lunes, 5 de junio de 2017

Todos iguales



Me quedé mirándola un momento, mis ojos fijos en los suyos. Contra mi costumbre logré sostenerle la mirada. Pude contemplar la molestia y el reclamo que se le salían por los ojos color miel, con toda su expresión retadora: un solo gesto mostrando toda su fuerza. Le sostuve la mirada, sereno, sin recurrir a una risa nerviosa salvadora, ni huyendo de ella, tampoco devolviéndole enojo ni rencor.


Ay vida mía. Qué quieres que te diga. Soy igual a todos los demás. Tengo los mismos instintos básicos del macho que huele a la hembra, la misma satisfacción cuando aparecen unas magníficas nalgas y puedo mirarlas, el mismo deseo por tu cuerpo y por tu sexo, que siempre quiero poseer: claro. ¿Esperabas algo más?

¿Por qué tendría que ser distinto a los demás? Quién soy yo, qué tengo de especial para ser diferente a todos los otros. Por qué crees tú que te mereces a alguien incomparable, un animal raro. ¿Qué has hecho para merecerlo? ¿Eres tú tan diferente a las demás mujeres? ¿Mejor?


Su sentencia había sido lapidaria como estúpida: ¡Eres igual a todos los hombres!

Al menos en este rubro, sí tenían sentido los postulados revolucionarios que dictan que todos los hombres somos iguales. Al menos, a los ojos de una mujer resentida.