jueves, 29 de septiembre de 2016

una fiel compañera II


Cuando estaba en el último año del kínder y era el alumno consentido de mi profesora la seño Pili (además de ser un adorable y aplicado niño, ella había sido mi maestra en el primer año), quien para que quedara yo al frente de la fila nos formaba del más alto al más pequeño; tuve el primer indicio de que tenía un problema de dislexia, claro que no de esta forma, por su nombre, de eso fui consciente muchos años más tarde.

Ahí aprendí a escribir mi nombre. Pero la mayoría de las veces, escribía una e en vez de una g, escribiendo eildardo. Debo aclarar que esta primera e era una e grande, que en mi defensa, guarda una similitud con una G, sólo que al revés.

Luego, en primero de primaria tuve algunas cruces en un examen de matemáticas por colocar el 3 al revés, pero al principio no entendía el porqué, yo lo veía bien. Y en segundo año, escribí un resultado inverosímil en un ejercicio de recta numérica al invertir el orden de un número con dos cifras. De hecho, cuando me regresaron mi examen no daba crédito a la respuesta que anoté, no tenía ninguna lógica.

Pero en mi casa nadie habló de que tuviera un problema de dislexia o de alguna cosa parecida (o lo hablarían a escondidas, quién sabe). Sólo era algo gracioso que escribiera que me llamaba eildardo. De los errores en matemáticas no recuerdo si acaso se habrán enterado.

Y así, a mi distraída lectura debo sumar el disparatado sinsentido que a veces mi mente crea, y al regresar a esas letras ver divertido la realidad de lo que en mi mente formé. Es gracioso.


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martes, 27 de septiembre de 2016

una fiel compañera


Debo escribir sobre mi dislexia. Debo hacerlo porque es quien me acompaña siempre al escribir. La compañera presente, constante. La que no me abandona. Y mis textos no evidencian su presencia porque su mejor amiga es mi obsesividad, y ella siempre está dispuesta a limpiar los cochineros que su amiga deja. No importa cuántas veces haya querido escribir sin parar, escribir hasta que termine con la idea que hay en mi cabeza o con todas las nuevas tramas y subideas que me van llegando mientras tecleo, esta terca obsesividad regresa mi mirada para ver por qué el corrector del word me ha marcado algo en rojo; aunque, mirando de reojo, había ya notado la errónea colocación en las letras de varias de las palabras que escribí en las dos últimas líneas. Como digo, nunca se nota su ausencia.

Y para acabarla de chingar me distraigo con cualquier cosa. Carajo.


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viernes, 23 de septiembre de 2016

el tímido ciberdonjuan


Siempre he sido tímido, muy tímido. Poseo una vergüenza excesiva que raya en lo ridículo. Por más que analice una situación y sepa que sólo atreviéndome a hablarle a esa chica que me atrae o con la que podría tener algo con un poco de suerte, no soy capaz de ir hacia ella e iniciar una conversación, bueno, a veces no puedo ni siquiera mirarla si nuestros ojos se encuentran en tiempo y espacio.

Mi poca experiencia sexual está ligada íntimamente al consumo de alcohol. Estar muy ebrio y encontrar una fémina en similares circunstancias ha sido la única manera en que he podido probar unos labios de mujer o en que he terminado enredado entre las experimentadas sábanas de un hotelucho cercano. A veces no he tenido siquiera que pronunciar alguna propuesta o diálogo mediador, todo ha quedado resuelto por nuestros deseos sexuales libres de conciencias represoras.

Aunque como he dicho, mi experiencia sexual es bastante pobre. Esos alcoholizados encuentros no son algo frecuente. En muchas fiestas hay muy pocas chicas y la mayoría de las que están van acompañadas. Hay otras veces en que las amigas de la chica con la que te estás besuqueando tienen los ojos bien puestos sobre la momentánea pareja y no permitirán que salgas de ahí con ella. Enemigas primordiales del sexo casual, envidiosas de la suerte de su acompañante.

La aparición del internet y los chats han sido para mí y supongo que para un montón de gente como yo una bendición. La posibilidad de interactuar y ligar sin el temido encuentro cara a cara es maravilloso. A través de la computadora puedo decirle a una mujer piropos educados propios de admirables caballeros o proposiciones abiertamente sexuales.

Sólo se necesita un poco de paciencia y persistencia para adecuarse a los entresijos de la red. Para darse cuenta de cuáles son los lugares para encontrar mujeres solitarias o qué estrategias usar para hacerte amigo de un montón de chicas, y poco después, pasar al plano romántico sexual.

