lunes, 9 de mayo de 2016

Pacto de silencio


Hubo un tiempo no hace tantos años, en que me mortificaba mucho el estar solo con mi padre sin decirnos nada mientras compartíamos el espacio de la cocina –o cualquier otro– que es el lugar donde comemos. Trataba de recordar algún chisme familiar que él desconociera para informárselo, o lo que era más sencillo, comentarle el resultado deportivo sobresaliente de los últimos días: que si Federer había vuelto a ganar o que si los Yankees seguían de líderes divisionales, si se avecinaba un vaqueros pielesrojas o cualquier otro hecho sobresaliente. El deporte es un gusto compartido que me heredó, en esas tardes ya lejanas de tenis o beisbol, de Navratilova y Valenzuela.

Ya hablé sobre la relación que tengo con mi padre, una relación con comunicación casi nula en la que nos ignoramos mutuamente por no tener nada que decirnos. Sólo viva en las ocasiones en que nos tenemos forzosamente que comunicar algo uno al otro.

Lo que pasó fue que me harté. Me harté de buscar algo que no existe entre nosotros. Porque si yo no sacaba el tema para conversar él permanecía mudo frente a mí, sin ninguna molestia, y ni siquiera eran conversaciones, sólo un intercambio de datos. Así que ahora el silencio es quien siempre está presente cuando compartimos espacio, un silencio que él abraza y que yo sé que no vale la pena romper. Igual a dos extraños que comparten barra en una tortería.

Creo que le pesa estar a solas conmigo, aunque pudiera serle indiferente. A quien le pesa es a mi madre por obvias razones. Pero así son las cosas.

Somos como los protagonistas de “El gran pez”, pero mi padre nunca ha contado historias fantásticas.