lunes, 12 de marzo de 2018

Haciendo magia

La magia sucede pero tú la tienes que provocar.

Ya lo había dicho Picasso: la inspiración existe pero tiene que encontrarte trabajando. Y es un pedo que la maldita inspiración, o esa musa que gusta de ti y por ello a veces te viene a ver se aparezcan. Porque esas musas tienen corazón de condominio como algunos de mis primos, se aburrirían si sólo te vieran a ti, porque, pues tú no eres la gran cosa. Así que viene de a ratos para rociarte con algo de magia para que entonces las palabras salgan de tus dedos y se hagan el amor. A veces. A veces sólo tienen la coherencia necesaria (también son flojas de a ratos las musas). Pero otras veces sí aparece la magia y eso es indescriptible.

O la magia de un beso con las manos ocupadas, descubriendo que son perfectamente amoldables a esas nalgas que al fin puedes tocar, tamaños acoplados, todo tiene sentido ahora. El beso emocionante detonador de toda esa inimaginada realidad. Sólo habiendo tirado –guardado un ratito– el miedo que te carcomía, el del corazón roto que cree no poder soportar más grietas abismales, pudiste ver la magia. Un hechizo que pudo perderse para siempre, de no haber sido valiente unos instantes, a pesar de la torpeza de tu embriagada lengua enamorada.

Hay más magia dentro tuyo. Y están esos sortilegios dolorosos preparados con el caldero puesto sobre el diván. Eso también.