domingo, 29 de enero de 2017

Esperando la pizza



Levanté la mirada y ahí estaba, parada frente al mostrador, esperando que la atendieran. No sé cuánto tiempo llevaba ahí esperando, no me di cuenta cuando entró. La miré en un plano general pero de inmediato hice el close up a sus nalgas. Eran unas preciosas nalgas dentro de un pantalón de mezclilla en el que se veían maravillosas. Grandes y redondas, muy lindas. Y eso que su dueña traía puestos zapatos de piso, aun así se veían espectaculares. Dignas de la atención de cualquier hombre. Mientras seguía leyendo a Kerouak, levantaba la mirada para continuar mirando esas lindas posaderas. Hay cosas que deben ser admiradas, están dispuestas en el mundo para que nos tomemos unos segundos y las contemplemos, y sólo con eso seamos felices. Regresé los ojos a Kerouak y un rato después a ese pantalón con sus lindas inquilinas. Luego de hacerlo la dueña de esas impresionantes nalgas volteó. Me turbé un poco creyendo que volteaba a recriminarme con una mirada la mía tan persistente. No se volvió a verme a mí, miró a la calle, pero al hacerlo pude ver en sus ojos una tristeza enorme, una tristeza que no le cabía en la cara y que se le salía por los ojos, como siempre pasa. Por sus pequeños ojos tristes. 

Aunque quizá no estuviera triste, quizá sólo tiene ojos tristes como los míos. Y unas nalgas maravillosas.