martes, 10 de julio de 2018

haciendo más magia


Hace algunas semanas también hablaba de magia, pero era sobre encantamientos de otro tipo: la magia de la inspiración y la magia del enamoramiento mutuo, del hechizo desencadenado por un beso anhelado. Sí mencioné de pasada los sortilegios del diván, aunque para ser exacto hablaba del descubrimiento que supone el autoconocimiento; un tipo de magia oscura.

La hechicería a la que me quiero referir ahora también tiene que ver con las sesiones de diván pero es mucho más tangible. La pude sentir, y experimenté la inmensa sorpresa de ver cómo literalmente por arte de magia algo en mí había cambiado. Quizá son cosas no trascendentales pero a mí me parecen inmensas.

Me he referido varias veces a lo chocantemente sensible que soy, con lágrimas tan precoces que a la menor provocación salen disparadas. Y básicamente es un asunto chocante porque la aparición de mis queridas lágrimas imposibilita mi habla, al aparecer desde las primeras palabras que quiero decir, dejándome como un imbécil que sólo lloriquea cuando esperaba decirle algo lindo a alguien.

Bueno, eso era antes. Ahora puedo hablar sin llorar, incluso de cosas que me duelen mucho durante la terapia. Algo que era imposible meses atrás. Incluso en la noche vieja pasada le dije unas palabras a mi familia (padres, tíos, primos y sobrinos) para expresales mi cariño. 

Esto es mucho más trascendental que la comprobación del último sortilegio experimentado, en algo tan común como jugar al basquetbol. La cosa es que no podía lanzar el balón con mi mano izquierda a pesar de botarlo mejor que con la derecha, y, de repente, sin haber practicado los siniestros tiros me encontré lanzando el balón con mi mano izquierda. Y claro, me volví a sorprender.

Una cosa es cierta, y es que la mayoría de las veces me siento como un niño ignorante que no tiene ni puta idea de lo que está haciendo ni de cómo funciona la psicoterapia; que a veces me siento perdido y sin rumbo, pero también, que al experimentar este último cambio físico en mí sentí como si hubiera deshecho nudos que tenía por ahí incrustados.

Me alegra pensar que tengo nudos más importantes que desatar y que ese buen Jung tenía razón: lo que aceptas te transforma.

Y esta imagen está rebuena, ¿que no?