miércoles, 26 de abril de 2017

¡play ball!



Ves a los padres de tus amigos ahí presentes. Entusiastas, apoyando, aun si la mayoría de las veces es un apoyo empalagoso que incomoda un poco al destinatario de las buenas vibras. Le gritan buenos augurios al niño que se aproxima a la caja de bateo, celebran con gritos incontrolables si es que pudo conectar la pelota, y proveen del consuelo necesario si el niño fue derrotado por el pitcher rival, sentenciando vehementes, que para la próxima vez si habrá suerte.

Así se comportan los padres de casi todos los niños, pero no los míos. Los míos viven a sólo pocas cuadras del campo de juego –que incluso podrían asistir caminando–, pero no van, nunca van.

Yo estoy tan atemorizado por mi padre que no pienso siquiera en pedirle que vaya a vernos a mi hermano a mí, porque además sus respuestas mudas son odiosas. Creo que alimentan el miedo. Nadie sabe a ciencia cierta qué significa el pequeño mugido que sale de su boca que no se abre: Sí, no, puede ser, deja veo, cómo chinga este escuincle. ¿Sólo dios sabrá?

Y todos esos niños me dan envidia. Mucha más esos que son poco talentosos para el juego y difícilmente batean un hit o juegan más de medio partido. Imagino las veces que podría chocar manos con mi padre si estuviera ahí y tuviera un poco del entusiasmo de esos otros padres, lo orgulloso que podría sentirse. Yo que no paso ni una entrada en la banca, yo que bateo de primero.

El único día que mi padre fue a vernos me puse tan nervioso por hacer las cosas bien y que se sintiera orgulloso de mí, que hice todo mal. Quizá por eso nunca volvió.