lunes, 15 de octubre de 2018

1Q84


Pues por fin leí a Murakami. Ya he señalado que soy una persona demasiado morbosa, razón por la que todo el alboroto en torno al japonés me llenaba poderosamente la morbosa imaginación. Que si es un maravilloso escritor y que merecería ganar el Nobel de literatura pero que si es un escritor más del montón, sin méritos para ser alabado por las multitudes. A grandes rasgos por ahí van los argumentos.

El libro fue 1Q84, el año de la muerte de Cortázar el día de mi cuarto cumpleaños y el título de aquel otro mítico libro 1984 al cuál se hace referencia en más de una ocasión en el mencionado ejemplar. Es un tabicón de más de 700 páginas en letra del 8 lo que para mi lenta lectura requirió de bastantes días. Es algo que podría nombrar como ciencia ficción en el pasado debido a la gran cantidad de elementos fuera de la realidad que aderezan la lectura del libro en cuestión.

El libro fue un regalo de cumpleaños de una buena amiga hace algunos ayeres pero se había llenado de polvo, relegado por el cine, los deportes televisados y otros libros que se le adelantaron. Pero a cada capillita le llega su fiestecita, dice el dicho popular. 

La historia me atrapó, si no desde un inicio, sí en los primeros capítulos en los que me preguntaba cómo iba a evolucionar esa historia y en qué iba a terminar, sobretodo en cuanto empiezan a aparecer elementos fantásticos dentro de lo que se supone es una realidad cotidiana japonesa de principios de los ochentas. El morbo, qué le hacemos.

Pero debo decir que la escritura de Murakami me ha dejado insatisfecho, no le veo ninguna virtud. Me parece una prosa anodina y trivial con un exceso de explicaciones que me hacían pensar en que fuera una lectura para estudiantes de secundaria, algo que contrastaba con la temática sexual explícita que hay en varios pasajes del libro. Aunque ya había deducido lo que pasaba, el autor no se quedó con las ganas de explicarlo con puntos y comas enormes para que no queden dudas (lectura a prueba de pendejos).

Pese a todo esto me gustaría saber qué va a pasar, porque aunque olvidé señalarlo, el libro que tantas noches cansó mis manos contiene únicamente los dos primeros volúmenes de la obra del japonés, que por lo que me dice el internet hay uno más de otras 400 páginas. Lo ideal será ver si alguien me lo presta.

Será que luego de tener en las manos a Saramago, Stevenson y Marías la prosa del señor Murakami se ve pequeña, o será que soy más exigente que antes. No lo sé, pero ahora pienso en el cine de Burton que me parece en exceso sobrevaluado. 

O será que el conocimiento nos va volviendo amargados insatisfechos.

jueves, 11 de octubre de 2018

Buscando



La semana pasada fui al cine a ver Buscando (Searching), una de esas películas que te hacen subir a la montaña rusa en sus primeros minutos y que no te dejan relajarte un poco hasta que ha terminado la proyección, y digo un poco porque una vez terminada la secuencia de imágenes, en mi cabeza se formó una secuencia de pensamientos que me dejó cavilando mientras caminaba de regreso a casa.

La historia cuenta la frenética búsqueda de un padre de su hija extraviada en condiciones muy misteriosas. Una búsqueda realizada a través de redes sociales siguiendo el rastro de la actividad virtual de su hija. Pensé que sólo un padre de cuarentaycinco años o más joven podría haber llevado a cabo una investigación de esa manera –y no todos seríamos capaces–, sólo alguien con la destreza adquirida en los nuevos medios desde su aparición.

Ya dije que la película te atrapa desde el inicio y tiene la particularidad de ser narrada siempre desde una pantalla, de celular, ordenador o cámara de video, haciendo que nos involucremos más en la historia al estar tan directamente expuestos a las imágenes. Pero también recalca el punto de que cada vez hay más personas metidas en sus pantallas que en lo que se supone que es la realidad, viviendo en una vida llena de emoticones, gifts y acrónimos.

Pero hay dos situaciones que me dejaron pensando un mucho más, ambas relativas a la relación padre-hijo. Cuánto conocemos realmente a nuestros hijos, o a la inversa, cuánto nos conocen realmente nuestros padres. Luego, cuánto estaríamos dispuestos a hacer para proteger la vida de nuestros hijos, incluidas cosas viles y deshonrosas.

No diré más sobre el filme para no arruinárselo a nadie pero seguramente regresaré a teclear sobre esos peculiares asuntos que señalé.

Me pareció coherente ver en los créditos finales el nombre de Timur Bekmanbetov como productor del filme. Sólo como dato curioso.


lunes, 8 de octubre de 2018

de herencias y relaciones

Una de las ideas enraizadas que tengo (me gustaría decir "que tenía" pero parece que no es así) es que soy idéntico a mi padre y completamente diferente de mi madre.

Debe ser feo y decepcionante ver que ese niño al que pariste tiene todos los defectos que aborreces de tu marido, y que por más que lo miras no se parece ni tantito a ti (ni físicamente).

