lunes, 6 de marzo de 2017

El niño de las fotos



Todo el pueblo puede ver y recordar cómo era de pequeño. Todos. Los que me conocen y los que no. Todos los que aquí viven desde hace al menos treinta años. Pero cualquier visitante puede ver y fisgonear mi crecimiento en imágenes, con sólo entrar en el establecimiento familiar y echar una rápida mirada. Cualquiera que llegue a las Fotos López.

Pueden ver mis grandes orejas y mis dientes chuecos antes de los brackets, y luego ya con ellos, en todas las fotos de la infancia; en la de la primera comunión y en aquella de ese día de campo que tanto disfruté donde se me ve tan feliz con esa desgastada playera de Winnie Pooh que no quería quitarme, y que un día ya no me pude poner. También están a la vista retratos de esa entrada a la adolescencia en la que poco a poco se va deformando el rostro y aparecen los incomodísimos barros que no quisieras volver a ver en tu rostro, mucho menos que todo el pueblo los pueda ver.

Mi padre también exhibe mis fotos de bebé, mis “caritas”. Se supone que a la gente le deben dar ganas de mandar a hacer esas fotos para sus hijos viendo mis –para mí– absurdas caras.  Incluso esa en donde hacen llorar al niño para también tener constancia de su infelicidad (un extraño lo hizo llorar con la autorización de sus padres, qué mierda).

Lo peor es cuando me toca atender el negocio. Por lo general es cuando llega una señora que dice: “ay pero mira que lindo estabas”, “ay mira que simpático estabas aquí” o cosas peores, mucho peores. La mayoría de las veces me limito a sonreír, debo ser amable siempre, eso lo tengo bien aprendido.

A mi novia no hubo necesidad de enseñarle con vergüenza los álbumes familiares, desde las primeras semanas de relación ya se había adentrado a mi intimidad, bueno, igual que todo el pueblo.

Supongo que lo mismo vivirá mi hijo que recién nació, le ha llegado el momento a mi padre de renovar los retratos, para pesar del pobre niño.