Hay una enorme diferencia entre el comportamiento virtual de
hombres y mujeres solos. A pesar de la farsa que se representa, los alardes de
la mujer sobre su capacidad para vivir sin un hombre tienen mucho de verdad. Sí
quieren encontrar un hombre sin mucho de príncipe ni de caballero pero que
tampoco sea despreciablemente vulgar u obsceno. Lo buscan, incluso. La chica
que se jacta de no necesitar un hombre para ser feliz es la que lo anhela; la
feliz sólo es feliz, no necesita teatros. Algunas se aferran todavía al
encuentro cósmico con un hombre fiel: no puede ser que todos los hombres sean
iguales. Otras más experimentadas o quizá con hermanos o un padre promiscuo,
saben que ese hombre no existe, pero que existe la discreción y el respeto por
quien duerme contigo y soporta toda tu mierda; de quien te prepara ese té cura
diarreas. Desde una discreta mirada a la despampanante rubia que se les cruza
en la plaza hasta la aventura con la caderona compañera del trabajo;
tristemente las tentaciones sólo se quitan cediendo a ellas y la fuerza de
voluntad sólo se le vende en libros a ignorantes y necesitados. Pero, que ponga
cuidado en que no te enteres, se aprecia. Que cuide que su traición no se
convierta en cruel chisme ni arma rastrera en el hormonal pleito con la cuñada,
se valora. Qué triste es darte cuenta que eras la única que no sabía, que todos
murmuraban quién sabe cuántas cosas a tus espaldas; qué jodidamente triste
saber que quien dijo amarte ha dado motivo para que los más imaginativos puedan
inventar morbosas historias para tener un poquito de atención. Y herirte de
paso.
Tantos años de doctrina machista heredada es difícil de combatir,
seguro imposible de extirpar. Su metástasis tiene copados muchos niveles del
pensamiento, es dueña de fantasías y prejuicios, fue alimentada devotamente en
dosis constantes. Cuántas muñecas como ensayo de la anhelada maternidad se
alimentaron y se les llevó a la escuelita, cuántos corazones fueron dibujados
en cientos de libretas y libros y cuanta hoja de papel apareciera. Cuántas
formas tan distintas de cocinar al alma gemela se han tragado gustosas,
saboreadas, paladeadas y eructadas. Cuántas veces te has soñado sin cerrar los
ojos en el altar junto al hombre de tu vida, viendo claro como responde sí con
lágrimas en los ojos frente a toda tu familia; puedes incluso ver el orgullo y
la felicidad en el rostro de tus padres.
Si hablamos con sinceridad, todas esas mujeres independientes que
presumen las virtudes de su soltería y lo realizadas que se sienten en ese
supuesto estado de libertad absoluta, sí quisieran una pareja que las
acompañara a devolverle una sonrisa a la vida, un hombre al cual amar y que las
ame, que las acepte y las mime de vez en cuando. ¿Quién no querría algo así? También
con sinceridad hay que decir que sí pueden ser felices solas. Incluso muchas lo
son, aunque sea de a ratos, que ya es bastante. Sin un cavernícola encima que
se crea su dueño, y el amo y señor de sus decisiones. Como a veces pareciera
que casi todos son.
El ejemplo está en los viejos viudos. En cómo afrontan la vida una
mujer y un hombre de más de cincuenta que se han quedado solos de repente. De
cuarenta y tantos incluso. A pesar de la consigna del dolor que no se cansa ni
se va y que parece acumularse más que el polvo, una mujer sigue su vida,
tratando de acostumbrarse a la terrible ausencia del amado, del compañero, del
cómplice. No necesitaba a nadie pero tuvo la suerte de vivir con él 20, 30 o 40
años. Y lloraron juntos y se rieron juntos. Y una vida amable le evitó a él
tener que afrontar su inutilidad sin su dedicada compañera, sin la que le daba
todo a cambio de casi nada, porque así aprendió y porque era su gusto. Será por
eso que las mujeres en promedio viven más que los hombres. Para poder ser esa
madre nunca prescindible.
Pero, cuántos viejos quieren reemplazar a esa especial mujer que
supo soportar todas sus manías y deficiencias con otra mujer. Lo más pronto
posible. Con una mujer joven –mucho más joven que ellos– los más ingenuos.
Cuántos pueden apreciar por fin lo inabarcable de su inutilidad sumado a la
tristeza por su “vieja”, su “gorda”, su amor; sin la que les daba tanto a
cambio de tan poco. Quien les dio hijos y los educó. Qué vale un hombre sin la
compañera que la vida le obsequió. ¿Cuántos hombres viudos solos conoces que
consideres relativamente felices?
Recuerdo al vecino de la casa azul casi en la esquina. Tenía su
esposa y su amante, una amante ya de bastantes años. Desconozco si la esposa
habrá sabido de la doble vida amorosa de su señor. Muere la esposa y tras un
pequeñísimo luto llega a vivir con él la antes prohibida mujer. Pero la vida
conyugal a esta le duró menos que la obligada congoja a él, y quizá ella ni siquiera
haya terminado de desempacar todas sus cosas antes de salir de allí,
despavorida. “Que lo aguante su madre” habrá dicho al salir la ilusa mujer.
Cómo va a ser igual tenerlo de a ratitos y de buenas que verlo diario y con
todas sus caras. Las caras malas se multiplican y las buenas con el tiempo se
resisten a salir, y una sonrisa llena de arrugas pierde esa magia que dicen que
tiene, una sonrisa fingida queda descubierta tras la inexacta máscara. El
hombre que creyó a esa mujer segura incluso dejó de aguantarse los pedos y a
molestarse por el mal olor dejado en el baño; toda esa peste sumada al
constante tufillo de la diaria convivencia resulta insufrible.
Unas reflexiones muy acertadas, Gildo. También las mujeres tenemos tentaciones, algunas las subliman, otras no. Los llamados del cuerpo existen y se multiplican, porque las tentaciones crecen como yuyos.
ResponderEliminarTodavía no estamos preparados para aceptar la infidelidad de un modo natural. Los hombres tampoco.
Un enorme abrazo, querido amigo.
Los hombres menos Mire, creo que tenemos la cabeza llena con esas telarañas de la santa y la puta, la esposa o amiga santa pero la amiguita o la esposa de alguien más sin recatos sexuales.
EliminarMe alegra que te gustara mi querida amiga. Te abrazo muy fuerte. Beeesos.