Debe ser frustrante pensar que fuiste tú la que decidió casarse con él justo un segundo después de que le gritas con odio a tu hijo: Eres igual a tu padre. Porque a él si puedes gritarle, con ese niño puedes desahogarte cuando ante el otro no puedes alzar la voz porque podría golpearte.

¿A quién más podría parecerme?

Me he desviado de a donde quería ir. Erik diría que es interesante el camino que tomé, aunque no me diría por qué.

La cosa es que, hace ya más de un año (ah jijo) en una sesión Erik me dijo: a ver explícame eso de que eres distinto a tu madre porque yo te veo igual. Eres igual a tu mamá.

La verdad es que pensé que bromeaba. Ahora sé que nunca bromea. También pensé que lo decía para ver mi reacción, como probándome. Pero la idea de la broma fue la que se me quedó en la cabeza. Luego, como siempre, me ocupé de otras banalidades.

Meses después lo comprendí. Toda esa parte narcisista de mi persona puedo verla en mi madre. A eso se refería Erik.

A veces es difícil ver con tanta claridad.


jueves, 4 de octubre de 2018

lógicas

La lógica, que por lógica debería ser elemental, no lo es en realidad, y muchas veces vemos que no aparece siquiera en el horizonte más cercano de cualquier cosa o sentencia. Así que vivimos un mundo repleto de disparates.

Quizá el lugar más repleto de sinsentidos sea la religión, pero los cultos religiosos tienen su propia lógica en la que carecer de sentido parece ser parte del sentido de la misma. La religión no pide razón pide fe. Una confianza sobrenatural en un montón de dogmas sin sentido.

Durante mi blasfemia escrita he podido compartir puntos de vista con otros entusiastas librepensadores, y en alguna ocasión un buen amigo me comentaba sobre lo ridículo que resulta "la santísima trinidad" si uno se propone explicarla, o que te la expliquen (cómo puede ser un dios hijo y padre al mismo tiempo al tiempo que deambula como santo fantasma (holly ghost)). Es más absurdo que ver al coyote persiguiendo al correcaminos.

O aquel otro asunto de la pureza de la santisisisísima virgen María con su inmaculada concepción y lo aún más extraordinario de su parto mágico con la presencia del espíritu santo como inesperado fecundador.

Se me ocurre que cuando la curia católica se encontraba definiendo los misterios de su fe estaban cayéndose de pedos, incluso drogados, para creer que las ridículas historias que estaban ideando tenían algo de sentido (como aquello de que dios creó el día y la noche el primer día pero al sol hasta el cuarto). Ya habiéndola cagado a alguien menos pendejo se le ocurrió sentenciar que los caminos del señor eran misteriosos para disimular lo absurdo de las historias y acallar todas las preguntas. Corregir sobre la marcha.

Pero si bien el sentido de la coherencia estaba ausente en el diseño de las historias fundamentales de los católicos, los argumentos para disimular la estulticia y seguir embaucando ingenuos han sido, si no lógicos, al menos contundentes y funcionales.

Con un enfermo grave van de ganar ganar: si el infeliz muere, después de determinado sufrimiento, dios le ha permitido descansar y acompañarlo en el cielo eterno; dios así lo quiso, dios sabe lo que hace (aunque no lo parezca). Si por el contrario se cura, ha sido dios y sólo él el responsable de devolver la salud al susodicho antes infeliz. Los doctores y la ciencia son meros adornos.

Si bien aquellos fueron bastante tontos estos han resultados demasiado oportunos. La lógica, un asunto menor.



viernes, 28 de septiembre de 2018

fantásticas ideas


Hay una idea de Quino, que pienso que a casi todos nos ha hecho perder la cordura por un momento y ponernos a fantasear con posibilidades en verdad maravillosas, y hasta quizá cerramos los ojos un instante para desear con los brazos abiertos. Seguro estoy exagerando. Lo que sí creo es que al menos todos hemos pensado en lo maravilloso que sería la vida así, a lo Benjamin Button.

Quizá usted lo haya leído o escuchado, visto en una insufrible cadena de whatsapp con un atasque de flores y pajaritos. La estupenda idea de nacer viejo y achacoso, casi sordo y ciego, con reducidas posibilidades de movimiento, para morir en un orgasmo, con los últimos treinta años llenos de salud y vitalidad.

Llegar a los cuarenta llenos de experiencia, en el mejor de los casos, que hay quienes nunca aprendemos y nos estancamos por costumbre; pero habernos adueñado de ciertas certezas con la juventud en el horizonte, la cabellera completa y las articulaciones intactas; una belleza.

Podría ponerme a contar la infinidad de cosas que me llegaron a la mente ante esa fantástica posibilidad del rejuvenecimiento crónico pero no tiene sentido. Sólo creo que haber puesto en la cabeza esa genial idea es una especie de broma de humor oscuro.

La broma del universo que nos recuerda que cuando vayamos alcanzando las verdades de la vida más cerca estaremos de la muerte.

