lunes, 1 de agosto de 2016

La vida y el futbol


Pienso que la vida se parece demasiado a un juego de futbol. Aunque ahora que lo escribo creo que es mas bien la sociedad la que guarda la semejanza.


No siempre triunfa el mejor equipo, el que mejor juega, el más ofensivo o el que se esmere en jugar sin trampas. De la misma forma en que los cargos más importantes no los ostentan las personas más íntegras y justas, las buenas personas sólo son eso, buenas personas, sólo merecen admiración hipócrita.

El niño del padre más rico tiene más posibilidades, mejores juguetes, maestros más preparados, facilidades para destacar; como el Real Madrid o el Manchester United podrán recibir favores arbitrales “por su historia” o adquirir a los mejores jugadores, despojando a las nuevas estrellas de los clubes que los vieron glorificarse pero que ya no les pueden pagar lo que dicta el mercado.

Si te cometen una falta que amerite el cobro de un tiro penal puede ser que ninguno de los árbitros vea la falta y por lo tanto no se sancione, pero también puede ser que éstos se hagan de la vista gorda o que la virgen les habla y decidan no marcar la pena. Que marquen o no marquen un evidentísimo fuera de lugar; o que el candidato a gobernar gane con un clarísimo fraude pero el tribunal determine que no hay pruebas suficientes para decir eso.

Y pareciera, que en ambos escenarios el objetivo principal es engañar. Ahí vamos por la vida, como los jugadores en la cancha, viendo de qué manera podemos engañar al árbitro: al maestro, al padre, al policía, al jefe, a la pareja.

Cometiendo la falta y alzando los brazos, sentenciando con firmeza que no hemos hecho nada, con mirada de inocentes querubines, o dejándonos caer torpes en el área rival, tomándonos la cara como si hubiéramos recibido un fuerte golpe en una farsa ridícula. Sosteniendo la mentira aun si ya nos han descubierto, copiando el examen, haciendo trampa en el juego, metiéndonos en la fila, robando al inocente, engañando y engañando. Tratando de sacar ventaja cada que vez se pueda.

La ley del menor esfuerzo como máxima principal inamovible: sólo hacer lo necesario, nunca algo más, y menos si no sacaremos algún provecho de la acción. Ya hemos metido un gol, defendámoslo con todos atrás; con el empate nos basta, dejemos de correr.

Vengarme del que me pateó pateándolo con mayor saña o tomar revancha de quien me ha ofendido humillándolo, cosas como esas, cosas de todos los días.

Y el fairplay como un mito más grande que el espíritu santo. Como la justicia, pues.