jueves, 3 de mayo de 2018

el polvo en la casa



Cuando mi madre sabe que va a tener una visita se esmera en que la casa, o al menos las partes que quedarán visibles a los visitantes, queden limpísimas. Pide a la señora que la ayuda en el quehacer que deje de hacer cosas que están dentro de su rutina de limpieza para poner atención en que todos los recovecos de la sala, comedor, baño y cocina (porque puede ser que la atrevida visita quiera meterse a la cocina por alguna razón) se vean sin la más pequeña partícula de polvo. Mi madre ya no posee una vista que pudiera presumir pero para asuntos que mezclan polvo escondido y visitas, se le agudiza el enfoque como si de los ojos de un halcón hambriento se tratara.

El problema surge cuando esas visitas llegan sin que hayan avisado su presencia. En que aparecen cuando no se les espera y el travieso destino hace conjugar la aparición de los visitantes con el polvo acumulado –que pasó inadvertido– de un par de semanas en las que no llegó nadie extraño a la cotidianidad de la casa. No lo sé de cierto pero imagino que mi madre experimentará algo parecido a las guerras internas que juego cuando no logro dejar de morder mis labios y por alguna razón no puedo hacerlo, o cuando no puedo dejar de mirar ni de pensar en eso que alguien me ha movido de lugar y no puedo colocar en su lugar designado. Es una espina gigante bien clavada en la planta del pie.

A pesar de que siempre se le dice a los amigos e incluso a meros conocidos: ven a visitarme, ven cuando quieras, mi casa es tu casa. No son tan bien recibidos de improviso. Imagino que lo primero que le pasa a mi madre por el pensamiento es: Cómo vino esta persona a visitarme sin avisar. ¿Por qué se ha tomado esa libertad?

A tantos años de convivencia con mi madre y a tantos años de ver que no nos correspondemos en casi nada, la conozco mucho más de lo que ella quisiera. Así que sé que su molestia en caso de ser sorprendida con la casa algo polvosa no se debe a una obsesión con la limpieza ni a cosa parecida, sino a lo que la visita pueda ver, pensar, juzgar y siguiendo la cadena, contar a los demás sobre el mucho o poco polvo que acompaña a nuestra casa. Creo que a mi madre la aterra que su supuesta condición de mujer sucia, pésima jefa de casa, o algún otro adjetivo que pueble la imaginación del chismoso esté en boca de todos los demás.

Que si van a hablar sobre ella y su casa hablen de lo lindo que se ve su hogar con toda la madera que le mandó poner y en lo brillante y cuidada que esta está, de su creciente colección de campanas coleccionables o de lo brillantes que están sus copas de cristal cortado en el nuevo mueble que luce monstruoso desde su comedor.

La razón de esta obsesión es demasiado simple y humana: cuando ella va a casa de cualquier persona, es mirona, juzgona, criticona, y dado el caso y la persona indicada, chismosa (aunque según ella si lo que se comunica es verdad no es un chisme). No creo que haya lugar o momento en que su inquisidora mirada no se pasee por todos los rincones que a la vista estén para inspeccionar el qué y el cómo de esa casa; para juzgar si lo que vio es pasable, agradable o inadmisible en un hogar bueno y respetable.

Y la cosa no es que mi madre se dedique a ver las pajas en los ojos ajenos mientras la viga del propio se le desparrama sin remedio. No. Eso no pasa porque ella hace todo lo posible porque así sea. Ella se deshace de su viga. Cuando su casa se enfrenta a miradas como la suya, generalmente está preparada con el brillo necesario que cegué al juzgón y duerma su mala prensa.

Es cierto que las apariencias engañan, pero los demás no tienen forma de saber cual es la cotidianidad del lugar en el que mi madre habita, que como podrán imaginarse nunca está desordenado, eso es algo que ella no puede permitirse para el lugar donde vive. Si hablamos de apariencias siempre será mejor aparentar limpieza y orden que suciedad. 

Y mi madre es campeona de las apariencias.