Este divague, como se ha hecho costumbre en algunos de los últimos escritos de este blog, salió de la frase de un libro: Buena verdad es que ni la juventud sabe lo que puede, ni la vejez puede lo que sabe. El libro, “La caverna” de José Saramago.



martes, 25 de septiembre de 2018

El Poeta


Este es un encuentro de poesía emergente. Para poetas de todos los rincones decía la promoción que me hizo llegar Lucía; para versos libres, despojados del enquilosado uso de las atantes rimas. Tengo confianza. Cómo no tenerla si cientos de likes me avalan. Me encanta ❤ el material que traigo, un poema romántico, quizá algo cursi, pero está perfecto, no se sabe cuántas chicas lindas estarán escuchándome, y el romanticismo siempre llega donde debe tumbando todas las poses. No tengo ni pizca de nervios. Ya han dicho mi nombre, me toca subir al estrado a leer mi poema.

Comienzo a leer. Intento dotar mis palabras del sentido romántico del poema.

Apenas estoy pronunciando los primeros versos pero puedo sentir las miradas sobre mi rostro, y algún murmullo también. Entre verso y verso miro a la audiencia.

Hay personas que se miran cómplices, con la mirada repleta con la pena ajena que les provoca mi elocución. Otras no pueden evitar la carcajada que les pintó la cara pero por decencia aprendida se tapan la boca, aunque la enorme risa no puede taparse con la apenada mano que también parece ser parte del bochorno. No hay rostros indiferentes como tampoco los hay de aprobación. Hay incredulidad, asombro y burla, burla en todas sus vertientes, las tímidas y las despiadadas, las crueles y las inocentes.

Termino de leer mis versos por una necedad estúpida que no entiendo, si los colores de mi rostro se sienten como si los estuviera viendo y escucho lo torpe y atormentada que se escucha ahora mi voz. Bajo del estrado pero mi incomodidad es mayor. Se escuchan dos o tres aplausos ralos que mueren pronto. Ya no hay más letras tras las que resguardarme, con las que protegerme a mi manera. La vergüenza y la humillación se agolpan en mi cabeza con mi cara como marco y es evidente para todos, mucho más para mí. Todos me siguen mirando fascinados, algunos todavía ríen. Pobre pendejo, escucho decir a uno no tan bajo como hubiéramos querido ambos mientras paso a dos mesas de donde lo divierto junto a una chica que le celebra la corriente apreciación. Soy la rarísima atracción de un circo de pueblo, nadie ha quedado indiferente.

¿QUÉ HA PASADO CHINGADAMADRE? ¿Por qué me trataron así?

Nunca había sentido lo que estoy experimentando ahora. Una vergüenza tan grande. Ya está leyendo el siguiente participante pero todavía hay gente que me mira como maravillada.

¿Y todos los que me dicen que mis "poemas" les encantan dónde estaban? ¿Por qué esta gente se burló tan cruelmente de mí?


–Mira Juan. La próxima semana hay una presentación de nueva poesía y es aquí en la ciudad. Deberías ir. 
–Oye está padre. Igual y me lanzo.
–Deberías ir. Es entrada libre. Sólo hay que llegar media hora antes del evento para anotarse.


Antes de que pase un minuto desde que Juan leyó la última palabra que Lucía escribió ya ha posteado en su muro de facebook la invitación al encuentro de poesía que ésta le hizo llegar. Diez minutos después, tres personas lo animan para que vaya a compartir su "poesía" con el mundo.

viernes, 21 de septiembre de 2018

Una noche de insomnio

Llevo casi media hora dando vueltas en la cama. No sé en realidad cuánto tiempo ha sido pero me parece que una unidad mínima de treinta minutos es más o menos el tiempo que ha pasado desde que cerré el libro que leía y me acosté. Parece que el sueño no tiene intención de visitarme en mucho tiempo. Eso siento. Me incorporo sobre la cama, acomodo las almohadas, tomo el control remoto y enciendo el televisor.

Aparece uno de esos pastores brasileños predicando sobre los actos mágicos que suceden en el momento en que decides meter a SU dios en tu corazón (esto es importante, debe ser su dios, no cualquier otro). Una señora de unos cuarenta años habla sobre cómo su vida era desgraciada y triste cuando no había recibido a dios: "y me sentía triste y tomaba alcohol, y mi esposo ya nunca me buscaba mas que para peliarnos, y entonces tomaba más alcohol y me desquitaba de lo que mi marido me hacía pegándole a mis hijos". Nada nuevo, para lo que uno ha visto y escuchado en este país guadalupano.

Debe ser a causa de mi a veces increíblemente insaciable morbo que me quedé viendo el diálogo entre el pastor y la ahora feliz mujer, escuchando cómo su vida y la de su familia (esposo con nuevo y mejor empleo, hijos entrando a la universidad; todos ellos desterrando al alcohol de sus ahora venturosas existencias) habían en efecto sido los beneficiarios de un acto mágico instantáneo –mientras el pastor corregía las imprecisiones en su habla (mi diosito. No es diosito, es DIOS)–, y económico también, si uno se pone a pensar en lo que tuvo que hacer para ser tan agraciada. Sólo asistir a una de las sesiones de la iglesia que estos entusiastas brasileños promocionan. Donde además dicen, no se pide dinero a cambio. Por las dudas yo asistiría sin plata, no fuera a ser la de malas.

