que hemos hecho ya no tiene remedio. Por más arrepentidos que nos sintamos, el daño a esa persona no tiene arreglo. Lo que dijimos, hicimos, dejamos de hacer: no se borra, si acaso se intenta tapar, pero ahí sigue; a veces nunca se va.

Y hay gente que además de todo exige: ¡Qué más quieres que haga si ya dije que lo siento! Si ya me disculpé. ¡Cuántas veces quieres que diga que lo siento! La verdad es que eso no tiene importancia.

O acaso sirven de algo:

Las disculpas papales a niños violados por sacerdotes en todo el mundo.
La disculpa de quien sin querer mata al hijo de alguien.
La disculpa del conyugue infiel.
La disculpa tras palabras hirientes y malintencionadas.
La tardía y absurda disculpa del padre que abandonó a su hijo, 20 años después.
O cualquier otra.

Sólo a eso me refiero.