miércoles, 16 de mayo de 2018

un bromista

Estás en una habitación, en la habitación hay una mesa y una silla en la que estás sentado, apoyado sobre la mesa ya que estás dibujando o escribiendo. Llegas a ese punto en que no hay nada más en tu cabeza que lo relativo al dibujo o las palabras escritas. Te alcanzó la inspiración, quizá. De repente la luz se apaga y te quedas sin ver nada. Tu inútil hábito de esperar hace que te quedes inmóvil aguardando a que la luz regrese, a veces sólo tarda unos cuantos segundos, así que no hay por que alarmarse. 

Minutos más tarde te levantas y caminas hacia el apagador. Te sorprendes, ya que el interruptor se encuentra del lado en que está apagado. No se fue la luz, alguien la apagó (presionó el switch para cortar la energía en el cuarto). En tu cabeza se forman varias ideas absurdas sobre el por qué se apagó la luz, pero aunque tu imaginación vuela para dar forma a las más disparatadas teorías, tu rezagado sentido común te dice que alguien la apagó.

Un poco consternado, regresas a los trazos o las letras, y poco a poco te comienzas a abstraer nuevamente hasta que nada te perturba y sólo te dedicas a lo tuyo. La luz se vuelve a ir. Esta vez no esperas, luego de maldecir por la jodida situación te levantas y te diriges al apagador. Molesto, compruebas que alguien la ha vuelto a apagar. Parece que a ese alguien le resulta bastante divertido reír a tus costillas.

Enciendes la luz y regresas a la mesa para seguir con lo tuyo. Pero ya no es tuyo. Tu mente no tiene ahora la capacidad de poder concentrarse en lo que estaba haciendo. Tomas el lápiz y trazas con él, pero hay algo que no te deja en paz. No dejas de pensar que en cualquier momento volverán a presionar el switch cortando la energía, aunque ya no la inspiración que se fue a resguardar a otra parte, ella no es paciente. De tiempo en tiempo volteas hacia el apagador esperando sorprender al sigiloso bromista.

Los minutos pasan, pero son más los que dedicas a tratar de cachar infraganti al ocioso jodón que a avanzar en lo que haces. Escribes palabras de enunciados sin alma más por inercia que por convicción. Regresas sobre las mismas líneas que has estado trazando sin atreverte a ir a otro lado adonde necesitarías de toda tu concentración. 

La convicción de que doña inspiración regrese si persistes en el tratar de crear, si no retiras tu culo de la silla y continúas a pesar de la torpeza y la ausencia de articulación, hace que olvides un poco la posibilidad de interrupción a causa del impertinente guasón. Poco a poco, parece que la elocuencia se vuelve a manifestar en tus manos.

Volteas hacia el interruptor, quizá más por inercia que por afán detectivesco. Lo has hecho justo un instante antes de que el travieso apague la luz, una centésima de segundo antes de que las imágenes cedan ante la oscuridad. El instante preciso para ver, totalmente horrorizado, que eres tú quien ha presionado el apagador.