Y resulta que cuando la gente va a este templo con estos pastores y participa en los rituales que hacen ahí, y si uno adquiere el dije con agua traída de Jerusalem y bendita por no escuché bien quién debido al trailer que pasó ruidoso mientras eso decían, y si uno deja entrar a dios en su corazón: pues tu vida cambia. 

Mi parte más ridícula y más pragmática también –porque qué hay más práctico que un cambio así– ha trazado un esbozo de ilusión en mí. "Y qué tal que si es cierto". Y qué podría perder si un día me arrimo al templo ese y veo qué pasa. Total, no pierdo nada.

"te hablo a ti, a ti que estás despierto a estas horas de la noche sin poder dormir, a ti que me estás viendo porque dios en su infinita sabiduría ha decidido que cambies tu vida. Nada es una casualidad, todo ha sido ya decidido por el creador, por el dios único y omnipotente que todo lo puede, y si todo lo puede, puede hacerte cambiar a ti y darte todas esas cosas que mereces por ser su hijo. Lo único que necesitas es creer, y tu fe te salvará..."

–No pues ya valió madres. Yo no creo en esas mamadas.

Tomo el control y comienzo a cambiar canal a canal apretando casi mecánicamente el botón que va arriba en el orden de los canales, hasta que, con suerte, encuentro porno. Ahí le dejo. Es porno light, pero el sueño no se ve cercano.


lunes, 17 de septiembre de 2018

frases y calenturas


Hablando de frases, y de ir a la cama o de la posibilidad de ello, recordé a cierto personaje de la ficción que perdió todo precisamente por una calentura. Bueno, un enamoramiento. Pero es que, como bien señala otro adagio popular: hormona mata neurona, o como diría una de mis tías: un par de nalgas jalan más que un par de bueyes; aunque la señora que le ayuda con el aseo de su casa sustituye en el dicho a las nalgas por un par de pelos. Y ahí ya van incluidos todo tipo de fetiches, que los pelos pueden estar en cualquier parte del cuerpo de la fémina en cuestión. Recordemos El lado oscuro del corazón: "por tus bigotes".

¿Y quién es este hormonal personaje que cayó en desgracia por no saber contenerse? Rob Stark, el primogénito de Eddard Stark, quien no sólo sería célebre por no haber perdido una sola batalla en su cortísima incursión militar sino por la cruel forma en que perdió (así) la vida.

Pero es que en el caso de nuestro desafortunado joven lobo también se le atravesó la rectísima herencia paterna que lo obliga a hacer lo que cree que es correcto: ya sea tirar al caño su compromiso matrimonial a pesar de ya haber recibido los beneficios del acuerdo, o cortar la cabeza del jefe de uno de los clanes más poderosos y perder el apoyo de todo su ejército.

Es que no todo es bueno o malo. Debe uno saber hacerse de la vista gorda ante ciertas circunstancias. Podía haberse casado en secreto y cumplir con sus obligaciones de rey y conservar esas "amistades" que tienen más utilidad que cualidades, porque así es la vida. No se puede tener todo.

Pero esas son otras cosas. El asunto es que nuestro Rey del norte perdió la guerra y la vida por una simple calentura. O enamoramiento, que no hay que ser tan vulgares.

miércoles, 12 de septiembre de 2018

de egos, escritores y otras cosas


Existe una idea muy difundida sobre el exorbitante ego de los escritores. Bueno, la verdad no sé qué tanto pero algo estará. Ya citaba alguna vez una línea de El ciudadano ilustre: para escribir sólo se necesita lápiz, papel y vanidad. Y si lo pienso, parece ser que sí hay una dosis de vanidad y ego para creer de alguna manera que lo que quieres decir no deba quedarse sólo en el papel sino exponerse de alguna manera a los demás, para bien o para mal. Aunque creo que esa es una actitud humana no exclusiva de escritores o creadores, el querer arañar aunque sea un poco de inmortalidad y trascendencia. Escribir tu nombre aunque sea en la arena.

Pero este deseo de permanencia, tan natural en nosotros, mezclado con un inmenso ego y una vanidad apabullante, de los que resulta la confianza de creer que todo lo que haces es genial (sin exagerar), más las porras de tu madre; han creado una realidad donde lo artístico se vuelve casi anecdótico. El chiste es subirse al pedestal que tú mismo te has puesto con lo que tenías a mano. Porque ahora todos somos artistas dicen algunos, y escritores, claro, también. Pa todos hay.

Una tipa subió a facebook una fotografía suya, con rayones y distorciones hechos por su marido, alguien le preguntó que qué era eso, a lo que la tipa sentenció: es arte, y el arte no se explica sólo se siente. Estamos jodidos.

