lunes, 9 de enero de 2017

entre pláticas


Yo hablo mucho con Gil. Platicamos sobre muchas cosas. Sobre cosas que le cuento o sobre cosas de las que él me pregunta. Trato en lo posible de no mentirle ni de maquillarle la verdad con mentiras absurdas, aunque no siempre me es posible, a veces porque no lo creo conveniente y a veces porque los prejuicios se me atoran y entorpecen mis explicaciones.

También le doy muchas recomendaciones y le explico cosas que creo que le será útil saber –cosas que hubiera querido que mi padre me dijera–, lo prevengo sobre cosas que se pueden evitar con algo de atención. Y a veces sólo me escucha, no responde nada, no pregunta nada, se queda quieto escuchando los discursos de su padre; y a veces me da la impresión de que lo que está entrando por un oído le saldrá por el otro instantes después.

Pero un día que se quedó en la casa su primo Arón, a la hora en que los mandé a bañar –a ambos, como a la gran mayoría de los niños no les gusta bañarse, menos si tienen buena compañía para jugar sin parar–, cuando ya habían terminado su baño, escuché cómo Gil prevenía a su primo sobre la inconveniencia de jugar mientras estaban ahí, mojados todavía. Le dijo que no era bueno hacerlo porque se podían caer y lastimar, que yo de chico me había caído en el baño y mi brazo se había roto.

La verdad es que me sentí muy satisfecho escuchando a Gil. Y disipé todas mis dudas sobre la atención que le pone a mis a veces aburridos discursos de padre preocupado.