jueves, 13 de octubre de 2016

deseos prohibidos


Siempre he pensado que Nelly es la más guapa de sus hermanas. También creo que es la más guapa de mis sobrinas. Tiene unos preciosos ojos que sabe resaltar con el poco rímel que le pone a sus pestañas. Sus labios son carnosos, pálidos, aunque casi nunca están al desnudo, por lo general visten algún tono carmín que los vuelve mucho más sensuales. Su nariz es grande y redonda como la de su padre, pero en ella encaja perfecto. Hace una bella armonía en ese rostro de piel canela. Debo decir que no tiene un cuerpo lindo, pero me distraigo bastante con su rostro como para poner atención al ancho de sus caderas, lo amplio de su cintura o el tamaño de sus pechos.

El otro día me sorprendió mirándola. Volteó a verme y me encontró observándola fijamente, admirando los bellos rasgos de su rostro. Me avergoncé. Me sentí como un pervertido descubierto que engolosinado se deleita observando al objeto de su deseo. No sé cómo me veía mientras la miraba y tampoco lo que habrá pensado de mí. Pero a veces se ve tan hermosa que me es imposible no regresar cuantas veces puedo a su hermoso rostro.

En la boda de mi primo Carlos bailé varias veces con ella. Nelly y su hermana fueron sólo con su mamá, no llevaban parejas. Y no pude evitar sentir eso que sentía cuando de adolescente sacaba a bailar a una chica que me había gustado. Estando en la pista, con una mano tomando firme su cintura y la otra sujetando su mano: nervioso, ansioso, feliz de estar tan cerca de esta bellísima mujer que huele tan bien y que se ve espectacular con este vestido corto que me muestra unas entornadas piernas en esos altísimos tacones. De vez en vez sus pechos se estrellan en mi pecho y siento un intento de erección que me da placer y miedo.

Sé que estoy mal. Sé que no debería estar enamorado de una sobrina mía. Ni siquiera debería estarlo de una mujer que es 15 años más chica que yo. Pero es una mujer hermosa que sonríe y ríe con las ingeniosas cosas que se me ocurren mientras la tengo en mis brazos y bailamos un danzón.

Uno no elige de quién enamorarse.