jueves, 14 de abril de 2016

de nosotros los "normales"...



Creo que siempre buscamos al que es diferente a nosotros para poder señalarlo, para apuntarlo como el espécimen raro, al que hay que joder, porque el asunto es joder a alguien. Al tipo que es muy alto o al que es demasiado bajo, al obeso que camina con trabajos y al que está casi en los huesos; al que es muy tonto pero también, por qué no, al que es demasiado listo, que a nadie nos gustan los sabelotodos: esos listillos preferidos de los profesores, y sus madres que los presumen y sus tías que también los presumen como propios.

Tenemos que sentirnos superiores a alguien en algún lugar, debemos ser parte del grupo dominante al menos por un tiempo, ser grises y opacos para no destacar ni para bien ni para mal, no llamar la atención para no generar ni aversión ni asco, tampoco envidia. Ser parte del montón de los comunes, tan mal llamados “los normales”, que en ocasiones son tan anormales que dan miedo.

Es tan gracioso –pero de esa risa que duele mientras tu mandíbula trabaja– ver como segregamos a esa persona diferente con la que estamos en contacto: apartándola, señalándola, designándola con nombres que sonrojarían a nuestras madres.

Pero cuando el cine nos trae precisamente un personaje así, casi una calca del que maltratamos, siempre nos ponemos de su lado, y nos compadecemos y nos sentimos mal y maldecimos a los malandrines que le hacen la vida complicadísima. Y sufrimos con él, incluso, lloramos a veces. Al final de los filmes, sonreímos con la victoria de ese ser diferente que se sobrepuso a todos, nos alegramos con él. O lamentamos su muerte injusta en caso de que así haya sido.

La vida es mejor en el cine. Ahí siempre elegimos el lado correcto de la historia.