Es que aunque la vanidad y el ego estén presentes, no sólo en quienes escribimos sino en cualquier ser humano corriente y común, algunos podemos tener al menos cierto sentido de la prudencia, al sentido común alerta y una pizca de objetividad.

Pienso que en la relación entre el desbordado ego, la vanidad y la búsqueda implacable por la fama está íntimamente incluido el halo místico del escritor, porque aún en estos tiempos reguetoneros es mucho más prestigioso ser escritor que ser yutuber. Y bueno, para lo primero hay al menos que escribir, no bien, ni mucho menos, como ya se ve; para lo segundo sólo hay que animarse a decir estupideces frente a una cámara. Y voilà, los egos crecen.

La vanidad de los escritores.


lunes, 10 de septiembre de 2018

de Normalidades



Fui hace pocos días a ver la segunda parte de Mamma Mia, y quizá para mucha gente sea una revelación mayúscula, pero me gustan bastante los musicales. Este en particular (Mamma Mia) me gustó mucho. 

No voy a hablar ahora de las razones por las que disfruto de una película llena de canciones y bailes, ridículos en realidad, si nos detenemos a pensar en ello; ni hablaré tampoco de esta película en particular, aunque si lo pienso llevo bastante tiempo sin hablar de algún filme.

Lo que me llevó a estar ahora tecleando pensamientos no del todo inconexos fue una secuencia musical en la primera parte de la película, un baile llevado a cabo dentro de un restorán (donde Donna y  Harry jóvenes se conocen un poco más). 

Dentro de los comensales de este establecimiento y quienes se convertirían en improvisados bailarines había una mujer en silla de ruedas, que al igual que todos los otros, disfrutaba dando vueltas al compás de la música sin preocuparse por la silla que la acompañaba.

Me quedé pensando en que hace pocos años una escena de esta naturaleza sería imposible: incluir a alguien no considerado "normal" en una película. Muchísimo menos en un musical.

Y me alegra la idea de que en una escena que supone normalidad (aunque todos bailen y canten) se pueda incluir a personas distintas en cuanto a su motricidad y capacidades físicas. Porque también me vino a la cabeza que para mí era una situación casi extraordinaria ver en la calle a un ciego o una persona en silla de ruedas cuando era niño. Porque a esa edad uno piensa que la realidad te la muestran en la televisión , y lo medios, claro, en general no voltean a realidades poco estéticas.

viernes, 7 de septiembre de 2018

heridas


He dicho antes que creo que escribir cura, y pienso que si no cura, al menos duerme el dolor, lo apacigua, lo deja lejos de donde más duele. No se va, pero al menos no queda expuesto a infectarse. 

Quizá pase aquello de que las cargas compartidas pesan menos, y quien lee nuestras verdades nos ayuda a cargar. No sé. O tal vez sólo estoy jugando vanidosamente con el halo místico del que escribe.

Tienen una rara afinidad en el dolor; en ese que no cura ni se alivia ni se olvida y que cada tanto recrudece como si fuera nuevo, siempre nuevo. También tienen afinidad en el humor, porque a pesar de que el dolor nunca se transforma en cicatriz, no se regodean en él, solo lo portan como lo que es: parte de ellos. 

Esto es parte de un párrafo de una novela de Gavrí, al leerlo me tocó. Porque ciertos dolores no se van, ni se alivian ni se olvidan, mucho menos se curan. Y a pesar de cargarlos a cuestas y de lo avivados que constantemente son, no dejo de reír, no dejo al embustero de las graciosas, aunque vulgares ocurrencias.

Y como me dijo el mismo Gavrí, las heridas –a veces– cicatrizan, y, dejan de doler.

martes, 4 de septiembre de 2018

intimidades


Escuché alguna vez, que a cierta persona tardaron en detectarle la deficiencia en su visión, debido a que nadie sabía que no podía ver bien las cosas que se encontraban lejos, hasta el momento en que, demasiado tarde, se descubrió su condición de miope. El argumento de esta persona fue que ella pensaba que todos veíamos borroso lo que estaba lejos: "lo que está cerca es nítido, lo que está lejos se ve borroso", fue su lógica.

Pasa que de muchas cosas no tenemos referencias para saber si eso que sentimos o vemos es lo normal. ¿Cómo saber que lo que experimentamos es distinto a lo que los demás ven o sienten? Yo nunca vi nada raro en mis manos hasta que me hicieron ver que parecían manos de mujer, no sólo por la forma sino por el tamaño. Mido 1.80 mts pero el tamaño de mis manos es el mismo que el que tienen las manos de mi hijo.

Qué se le va a hacer. Llegué tarde a la repartición de manos. Nunca pude tomar un balón de basquet como hacían varios de mis amigos de la prepa. Aunque una amada mujer, en su papel, decía que eran manos acariciadoras. Algo es algo. 

Bueno, esas son cosas sin importancia. Pero qué pasa cuando eso que sientes es algo vil y despreciable, un sentimiento que te hace avergonzarte y sentirte una mierda. En específico: cuando alguien experimenta una desgracia y tú sientes un oscuro placer. Hasta te espantas. Es un pensamiento que quitas de tu mente lo antes posible, aunque ya has saboreado el gusto con el que venía. Aunque no lo aceptes.

