lunes, 11 de junio de 2018

siguiendo en el viaje


Hace algunos meses hacía una analogía entre el viaje de autodescubrimiento de la terapia psicoanalítica y el recorrido en una atravancada montaña rusa. Un viaje impredecible y complicado, en el que a pesar de ir aferrado con ambas manos al asiento de adelante decidí transitar hasta el final. A diferencia del recorrido sobre rieles aquí sí se puede abandonar el trayecto a medio camino, pero qué sentido tendría entonces.

Sí gusto de subirme a esos juegos mecánicos de los que se escuchan tantos gritos mientras se espera en la fila, pero aunque nunca me han obligado a subir, no voy completamente convencido de hacer el recorrido. Siempre hay un poco de miedo que me aconseja que tal vez sería mejor no treparme al popular juego. 

Y mi sentir durante los pocos segundos que dura el viaje sobre los pequeños vagones podría catalogarlo como agridulce: una mezcla entre la adrenalina feliz que me hace disfrutar las vueltas y bajadas a gran velocidad con los indescriptibles gritos estomacales, y la preocupación y temor que me provocan esas mismas piruetas que soportan los vagones. La evidencia está en la fotografía tomada durante el recorrido: mis manos sujetan fuerte el tubo del vagón y mi rostro muestra preocupación y angustia antes que felicidad. Hay un gran contraste con la imagen de los pasajeros de otros vagones.

No había tomado conciencia sobre lo que he escrito en el párrafo anterior, no me pasó por la cabeza cuando se me ocurrió tal analogía, pero así ha sido el introspectivo viaje. Cuando Erik me ha preguntado cómo me siento respecto al proceso terapéutico pienso en una satisfacción difícil de explicar, una satisfacción amarga llena de curvas inesperadas, carente de sonrisas; demasiado parecida a la que he sentido una vez que he descendido de aquella otra montaña rusa.