El reino del internet es absurdo, más que el reino de Redonda pero
por ahí va la ecuación. Es una jungla dispar donde conviven los más grandes hallazgos
personales con las más ridículas noticias falsas (una fotografía de Charles
Bukowski joven o un artículo que afirma que la universidad de no sé dónde
descubrió que el limón con carbonato es más potente que 500 quimioterapias),
esas ahora tan de moda pero nombradas en inglés, por aquello de la buena
reputación: “fake news”.
Es un territorio de mala muerte que tiene sus callejones gloriosos
donde puedes encontrar capítulos de esa caricatura que veías en tus inocentes años
en el kindergarden, haciendo esquina con el santisísimo Youtube, con precisas instrucciones para
hacer casi cualquier cosa o la canción que tanto te gustaba y de la que no sabías
el nombre pero recuerdas el estribillo.
Una de las cosas más abundantes en este mundo virtual de la
ciberdiversión combatesoledad son las frases. Las frases, en su mayoría ridículas,
sobre amor, superación, fortaleza, amor propio y demás necesidades del
solitario espécimen del siglo XXI.
Y entre estas caricaturescas máximas me llaman la atención rudimentarias sentencias que son atribuidas, por ejemplo, a Julio Cortázar. Y por dios (sí, a
veces todavía lo invoco en mis dichos), que cuando yo leo esas risibles
expresiones no puedo concebir que el cronopio mayor las pudiera haber dicho ni
en un estado de peda descomunal.
Pero qué hacemos, estos tiempos también se caracterizan por la
difusión del material –cierto o falso– de escritores (sobre todo frases), pero no por sentarse
a leerlos. Porque eso de leer es perder el tiempo en un tiempo en que la
inmediatez es un valor más poderoso que el dinero. O casi.
La cosa es que yo no me creo que esto lo haya escrito Cortázar. Aunque quizá sí lo hizo, y es algo al alcance de la mayoría.
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