jueves, 15 de marzo de 2018

Prudencia y enamoramientos



Nunca nos cuestionamos el pasado, ni con curiosidades mal disimuladas ni con preguntas con disfraz de inofensivas. Tú sabías cosas mías, cosas que yo te conté, cosas que me preguntaste cuando éramos dos amigos que no tenían idea de cuánto iban a amarse. Te hablé de la ruptura con la madre de mi hijo. Te conté, aquel día en el cine, antes de entrar a ver no recuerdo qué película, sobre aquel gran amor mío de hacía ya tantos años, en un afán por ganar tu simpatía o tu misericordia, por quedar bien, por mostrarte que era alguien a quien valdría la pena arriesgarse a amar a pesar de conocerle algunas cicatrices, cuando ya estaba completamente enamorado de ti y de mí contigo.

Nunca nos cuestionamos el pasado porque no hay necesidad de tan infértil investigación. Pero lo lindo es que ni siquiera tuvimos que hablar sobre la estupidez que supondría indagar sobre las tumbas de nuestros amantes. Ninguno necesitó abrir puertas cerradas de las que una vez abiertas a veces el olor que desprenden no se va nunca, y ninguna justificación desaparece. 

Aceptaste al atascado pervertido sin las suspicacias sobre si acaso hubo una maestra, te acoplaste a este hombre que besaba demasiado y si acaso hubo ideas en ti fuiste tan inteligente para guardártelas para el olvido. 

Te dije el primer día que nos besamos, en un alarde de enamoramiento, deseo y supuesto romanticismo, en una pequeñísima pausa en que nuestras bocas se soltaron, que iba a hacerte el amor como nadie te lo había hecho; parece que así fue. Tampoco había sido yo tan feliz en los brazos de una mujer. 

Dice aquel amigo brasileño que es cóncavo y convexo. Tú fuiste más poética, sólo dijiste que yo era Tu persona.