lunes, 15 de mayo de 2017

de algún inadaptado



Amélie compra sus vegetales con el tendero de la esquina. Un hombre común, tan común como cualquier otro hombre que se ha dejado envolver por el ajetreo cotidiano, mesieur Collignon. Con él labora un chico disperso, distraído, que se puede quedar horas contemplando las caprichosas formas de un vegetal cualquiera, hasta que el grito de su patrón lo saque de su ensimismamiento vegetal y trate de ponerlo en ese ajetreo junto a todos los demás. De poco sirven todos los esfuerzos, burlas y malos tratos del mister Collignon, Lucien, que así se llama el chico, no cambiará. En su naturaleza habita ese comportamiento tan poco servible en este mundo apresurado. Será sólo el imbécil, el imbécil que sólo sabe perder el tiempo.

¿Y quién podría pensar que ser como Lucien es una cualidad? ¿Qué iluso lo pensaría un ser especial? Sólo aquel eufemista que adjetiva de esta manera los retrasos mentales. Lucien no está hecho para convivir en este mundo. Tampoco es especial.

Lucien “vive en la luna”, como algunos otros que compartimos el gusto por la nada, y nos quedamos mirando a ninguna parte entre bocado y bocado con cientos de ideas haciendo fila para ocupar nuestro ahora, mientras cenamos. Y al menos en la cena ya no hay prisa, que hacer eso durante el desayuno es impensable y estúpido. Time is money.

Amélie comprende a Lucien. Es empática con él. Pero sólo alguien que se ha propuesto utilizar su tiempo para dar una alegría a los demás podría solidarizarse con ese hombre que sólo sabe perder el tiempo.