viernes, 6 de septiembre de 2013

Recuerdos de un excatólico I




Me crié en una familia católica. Católica normal – si es que decir esto es válido-, me refiero a que mi familia nunca ha sido fanática: ni partidaria de ir a chalma o de participar en las mayordomías, ni ninguna de esas cosas que hacen algunos católicos, no sé con qué fin.

A raíz de que mi hermana y yo hicimos nuestra primera comunión, en la familia comenzamos a asistir a misa todos los domingos, ya que en el catecismo nos enseñaron que era pecado no hacerlo, pecado mortal. En el catecismo también aprendimos que Dios estaba en todas partes, ya que era omnipresente, además de omnipotente (había creado todo el mundo en sólo 7 días). Así que no importaba lo mucho que nos escondiéramos para hacer nuestras travesuras, Dios nos veía igual.

Dios también sabía que éramos débiles y por eso tendíamos a pecar. Incluso pecados mortales. Pero como además de las cualidades antes mencionadas, también era un Dios misericordioso - que incluso había sacrificado a su único hijo por nosotros – nos otorgaba el perdón de nuestros pecados, a través de la confesión. Que consistía en contarle nuestras faltas al sacerdote (menos mal que en ese entonces no se sabía nada aún del padre Maciel y sus secuaces, de lo contrario no sé si nos dejarían encerrarnos en la sacristía con el padre para que oyera nuestra confesión), él con el poder que le había otorgado Dios en persona, podía absolvernos de nuestros horribles pecados, la única condición era rezar un poco. Tres Aves Marías, o tres padresnuestros.

Yo tenía algunas dudas acerca de Dios. Porque por un lado nos aseguraban que era misericordioso y bueno, pero en otras ocasiones era un Dios vengativo. Tengo muy clavada en mi memoria una frase, no sé si de algún evangelio, que dice: “ahí será el llanto y la desesperación”, se refiere por supuesto a cuando estás en el infierno, en el fuego eterno. De ahí venían mis dudas acerca de la verdadera naturaleza de Dios.

Dudas que debía quitar de mi mente de inmediato, ya que Dios se daba cuenta de todo. Además de que pecábamos de pensamiento, palabra, obra y omisión. Y aunque yo no sabía qué clase de pecado era el que estaba cometiendo con mis pensamientos - pecado mortal o pecado venial -, sí me espantaba un poco el ser descubierto infraganti.

También me preguntaba muchas veces, cómo era posible que Dios, siendo tan poderoso como era, no fuera el único dios del mundo. Cómo podía ser que hubieran más dioses. Cómo podía haber gente tan tonta, que no sabía sobre todas las maravillas que hacía nuestro Dios, y adoraban a otros dioses; entre otras cosas, condenándose al infierno.