A mí me pasó, en este caso, que en vez de pensar igual que en los ejemplos anteriores –que era algo que todos los demás sentíamos–, lo opuesto. Creer que era yo un ser malévolo y despreciable. ¡Cómo puedo sentir placer ante la desgracia de una persona cercana y querida! Ante el propio señalamiento y la vergüenza lo convertí en un secreto. Nadie tiene por qué saber lo vil que puedo ser internamente. Me avergonzaría demasiado confesarle a alguien ese oscuro secreto.

Y siguiendo la misma lógica anterior, si este despreciable sentimiento es algo común a la especie humana (una especie vil) todos los sentimos, al mismo tiempo que todos lo escondemos, porque a todos nos avergonzaría que alguien más se enterara de lo que nuestra alma es capaz de sentir. Así que vamos por la vida sin poner sobre la mesa vilezas ni vergüenzas. Y todos tan felices y sonrientes.

Todo este divague viene de unas líneas de Dostoievski. Un alivio. Ya me había puesto caretas oscuras:

... los inquilinos, unos detrás de otros, retrocedieron, empujándose hacia la puerta con esa emoción íntima de satisfacción que siempre se observa, hasta en las personas más allegadas, a la vista de la imprevista desgracia del prójimo, y de la que no se libra hombre alguno, sin excepción, no obstante el más sincero sentimiento de piedad y simpatía.

sábado, 1 de septiembre de 2018

confianzas


En uno de los últimos escritos del blog de Isaac Belmar habla sobre la confianza y la escritura, sobre lo dañino que se vuelve tener confianza absoluta sobre lo que se teclea. 

Porque dice muy bien también, muchos de los que creamos carecemos de confianza, y somos incluso pesimistas sobre el resultado de a lo que le hemos invertido horas. Ya he mencionado alguna vez que lo que me había alejado de comenzar a escribir un blog era esa persuasiva desconfianza sobre lo bueno que podría ser lo que iba a escribir. 

Hay una popular frase atribuida a Bukowski (en estos tiempos ya no se sabe si ese que dicen que dijo algo en verdad lo dijo) sobre la confianza de los estúpidos y las dudas de ¿los inteligentes?, que también sirve de trampolín para que muchos quieran ponerse el disfraz de inteligentes o de cosa parecida. Volviendo a algo que recién tecleaba, yo me identifico en lo de la falta de confianza y el abundante cultivo de dudas.

Al menos en cuanto a escribientes de redes sociales estoy completamente de acuerdo con Isaac y con Hank: he visto textos ridículos y torpes en personas que se proclaman escritores a los cuatro vientos y por todas las redes sociales existentes; también insulsos versitos, feos y parbularios en autocelebrados poetas; ambos con la confianza redoblada por algunos likes y halagos huecos. Y claro, un ego desbordado.

Dejo aquí unos párrafos de Isaac con los que me siento identificado:

"Otro par de amigos vino a decirme –no les faltaba razón–, que se habían enterado por terceras personas de que había sacado libro nuevo. Que por qué no me promociono y lo grito y spammeo como todo hijo de vecino.

Principalmente, porque soy un pragmático, y también volvemos sobre lo de introvertido. Pero, principalmente, es pragmatismo. Y es que no funciona, excepto para que tu primo de Guadalajara ponga los ojos en blanco.

Aspiro a ser leído, no vendido, que parece lo mismo, pero nada más lejos. No voy a hacerme rico y no va a marcar una diferencia que, gente que me conoce, o a la que caigo bien por un insondable misterio, compre mis libros por simpatía o porque es lo que hay que hacer por los amigos. Si luego se queda en el estante, el par de euros de regalía representan un fracaso.

¿Y si es miedo, o falta de confianza, vestidos de excusa?

Siempre hay algo de eso en la fórmula de todo lo que hacemos, que soy un hipócrita, pero no tanto como para decir que no sea así en parte.

Mi opinión es que la confianza está sobrevalorada y, de hecho, probablemente será tu mayor enemiga si tu objetivo es escribir bien".



jueves, 30 de agosto de 2018

de seductores

Mientras buscaba una imagen para ilustrar el posteo sobre la distancia entre el dicho y el lecho o hecho –ya depende cada uno y de su caprichosa mente–, encontré entre los resultados que me arrojó el catálogo de imágenes de Google varios videos que prometían proveer de las palabras y actitudes precisas para llevar una mujer a tu cama. Bueno, se espera que sea cama, no por tradicionalistas sino por comodidad.

Yo, morboso como soy, no pude resistir la tentación de ver qué clase de tonterías y antídotos mágicos proveerían esos individuos necesitados de fama internetera. Pinché un primer video de unos siete minutos de duración y apareció un individuo al que ni en pedo le creería algún consejo sobre seducción. Ni pizca de carisma, ni rasgos agraciados, ni cosa que lo hiciera merecedor de mi atención y mi credulidad. Será que tirándole a la cuarentena soy alguna especie de joven lobo de mar, razón por la que el video de ese supongo que entusiasta individuo me pareció auténtica basura. Pero tiene su público (para todo hay mercado), tenía dos comentarios que le agradecían la valiosa información.

