martes, 27 de enero de 2015

Carta (segunda parte)


Ambos sabemos que el amor acaba. Los dos entendemos que las promesas son obsoletas si otra persona se cruza en nuestra vida y alborota nuestras hormonas, si despierta las mariposas, que felices revolotearán otra vez. Que el día menos pensado hemos pasado a formar parte de su pasado, dejando a otro las odiseas del futuro. Los dos lo sabemos, no somos ingenuos.

No hacía falta hacer promesas ni juramentos estúpidos sobre fidelidad, que al fin y al cabo lo que pasa, si pasa, atropella los juramentos y extermina las promesas. Sé que existe la posibilidad de que conozca a alguien y se enamore de nuevo, si existía aquí, de igual manera a 9000 kilómetros. Ella es consciente de lo mismo, me podría enamorar de unos bellos ojos cargados de novedad.

Así que no dijimos nada. No había nada que decir. Sólo esperar como transcurren cinco meses, esperando no tener noticias tristes. 

martes, 20 de enero de 2015

La cama de mis padres


La cama de mis padres fue un gran campo de juego cuando era niño. Jugué con mi hermano mucho tiempo ahí subidos. Era un lúdico lugar clandestino, ya que sólo lo usábamos si mis padres no estaban; de habernos visto, nos hubieran reprendido, mucho más mi padre. Que las camas no están hechas para brincar, son para dormir.

Es una cama “kingzise”, colocada en una parte de la gran habitación que comparten mis padres. El lugar perfecto para planear o improvisar un juego nuevo, para jugar sin ser vistos, uno de nuestros rincones de juego.

Era un ring de lucha libre, una portería de futbol, una base de beisbol. El cuadrilátero que tantas veces vio luchar a Atlantis y Pierrot, la portería donde se decidieron muchos campeonatos, con un oso de peluche por balón; a dónde había que llegar barridos de cabeza antes de que la pelota tocara la cabecera poniéndonos “out”.

Mi hijo ha heredado el campo de juego. Y como todo nieto dichoso, no tiene que esconderse para brincar ahí. De hecho es un gran amigo del dueño, quien lo comparte gustoso con él: para luchar o intentar atajar todas las pelotas o peluches lanzados.

Ahora también puedo yo jugar sin temer por ser visto. Es que es un gran lugar para hacerlo.



viernes, 16 de enero de 2015

Extranjero apostador



Leí “El extranjero” cuando tenía 16 años, en clase de Literatura en la preparatoria (Confesiones de un lector). Fue el primer libro que me turbó, que me movió cosas dentro. No podía entender al personaje. ¿Cómo concebir, con la educación que había recibido, en el contexto de mi vida, a una persona a la que le importara un carajo su vida? Me parecía ilógico.

La pasividad del personaje frente a lo que está viviendo me conflictuaba mucho. Su total apatía. Esa indiferencia no era lo que había yo aprendido.

Todo o nada. Genialidad o inexistencia. Si no eres capaz de hacer algo extraordinario mejor ni te molestes. Si no estás dispuesto a perder lo poco que has ganado no mereces ganarlo todo en una sola jugada. Preferible ser invisible si no se puede ser grandioso, pero nunca quedarse en la mediocridad, esa del: lo importante no es ganar sino competir.

Ésta es la premisa de “El apostador” (The gambler), encarnado por Mark Walberg (Jim Bennett); un profesor universitario de literatura, convertido de noche en un temerario apostador. Un hombre que sólo responde a la adrenalina del todo o nada, y no teme ni siquiera morir, al no poder pagar sus deudas. El chiste es jugar: ganar o perder es circunstancial.

Jim Bennett es el extranjero. Qué más da ganar o perder, pagar su deuda o perder su vida. La vida es un juego de dados.

Finalmente, ya lo dijo José Alfredo Jiménez: La vida no vale nada.

lunes, 12 de enero de 2015

El negro González Iñárritu.


Hace 14 años, Alejandro González Inárritu sorprendió al mundo con “Amores perros”, una historia cruda y sin concesiones que unía la historia de tres personas a partir de un accidente de automóvil. Ésta sería la primera parte de una gran trilogía, complementada por “21 gramos” y “Babel” (recuerdo que al salir de la proyección de “Babel” me sentía muy mal, con el estómago revuelto), las tres cintas, escritas por el también mexicano Guillermo Arriaga.

Después del éxito de estas tres películas hubo un rompimiento entre Arriaga y González Iñárritu, supuestamente el primero le reclamaba a González Iñárritu que lo relegaran a un segundo plano, muy lejos de donde estaba el director, siendo que él era el autor y responsable de las grandes historias de las tres películas. En su opinión, Alejandro se las había apropiado.

Cada uno continuó por su lado. Guillermo Arriaga escribió y dirigió una película que a mí no me gustó en lo absoluto: “Fuego” (The burning plain), y que pasó sin pena ni gloria, mientras que Alejandro ha hecho dos magníficas películas: “Biutiful” y “Birdman”, ambas coescritas por él.

Hoy Alejandro González Iñárritu –imagino que estará resacoso, quizá ebrio todavía–, ganó un Globo de oro, precisamente por el guión original de “Birdman”, y probablemente también se quede con el Oscar. Y es uno de los pocos “autores” mexicanos. Me da mucho gusto por él.


jueves, 8 de enero de 2015

En el viaje de autobús.



Se subió al autobús tres cuadras después que yo, y tan pronto estuvo dentro de mi campo visual, no le quité la vista de encima hasta que se sentó dos lugares delante de donde yo estaba sentado, en la fila de asientos del lado opuesto. Afortunadamente, ya que de haberse sentado sobre mi hilera de asientos, hubiera sido imposible admirarla. Tenía el cabello castaño y lacio, largo, amarrado en una cola de caballo; unos hermosos ojos cafés, enmarcados por cejas pobladas bien definidas: el complemento perfecto para esos encantadores ojos. Era un rostro lindo, de facciones amables, su cara me sugería que fuera una mujer inteligente y divertida, con la que podrías platicar y reír, y pasar el mejor rato. Usaba aretes discretos, dos mariposas azules que lucían perfectas en sus pequeñas orejas. Debía tener unos 27 o 28 años, aunque nunca he sido bueno calculando la edad de una persona. Vestía de forma muy común: jeans y camiseta, con zapatos de piso, flats les dicen las mujeres. De su hombro colgaba una entre bolsa y mochila de piel, que abrió para echar en su monedero las monedas que le devolvió el chofer tras cobrarle el pasaje.

Y ahí seguía yo, mirándola como hipnotizado. Volteando ocasionalmente hacia el otro lado para no resultar molesto, pero lo suficientemente atento por si acaso ella decidía voltear hacía mi lado y me obsequiaba otro bocado de sus lindos ojos cafés. Siempre he sido un mirón, un mirón y un cobarde. El mirón que admira la belleza de una mujer pero no tiene los huevos para saludarla e invitarla a ir por un helado o una cerveza. El mirón que mientras mira, crea fabulosos diálogos en su cabeza donde es el tipo más simpático e inteligente que esta chica se ha encontrado jamás, por lo que no tiene motivo para rechazar su invitación, aun si tiene novio, que tiene que ver si este nuevo individuo le conviene o le divierte más: ‘Hola, a dónde vas’ ‘pues me pregunto si te gustaría ir por un helado o por un café conmigo’ ‘me gustaría mucho saber quién se esconde tras esos hermosos ojos cafés, y eso sólo puede pasar si conversamos un rato, con una taza de café por ejemplo’ ‘cómo sabes que no soy yo el amor de tu vida’ ‘es lindo verte sonreír, pero no me conoces y todavía no puedes saber si te repugno o si te agrado’ ‘sólo si me obsequias tu compañía, yo pongo los cafés, o las cervezas, si es que así lo prefieres’.

Soy sobretodo, elocuente en mi mente y siempre tengo una buena respuesta para cada objeción que me pueda dar. Pero es sólo mi mente la que ve nacer y morir esos idílicos escenarios que nunca dan el salto a la realidad, a mi realidad. Aquí, en el mundo real, me acojono. Mi miedo y mi timidez se unen a mi pavor al rechazo, y no soy capaz de hacer nada, salvo mirar, mirar y admirar la belleza de alguna chica que se cruza en su camino conmigo. Desde mi asiento únicamente veo el perfil trasero de la hermosa chica de la coleta: su cabello amarrado, su cuello, su mejilla y el rabillo de su ojo, salvo que voltee hacia acá y me obsequie su perfil completo.

Alguna vez tengo suerte y mi mirada se cruza por un momento con la de “ella”, milésimas de segundo o uno o dos segundos; esto último es la gloria, el paraíso por un instante, un instante en el que siento que lo puedo todo, sobre todo si no retiró su mirada de fea manera. Pero mis miedos son más fuertes, se han fortalecido con el paso del tiempo y las oportunidades desperdiciadas, más algunos rechazos sufridos en el pasado: cuando pude escabullirme al pavor, elegí mal mi batalla y quedé ahí con mi cara de idiota, maldiciendo mi estúpido atrevimiento. Así que si tengo suerte, “ella” se sentará o permanecerá de pie al alcance de mi vista, presa de mi imaginación y mi deseo falaz.

La linda chica de los hermosos ojos cafés se levanta, puedo contemplarla de cuerpo entero por última vez. Sin detenerme en sus piernas ni en sus caderas voy directo a ese bello rostro, a esos lindos ojos que quedan tan bien en su cara, ahora pensativa, que ya sintió la mirada de un idiota que la observa como un estúpido poseído. Me mira de reojo y continúa hacia la salida del autobús. Ahora puedo voltear y mirarla por detrás una última vez, a riesgo de parecerle un pervertido a la gente de la parte trasera del autobús. Creo, supongo que siendo amable conmigo mismo, que no me vio como un pervertido, pienso que mi cara de estúpido hipnotizado sólo pudo decirle que me gustó, que me gustó mucho, y que eso puede hacerla sentirse bien. Claro que no puedo saberlo, porque no hablaré con ella.