Pero después de ser un aceptable Donjuan virtual, me he convertido en un muchísimo más torpe conquistador en la realidad. La virtualidad ha terminado por hacerme un inútil completo en los encuentros reales.

Después de la última fiesta, debo volver al cibersexo. Eso ya lo domino.


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martes, 20 de septiembre de 2016

la historia de un fracaso



Escuché una historia sobre una aspirante a bailarina que pidió una audición a un gran artista cuando éste se encontraba de visita en su ciudad, para que le dijera si es que tenía facultades para la danza. Después de que presentó un pequeña rutina en la que mostró todas sus habilidades, el artista le dijo sin más que no servía para bailar. Por esta razón, la chica se frustró y no volvió a intentar bailar jamás en su vida, enterrando todos los sueños que tenía para el futuro.

Muchos años después, cuando la chica tenía casi cuarenta años, regresó al pueblo aquel artista que le destrozó los sueños; y ella, viendo la oportunidad, se armó de valor y lo encaró diciéndole que gracias a él, había dejado la danza para siempre.

El hombre la miró perplejo, y con toda la calma de que era capaz, le dijo que él siempre decía lo mismo a todos los que se acercaban a preguntarle eso, sin importar el talento que le mostraran. Pero si de verdad querían bailar, lo iban a hacer a pesar de lo que él dijera, cumplirían su anhelo contra cualquier adversidad.

La mujer se retiró completamente triste. Frustrada y molesta, pensando en todo lo que pudo haber hecho si ese hombre no le hubiera dicho aquello. Contemplando afligida los hubieras más bellos, que se habían extinguido ya.

La historia, es claro, va sobre el luchar contra todo con tal de alcanzar aquello que deseamos, sin importar que el mayor experto nos diga lo contrario. Sobre seguir los sueños a pesar de todo. Y toda esa mierda motivacional.

Hay gente terca, decidida y necia (como mi madre), que va en pos de un objetivo y no se detiene por nada. Generalmente personas con temperamento colérico. Pero también estamos otros que no somos así, que somos lo contrario. Personas que se desaniman a la menor provocación, que se deprimen, que ven todo en tonos grises, con la cabeza llena de peros. Personas de temperamento flemático o melancólico. Personas como la chica de la historia.

Qué diferente habría sido esa fábula si el afamado artista hubiera sido sincero, o si hubiera sido alguien que motiva en vez de alguien que reta y que se quiere hacer el listillo. Qué le costaba decirle, en caso de que así hubiera sido: “no eres tan buena como crees, pero si de verdad quieres hacerlo nunca te rindas. No dejes jamás de practicar y lo lograrás”.

Pero esa no es una historia dramática de libro de autoayuda. Y la chica le creyó al experto.
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martes, 13 de septiembre de 2016

Apuntes sobre el llorar



No sé quién habrá dicho que llorar era malo. O a quién se le habrá ocurrido que los niños no debíamos llorar, que debemos aguantarnos y no derramar lágrimas (seamos hombres o mujeres), mucho menos frente a los demás. Esas mariconadas en privado.

Yo soy muy llorón (se me juntaron las lágrimas del viejo y la vieja, los dos rete chillones). Me brotan las lágrimas con increíble facilidad. Lloro de emoción, sólo a veces de tristeza; de felicidad y alegría, como una vez con Gil sobre mis brazos haciéndole cosquillas (cuando todavía lo podía cargar sobre mí), reímos tanto que terminamos llorando de felicidad, la ingenua felicidad de un niño con su padre sin que nada más importe.

Las lágrimas de felicidad o impotencia, no creo que se deban bloquear. Si necesitan salir es por algo, no pienso que sea bueno dejarlas dentro pudriéndose en nuestra alma, junto a los deseos reprimidos y a todos los nos acumulados (“no hagas, no digas, no pienses”).

Si una cosa me encabrona mucho es que cuando a Gil le dan ganas de llorar le digan que no lo haga, que no fue para tanto, que si a poco va a llorar por eso, que esa nalgadita o pellizquito no amerita lágrimas. La frustración del niño que debe resignarse a lo que los adultos digan, así sea una estupidez, brota en amargas lágrimas que al menos dan algo de consuelo. Y no sé si llorar abrazado por tu padre sirva de algo, pero debe ser reconfortante (aunque sólo lo supongo, a mí mi padre nunca me abrazo, mucho menos llorando). Yo sólo conocí el “te voy a dar para que llores por algo” o el “uuuuy ya vas a llorar”.

Sólo pido algo: si quiere llorar, déjenlo llorar por favor.
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