El segundo video que vi era mejor en todos los sentidos. Sin dejar de ser una basura en general, pero, comparándolo con lo que acababa de ver: hasta la basura se separa. Un chico mucho más presentable, al que sí le puedo creer que haya engatusado a varias ingenuas y entusiastas, acompañado de una chica muy pero muy atractiva. Aunque le resultó contraproducente la presencia de la guapa chica porque se pasó contradiciendo muchos de los consejos y argumentos que el joven explicaba. El remate de la chica fue genial: No importa lo que hagan o lo que digan, muchas mujeres, a pesar de lo encantadores que sean y que nos parezcan, no iremos a su cama. Debió al menos ponerse de acuerdo con ella.

Y había muchos más videos prometiendo la sagrada información, videos que no vi, tampoco crea usted que mi morbo no conoce límites. Otro tipo de artículos y videos que aparecieron en cantidad fueron los que ofrecían las frases infalibles con las que una mujer decidiría ir a la cama en tu compañía.

Mencioné el mercado líneas arriba. Qué hacemos. Es lo que hay. La oferta es definida por la demanda. ¿Qué otra cosa se podría esperar de una generación que vive al auspicio del reguetón?


lunes, 27 de agosto de 2018

de dichos y frases


Vinieron a mi mente varias ideas con cierto parecido pero distintas cada una de ellas a partir de enterarme de algo. De la inexactitud de una frase, bastante célebre, al menos en esta parte del mundo, que al menos en mi caso, pero supongo que en el de muchos más era repetida con el cambio del que me di cuenta.

Por un lado pienso en la vitalidad de ciertas expresiones que se van moviendo a lo largo del tiempo, a veces, completamente despojadas de quien las ideó. También pienso en aquel otro dicho popular, bastante asiduo en la boca de mi padre debido a la cada vez más evidente sordera que se apodera de sus oídos y de los de mi madre, su compañera: el sordo no oye pero compone. Y finalmente, en que, esa frase o dicho popular que ha perdurado en el tiempo, despojada de su autor, es distinta de la que él en su día pensó y escribió.

La frase usurpadora es: Del dicho al hecho hay mucho trecho, o hay un gran trecho. Como sea, de todos modos el trecho es largo. Lo que descubrí es que en realidad hacia donde es largo el trecho es hacia el lecho, esto, me parece claro, con toda la connotación sexual posible: Del dicho al lecho, hay mucho trecho.

Imagino que usted se pregunta, si es que no lo sabe, quién fue el autor de la mutada expresión. Me enteré que fue Efraín Huerta, un poeta mexicano del siglo pasado. Y la frase en cuestión forma parte de un tipo de aforismos que el poeta escribió y que denominaba poemínimos. No habría habido cambio si los hubiera tuiteado, aunque muchos se agenciarían la creación, al estilo del tiempo que corre.

Y bueno, la frase también trajo a mi cabecita otra frase de Milán Kundera: La coquetería es un comportamiento que pretende comunicarle al otro que la aproximación sexual es posible, aunque al mismo tiempo esa aproximación sea sólo teórica y sin garantías. En otras palabras, que del dicho al lecho hay mucho, a veces, muchísimo, trecho.


Ahora que chequé mis referencias antes de publicar, veo que era una idea errónea, y que el dicho es, desde quién sabe cuando, como todos lo conocemos. Y que de lo que me enteré fue un juego de palabras del citado poeta, aunque también de otro, Salvador Novo. Pero bueno, comparto el divague de todos modos. Aquí la referencia:

http://www.santiagoruiz.mx/2017/02/27/del-dicho-al-lecho-salvador-novo-y-efrain-huerta/ 

jueves, 23 de agosto de 2018

el monstruo que vino a verme

–Sabes que tu verdad, esa verdad que escondes, Conor O'Malley, es lo que más miedo te da en el mundo.



Parecía ser una buena opción en la cartelera cinematográfica cuando vimos el trailer en alguna otra proyección, pero cuando salió no la trajeron al cine que está cerca de la casa. Luego, tras sólo dos semanas se fue. De los misterios de las carteleras del cine. Meses después, ¿un año?, me encuentro el libro y me lo llevo.

Resulta que Un monstruo viene a verme es la historia en que una escritora (Siobhan Dowd) trabajaba cuando la interrumpió la muerte, el cáncer; y otro escritor (Patrick Ness) retomó y dio término; muy satisfactoriamente en mi pequeña opinión. Aunque no sé qué tanto sea de cada uno de ellos.

El libro me significó mucho, de distintas maneras. Desde la obvia: el monstruo que habita dentro de mí vino a visitarme, el proceso de poder mirarme con toda mi oscuridad, sin matizar, en bruto, con vergüenza e incomprensión; el monstruo que a veces necesita salir. Pero en otra parte el monstruo es el terapeuta, al menos así lo sentí: tú me llamaste, le dice el monstruo a Conor, estoy aquí porque tú me hiciste venir; yo fui a la terapia por mi propio pie.

