viernes, 22 de mayo de 2020

inconciencias

Resulta, ya muchos de ustedes lo habrán notado, que soy una persona en extremo sensible. Fue una de las primeras cosas que me hizo notar el terapeuta: ¿estás consciente de los sensible que eres? Le respondí que sí, y que no era una parte de mí que me hiciera sentir particularmente orgulloso, es más, en muchas ocasiones me resulta molesto. Pasa que no me parece una cualidad en un mundo lleno de víboras.

Desde aquel día al día de hoy han pasado bastantes semanas (tres años al menos), y algo he aprendido, y he podido ver muchísimas cosas más sobre mí. Pero entre esa necedad y maleducación con la que uno carga, sigues anclado a tus dogmas personales, así que el asunto sobre mi abundante sensibilidad se ha apoderado del diván algunas veces más. Entonces, una vez le pregunté a Erik que para qué servía ser así, que a veces me parecía más un defecto que otra cosa. Su respuesta fue clara y contundente: te sirve a ti, y con eso es suficiente.

Creo que lo que venía yo a relatar aquí era algo que no tiene tanto que ver con lo que arriba he dicho. Porque quería hablar de una cierta conciencia mía con respecto a los demás, pero en particular a mi madre y su estado actual. Pero bueno, de alguna manera lo he relacionado con mi rara cualidad.

Pasa que si mi madre está intentando conciliar el sueño o ya se ha podido quedar dormida, intento ser absolutamente silencioso, tanto que a veces me resulta demasiado ruidoso el sonido que hago al pasar la página del libro que leo o el ruido de la silla cuando me acomodo. Me levanto despacio, cuidadoso, camino emulando esas madrugadoras llegadas con cierta ebriedad, también tratando de evitar la vigilia materna; abro la puerta despacio, girando la perilla tan lento como puedo. Me he dado cuenta de todo el ruido que hace una puerta cuando la cierran. 

Y entonces me recontracaga que todos los demás, todos a excepción de mi padre, sean tan jodidamente inconscientes en cuanto a todo el ruido que hacen en todo lo que hacen. Me lleva a preguntarme si son sordos o son pendejos, seguro un tanto de ambos, con inclinación hacia lo segundo. Caminan sin cuidado, abren las puertas sin cuidado, y todavía preguntan los imbéciles, luego de haber visto que así es, si mi madre duerme. Y claro, lo preguntan casi gritando los desconsiderados. Y siempre la despiertan. Y no tenían que venir a hacer su estúpida pregunta, ya lo habían hecho al entrar a la casa y cerrar la puerta como si quisieran que toda la cuadra sepa que han entrado.

Luego dirán que soy un culero que los ve feo. Pero de qué otra forma podría mirarlos. Y luego mi fea mirada.

Luego, vuelvo a pensar sobre lo conveniente del cuidado de mis movimientos. Para qué, si los demás son tan escandalosos.


1 comentario:

  1. La sensibilidad de uno se nota mucho más ante la insensibilidad de los demás. La gente, por lo general, va a su rollo, sin preocuparse de si lo que hacen puede molestar a los demás.
    Ser extemadamente sensible no es, efectivamente, una gran virtud, tampoco un gran defecto, pero hace sufrir. Es exactamente igual al perfeccionismo. El perfeccionista sufre al ver lo defectuoso que es el mundo.
    Un abrazo.

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