martes, 5 de abril de 2016

Recuerdos de un excatólico V


En el periodo de dudas existenciales que viví, en el que comencé y seguí cuestionándome la existencia de dios –el dios de los católicos, que es el que me enseñaron a adorar– en ocasiones me recriminaba la pérdida y/o el cuestionamiento de los principios que se me inculcaron desde pequeño. Cómo era posible que “sabiendo” que era hijo de un dios inmenso y poderoso, amoroso como ninguno, tuviera el atrevimiento de cuestionarme su existencia.

Eran pensamientos molestos que merodeaban por mi cabeza. Una lógica en apariencia lúcida en contra de los dogmas aprendidos y repetidos una y otra y otra vez. Mi pensamiento propio confrontado al impuesto por mis padres y el contexto en que crecí.

En algún momento tuve una idea. El pensamiento de algo que me satisfizo y me dio certeza lógica y espiritual. Podía dudar sin considerarme un sacrílego:

Dios me dio la inteligencia que poseo (y todo lo demás), mediante esta inteligencia es que me cuestiono todo lo que se me ha dicho con respecto a él, incluso su existencia. Así que es gracias a él, que yo dudo y que pienso todo lo que da vueltas en mi cabeza. Si quería que nos tragáramos el cuento completo sin protestar, debió hacernos estúpidos. Paradójico el asunto.

Este argumento luego mutó en un simple y contundente dios no existe. Al menos no el dios que me presentaron a mí.