Hay secretos que no se dicen, verdades que se llevan con vergüenza y resignación donde nadie pueda encontrarlas jamás, partes nuestras que no compartiríamos ni con nuestra amada pareja; verdaderos placeres culpables, de los que en verdad avergüenzan, no de los que se propagan como si de algo extraordinario de tratara, como los intelectualoides que gustan de bailar cumbias o de ver comedietas románticas.

Es un libro de claroscuros, diría que de una belleza espinoza. Donde se puede ver que en la vida no hay buenos ni malos, sólo circunstancias que nos inclinan hacia algún lado de la balanza, y que nos matizan dependiendo de lo educado de los ojos que nos juzgan. Pero nadie se salva.


lunes, 20 de agosto de 2018

Amigos

Una muy buena parte del tiempo de juego durante mi infancia lo pasé rodeado de muñecos de peluche (monos para mis padres). Yo no tenía tantos peluches pero entre los míos y los de mis hermanos eran un buen número. Recuerdo que cada uno de los muñecos tenía un nombre, que iban desde nombres inventados, completamente arbitrarios (Dripi, Plufi), hasta el nombre de la especie animal a la que pertenecían. Era con mi hermano con quien pasaba tiempo jugando con nuestros peluches. Incluso los poníamos a jugar beisbol o futbol americano, entre muchos otros juegos protagonizados por nuestros animales de felpa.

La idea de la posesión de los muñecos consistía en que eran nuestros hijos. Como en caricatura de Walt Disney, mi hermano y yo éramos padres de varios hijos que no tenían madre, o que había traído la cigüeña, quién sabe; y ambos éramos padrinos de los hijos del otro (como buenos católicos). 

Gil también valora mucho los muñecos de peluche que tiene, de los que heredó dos de mi hermano y uno mío (el ratón gris de ojos tristes), pero a diferencia nuestra, los peluches son sus amigos, no sus hijos; a excepción del panda, que fue rellenado por él en un establecimiento en el que los niños pueden hacer su muñeco a su gusto. Fue un obsequio de Tamara.

Estaba pensando hace tiempo en la sustitución del amigo imaginario por los osos de peluche. Yo no recuerdo haber tenido amigos imaginarios, pero nunca estuve solo, mi hermano es casi de mi edad y dormíamos en el mismo cuarto. Pero imagino que Gil tiene buenos amigos en sus muñecos de peluche, y podría jurar que no conoció amigos imaginarios, a pesar de que no tiene hermanos.

Fuimos a ver juntos la película de Christopher Robin. Al ver las primeras imágenes donde un niño convive con sus pequeños amigos de peluche vi a mi hijo pasando horas en inacabables aventuras donde sus amigos enfrentan maliciosos monstruos o a cualquier otra cosa.

Le pinté a sus amigos hace tres años:




viernes, 3 de agosto de 2018

Cosas de dibujantes

Quienes me conocen y quienes me leen de hace tiempo saben que me gusta dibujar y que lo hago bastante bien, si no somos tan exigentes. También pinto, pero eso lo aprendí en clases que mi madre tuvo la gentileza de pagar, debido a esa habilidad que tenía para jugar con el lápiz dejando lindos monigotes sobre las hojas de las libretas viejas, aunque también de las que no.

Debido a que a los que nos gusta dibujar no podemos evitar comenzar a rayar cualquier hoja de papel que esté a nuestra disposición, la gente a tu alrededor sabe casi tan pronto como te ha conocido que tienes una habilidad, mayor o menor, para el dibujo. Porque pues nos pasamos haciendo todo tipo de trazos sobre nuestros cuadernos escolares cuando no debemos copiar apuntes del pizarrón o tomar un dictado.

Y así, llega la hora de un trabajo escolar en el que se tiene que dibujar algo, generalmente algo grande y trabajoso, y por obvias razones lo tienes que hacer tú, que eres "el que dibuja". Y ahí vas, a pasar horas con la cartulina y los colores y lo que haya que hacer, mientras todos los demás hacen cualquier otra cosa. Pero bueno, al menos disfrutas lo que haces.

La cosa es que me quedé pensando en el Joker de Heath Ledger, en la que para mí es la mejor película de cómics que se ha filmado, y donde éste genial villano le dice a los maleantes a los que ofrece sus servicios: Cuando eres bueno para algo no lo haces gratis. Por todos los santos, si yo hubiera sabido eso hace tantos años. Habría podido sacar unos pesos a costa de mis compañeros sin talento.

Recuerdo haber dibujado una Sor Juana y un Venustiano Carranza bastante grandes para la profesora de historia, sin ninguna retribución por medio.

Así que no. Acá la regla no escrita era que si eras el que sabía dibujar te tocaba chingarte los dibujos.

¿Conocimiento tardío? ¿Remordimiento pueril?



Aquí el ejemplo de dos cuadernos: